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Ser misionero es ser un contemplativo. Contemplar el rostro de Dios es la fuente, y la fuerza de la misión. El rostro de Dios contemplado en la intimidad de la oración y en un constante diálogo de amor con Aquel que sabemos nos ama y nos llama. La iniciativa de la misión no está en nosotros mismos, sino en Jesucristo que cuenta contigo. Contemplar el rostro de Dios, sí, su rostro, sufriendo en los pobres y desheredados de la tierra, los últimos, los que no producen ni son rentables a los ojos de la fría economía mundial. Contemplar el rostro de Cristo en los indios que todavía resisten en el Brasil, o en los herederos de la esclavitud negra, que todavía luchan contra el racismo y la desigualdad de oportunidades. Ser misionero no es devorar kilómetros de aquí para allá sin mas sentido que el salir por salir, sino que ser misionero es salir de sí mismo, de la propia cultura, tierra y lengua, salir para encontrarse con el otro y descubrir ese Cristo juntos.
Como Jeremías, puedo afirmar que desde el seno materno el Señor pensó en mí para ser misionero. Yo lo acepté y lo abracé como la vocación de mi vida, no sin lágrimas en los ojos, por las obligadas despedidas familiares y por lo que se “deja” en España, pero con la serenidad de corazón de saber que estoy cumpliendo la voluntad de Dios en mi vida. Ser misionero, es ser contemplativo del rostro de Dios y comunicarlo a otros, y sabemos que esa experiencia no es cuestión de geografía, sino de corazón abierto y disponibilidad. Ser misionero es ser ternura de Dios en un mundo herido. Miguel Ángel Torres Esteban
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