es la hora de la misión > artículos de opinión > llenar la mochila

Me han pedido que dé mi testimonio como misionera y lo hago encantada puesto que esta vivencia cambió mi vida cuando en 1987 ( aún no era religiosa) pude responder a esta llamada que sentía hace tiempo, y viajé a Guinea Ecuatorial con un numeroso grupo de jóvenes ilusionados que deseaban compartir algo de su vida por dos meses con este pueblo. Pero cuál fue mi sorpresa cuando descubrí lo poco que yo podía darles y lo mucho que ellos me daban a mí. Para empezar cambiaron mis esquemas mentales y mi “mochila” la tuve que vaciar para llenarla de nuevo: rostros infantiles que con sus ojos me hablaban de esperanza, jóvenes que anhelaban un futuro mejor, mamás ancianas casi ciegas, dispuestas a aprender a leer y escribir... Se habla de la apatía del africano, puede ser, pero también he visto luchar cada día a estas gentes para salir del hambre y la enfermedad, de la miseria y la impotencia de ver morir a sus hijos, y a Dios entre ellos pidiendo justicia.

Este país lleno de contrastes: vida y muerte, fiesta y llanto es el que me llenó el corazón y me dio más deseos de colaborar con Dios para hacer un mundo más humano y justo, y así mi “mochila” ya llena de rostros y nombres propios viajó dos veranos más a Guinea, pero ya no me bastaba esto, sentía un vacío intenso, anhelaba algo más, sentía algo muy fuerte dentro de mí que me pedía dar más, y entonces sentí otra llamada, sin fechas topes, ni tiempos limitados, una llamada radical, potente que me pedía el “para siempre”, y dije sí para continuar la “gran aventura” donde Dios me había enrolado hacia tiempo.

Entré con las escolapias y después de los tres años de formación, cuando hice los votos temporales, me destinaron a Guinea. Allí viví un año en Mongomo, zona conflictiva por ser el pueblo del presidente del país, y donde las escolapias y escolapios llevaban 18 años trabajando, pero tuvimos que dejar aquella misión porque la situación para permanecer allí se complicó: pintadas, amenazas, robos... Ningún daño físico, y después de discernir seriamente continuar o no, con mucho dolor decidimos salir de allí. El corazón se rompe ante rostros que no emiten sonido alguno pero que con el gesto y las lágrimas te lo dicen todo... El siguiente año alquilamos una casita sencilla en Bata, capital del continente y allí nos instalamos tres religiosas con 6 chicas internas. Fue toda una experiencia, ya que vivimos las 9 en un espacio reducido donde no había intimidad ¿pero es que los pobres tienen intimidad? Lo compartíamos todo, pero no fue fácil, y más cuando te crees que has superado ciertos prejuicios y descubres que no es así y que sigues creyéndote más aunque no lo manifiestes de palabra. Tienes que pararte y con el corazón abierto ponerte delante de Dios para que te siga purificando todo aquello que te impide amar sin condiciones. Humildemente reconozco que fue muy poco el tiempo que pasé en las misiones, pero ¡qué intenso! Porque allí viví realmente la pobreza, material pero también humana y espiritual. Dios me fue haciendo ver en aquellas jóvenes que luchaban por un futuro más digno como personas de primera clase, todo lo que aún no había sacado de mi “mochila” y creo que en aquel año no la vacié por completo pero quedo bastante ligera de peso.

Otra situación que hizo que me sintiera pobre fue la enfermedad, paludismo tras paludismo que me fueron debilitando física y moralmente, pero ahí estaba de nuevo Dios en el cariño, la generosidad, la fraternidad con que me cuidaban las hermanas y las chicas, entonces era yo la que necesitaba de los demás, una buena lección para mi autosuficiencia y orgullo. Entre paludismo y paludismo mucho trabajo. Internado, pastoral, clases, y lo más duro: la impotencia ante la miseria humana. Esto lo experimenté como parte de esa purificación que Dios estaba realizando en mí pues yo no había ido allí a redimir, ni a salvar, si no a “estar”, a escuchar, en definitiva a amar. Me agarraba bien a Dios y sentía que era él y no yo el que hacía y esto era lo que me daba paz en medio del sufrimiento y una alegría que no es la de la satisfacción de hacer o no hacer, si no la de sentir que allí me había llevado Dios por amor y era lo que yo tenía que dar. Esto que puede sonar tan bonito y romántico no es tal, son muchos momentos de duda, oscuridad, impotencia y desesperanza hasta que ves de nuevo la luz, y te hace aceptar que tienes que salir de allí porque así se decidió y lo mismo que vi la mano de Dios al ir la vi al volver, y volví a España dejando un trocito de corazón entre aquellas personas de las que aprendía tanto. Hoy acompaño a un grupo de jóvenes voluntarios misioneros y así me hago presente en aquel Continente africano que ríe y llora, que lucha y trabaja, y en el que dan la vida tantas personas, la última Ana Isabel, porque creen que es posible hacer realidad la utopía de Jesús.

Pilar Mª Dolores Rus Mejías. Schp.

Mª Dolores Rus Mejías, y pertenece a la congregación de Hijas de María RR. De las Escuelas Pías (escolapias). En estos momentos da clases de religión en un colegio en Carabanchel, y acompaña y anima un grupo misionero de la familia calasancia entre otras actividades pastorales.
 
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