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“He palpado la providencia en muchos momentos de mi vida” confesaba la semana pasada un misionero que ha entregado más de treinta años de su existencia en la R.D. Congo. Cuando escuché esa frase, me sentí identificado y confortado a la vez, pues a mí me ha ocurrido lo mismo. Se me hicieron presentes las tres largas conversaciones que he tenido este verano con personas no creyentes y a las que como conclusión les decía “Pues yo he sentido a Dios, su amor, y no puedo dejar de decirlo. Y lamento que otros no puedan tener esa suerte”.

Una opción por los pobres

Cuando me han propuesto escribir estas líneas ha resonado dentro de mí lo que acababa de leer hacía unos instantes. No soy muy devoto de los santos, no me va esa veneración a veces cuasi-mágica que se les tiene y esa exageración de sus virtudes olvidando sus, seguro, muchos defectos. Sin embargo, en la oración de la mañana en la Iglesia del Carmen en este Congreso Nacional de Misiones en el que estamos, no he podido evitar que me impresionase la mirada de Santa Teresa de Lisieux que aparecía en las fotografías que colgaban de las paredes del templo. Y he comprado el libro “Historia de un alma” que contiene sus manuscritos. Dice Sta Teresa al inicio de su primer manuscrito que siempre se preguntaba por qué ella había sido tan agraciada con el amor de Dios y no así tanta otra gente. Yo me he preguntado muchas veces lo mismo. Teresa se respondía que cada cual aproveche lo que ha recibido y que “la perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que quiere que seamos”.

Al acabar mis estudios en el colegio de los Escolapios de Bilbao, me pregunté cuál era el sentido de mi vida. Nunca había aflorado al exterior mi relación con Dios aunque desde los 12 o 13 años la oración-conversación con Él había sido algo cotidiano. Creía, con esa competitividad con la que afrontaba los estudios, que para sacar un sobresaliente al final de mi vida no me quedaba más remedio que ser sacerdote. Pero no lo veía claro, sobre todo el celibato. Sí veía claro que Jesús hizo una nítida opción por lo pobres y eso sí me convencía. Un franciscano me dijo un día que lo primero es seguir a Dios y que ser sacerdote o laico era secundario, que cada cual tiene su camino. De hecho deje medicina para estudiar teología con la idea de, al siguiente año, ir al seminario de los Padres Blancos en Madrid. Pero no fui. Sentí que ser laico comprometido en este momento histórico y eclesial podría ser la llamada que Dios me hacía. Eso sí, también como misionero.

Evangelizar con hechos y actitudes

Amaia, en ese tiempo mi novia, terminó la carrera de Bellas Artes y yo la de Teología y nos ofrecimos para ir a Africa, pero las misiones diocesanas vascas solicitaron nuestra presencia en Ecuador. Nos casamos y a los dos meses tomamos el avión para compartir allí seis preciosos años de nuestra vida durante los cuales nacieron nuestros dos primeros hijos (ahora tenemos tres). Concretamente en Sta Rosa, provincia de El Oro, al sur de Ecuador aprendimos a mirar la realidad del mundo desde los ojos de los pobres formando equipo con otros seglares, presbíteros y religiosas del grupo misionero vasco.

Al regresar me ofrecieron hacerme cargo de la dirección de las misiones diocesanas en Bilbao. En mi diócesis ya se empezaba a liberar a laicos comprometidos a tiempo completo para responsabilidades en tareas pastorales. Laico y misionero. En el marco de una Iglesia comunidad, todos los cristianos, y por ello los laicos, estamos llamados a seguir a Jesús y consecuentemente a evangelizar con nuestros hechos y actitudes. Ahora, a pesar de los contratiempos que conlleva la llamada "crisis de los cuarenta” quisiera que mi vida sirviera para transmitir el amor que Dios me ha brindado continuamente y para contribuir con lo que pueda al avance del Reino de Dios con un mundo más justo, humano y fraterno.

Iñigo Iriarte

Me llamo Íñigo Iriarte. Soy el delegado diocesano de Misiones en la diócesis de Bilbao. He estado seis años como misionero laico en Ecuador. Estoy licenciado en Teología. Estoy casado y tengo tres hijos, dos de los cuáles nacieron en la misión.
 
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