
Los
discípulos de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, somos miembros
de un pueblo distinto a todas las naciones. El más bello y activo
porque crece sobre semillas divinas. Nuestro pueblo es de santos, porque
en la Encarnación, el Verbo, unió su santidad a nuestro
barro humano, generando para sí un pueblo de hijos. Pueblo de hijos
que podemos llamar a Dios “Abba – Padre”, y
que en Jesucristo, y bajo la acción de su Espíritu, hacemos
posible que la vida humana tenga una fecundidad mucho más allá
de nuestras expectativas, haciendo florecer una humanidad, como desea,
en el fondo, todo ser humano.
A este pueblo de Dios, y siempre bajo su promesa, encomendó Jesucristo
anunciar la verdad plena, señalar el camino de la salvación
y comunicar la vida divina a todas las gentes hasta la consumación
del mundo. Al ritmo de la gracia y fuerza del Espíritu las semillas
del Reino de Dios crecen y seguirán desarrollándose para
integrar en este Pueblo a la totalidad del mundo.
Ni somos los primeros, ni seremos los últimos. La tarea de esta
misión está hoy en nuestras manos y forma parte esencial
y primordial de nuestra vocación. Así nos lo recuerda el
Vaticano II, con palabras aún muy frescas: “La responsabilidad
de diseminar la fe incumbe a todo discípulo de Cristo en su parte”
(LG 17).
¡Es la hora de la misión!, dirían entre sí
los Apóstoles cuando escucharon el solemne mandato de Cristo de
anunciar la verdad salvadora. Como el Hijo fue enviado por el Padre, así
también Él envió a los Apóstoles (cf. Jn 20,21).
¡Es la hora de la misión!, han dicho innumerables
generaciones de Cristianos, enviados por los Apóstoles, desde aquel
momento, a lo largo de estos siglos de historia.
¡Es la hora de la misión!, continúa repitiéndonos
el Papa Juan Pablo II en documentos magisteriales, discursos, catequesis…
y, sobre todo, con el testimonio de su vida.
Insiste, una y otra vez, “que Jesucristo es el principio estable
y el centro permanente de la misión que Dios ha confiado al hombre
y que en esta misión debemos participar todos… que el objetivo
de esta misión es revelar a Cristo al mundo. Ayudar a las generaciones
contemporáneas… a todos, a conocer las `insondables riquezas
de Cristo´, porque éstas son para todo hombre y constituyen
el auténtico bien de cada uno” (cf. RH 11).
El mandato de Cristo continúa vivo entre nosotros y hemos de transmitirlo
a otros, con la misma fuerza y energía que lo recibimos. No podemos
callar lo que hemos visto y oído, ni enterrar nuestros talentos,
porque nuestra vida cristiana es primordialmente misionera.
El próximo Congreso Nacional de Misiones es obra del Espíritu,
para profundizar en la dimensión misionera de nuestras vidas, comunidades
e Iglesias. Punto de encuentro de levaduras vivas para dar respuestas
eficaces, desde la unidad en Cristo, a los dones del Espíritu para
la misión.
¡Ay de mí, si no evangelizare! ¡Es la hora de la
misión!
+ Ramón del Hoyo López
Obispo de Cuenca
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| Mons. Ramón del Hoyo López
es obispo de Cuenca. Forma parte de la Comisión Episcopal de
Misiones y del Comité Ejecutivo que organiza el Congreso Nacional
de Misiones. |
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