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Nosotros disminuimos, pero el Señor crece en medio de nosotros, porque todo ser humano espera al todo de Cristo. La misión en la Iglesia tiene este cometido fundamental: concienciar y reconocer en todos que Jesucristo les ama y ha dado la vida por el género humano para salvarles del pecado y de la muerte. No podemos esperar a que pase la “noche epocal” para actuar: en medio de ella ?como cristianos y llevando la luz de Cristo? hemos de iluminar, no para lucirnos sino para lucir y hacer que otros vean el rostro amoroso de Dios. Un grito de esperanza ha de surgir de nuestras vidas renovadas por el amor de Cristo: ¡Basta ya de lamentos y pesimismos! La esperanza cristiana está salvada y traspasada por Cristo, el único que nos puede decir: “No tengáis miedo, yo he vencido al mundo”. Estemos atentos para poder dejarnos llevar por esta corriente de vida y de ilusión. ¡Es la hora de la misión! Es la hora porque siempre es tiempo de comunicar la Verdad y la Vida; siempre es tiempo de gracia y de hacer el bien en nombre de Dios. La humanidad, aunque a veces no se dé cuenta perfectamente de ello, sigue estando sedienta de Dios y de su amor. Dios está deseoso de comunicar su amable y tierna caridad envuelta de misericordia y su salvación, que es realmente lo que la humanidad necesita, lo que hará feliz de verdad a esta humanidad que busca ansiosa la Redención y la Salvación en Cristo, en medio de tanto dolor, desequilibrio, dificultad y contradicción... Dios desea estar con los hijos de los hombres. Por eso, la hora que vivimos es propicia para la misión: ahora es tiempo de misión, tiempo de luz, tiempo de amor y tiempo de esperanza. + Francisco Pérez González | ||
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