es la hora de la misión > artículos de opinión > lágrimas de los misioneros

 

José Francisco Serrano“¿Has visto llorar alguna vez a un misionero?”, me preguntó una chica de catequesis. “Sí”, le contesté. “¿Y cómo son sus lágrimas?”, insistió. “Son las lágrimas más trasparentes de este mundo; son las lágrimas de los que no pueden ni llorar”. Es muy frecuente que cuando lloramos lo hagamos de rabia, de impotencia, de miedo, de envidia, o de pasión. En el fondo, nuestras lágrimas siempre nos justifican, ante Dios, ante los demás o ante nosotros mismos. Cuando los misioneros lloran, sólo les justifica la verdad de su vida, que es don, tarea, vocación. Nada hay más alejado del corazón del misionero que el diletantismo, que la falta de compromiso con la realidad que les rodea.

Cada día y cada noche, el silencio de su soledad o acaso los misioneros no son expertos en el trabajo silencioso- les hace recordar que un día salieron de su casa, dejaron a su padre y a su madre, y a sus hermanos, amigos, sus seguridades, y, sin mirar atrás, pusieron su mano en el corazón de la humanidad herida para que manara de ella una gracia, la gracia del Evangelio. Siempre que un misionero se presenta en sociedad, lo primero que solemos hacer es fijarnos en sus manos, en su piel, para descubrir, allí, que la tierra reseca de la ingratitud y la indiferencia hacia la ley universal del amor entre los hombres, y el principio universal del amor, tiene el sólo antídoto de la memoria de la salvación en quien cumplió la Misión de la redención del hombre, de su liberación. Cristo inició el camino de la Misión definitiva cumpliendo la voluntad del Padre. Nosotros somos sus deudores.

Quién no ha sentido, cuando escuchaba los relatos de misión de un sacerdote, de una religiosa o de un laico, que todas sus preocupaciones por lo que estaba haciendo se volvían diminutas, minúsculas, en comparación con lo que oía contar. Los misioneros producen el bendito efecto de relativizar hasta los más cuidados planes pastorales, diseñados con el tiralíneas de las modernas técnicas psicopedagógicas. Los misioneros son los hombres y mujeres de lo esencial; de lo esencial cristiano. Nos cuesta pensar que en este mundo, utópicamente globalizado, aún haya personas que no conozcan a Jesucristo, cuando todos saben qué es la coca-cola y qué se ve en la CNN.

David B. Barrett y Todd M. Jonson publicaron recientemente un informe en el que señalaban que de una población mundial de 6.278 millones de habitantes, los cristianos seríamos el 33%, mientras que los no-cristianos alcanzarían el 67% de la humanidad. Este hecho significa que sólo una de cada tres personas en el mundo conoce a Jesucristo. No es cierto que en la lista de las cuarenta principales utopías de la modernidad o de la postmodernidad- se encuentre el fruto del trabajo misionero. Son estos siempre viejos y siempre nuevos heraldos del Evangelio los que están acabando con la utopía racionalista de los límites de la solidaridad. Hay que ser solidarios, filantrópicos. Nadie lo duda. Pero, sobre todo, hay que saber dar razones de la esperanza solidaria, y saber mostrar los argumentos de la caridad, como forma privilegiada de una fe, que vive y se desarrolla en el Misterio de la operante gracia de Dios en nuestro mundo.

El Congreso Nacional de Misiones ya ha terminado. Fueron cuatro intensos días en los que la Iglesia en España se miró en el espejo de la misión “ad gentes”. Con demasiada frecuencia, cuando la Iglesia ejercita la facultad de introspección el más ejemplar examen de conciencia ignaciano- suele perderse en disquisiciones sobre los números y las especies, sobre la sustancia y los accidentes, sobre lo esencial y lo circunstancial. Categorías, todas ellas, necesarias para un certero análisis, para el ver, juzgar y actuar. Y, sin embargo, en Burgos, en la Castilla de tierra, viñedos y pan de trigo, la Iglesia en España se ha mirado, se ha visto, se ha sentido amada, enviada, fortalecida y confirmada en lo esencial. Se ha sentido enviada a la humanidad como portadora del “ágape de Dios”, del amor con el que Dios nos ama en Jesucristo , manifestación de su sacramentalidad, de su catolicidad y de su apostolicidad.

Lo escribió un día Pablo VI: “El misionero llora. ¡No tanto porque le rechazan a él, cuanto porque rechazan a Cristo! ¡La duda sobre la inutilidad del sacrificio de sí mismo que ha hecho enteramente, vida, familia, amor, profesión, salud, patria, todo resultaría inútil y todo se desprecia, todo se juzga en vano y se rechaza!”(20-9-1075). Me he preguntado estos días si los hombres y las mujeres de este mundo, supuestamente globalizado más allá de las transnacionales, las marcas y los fetiches, tienen derecho a la sangre de Cristo, a vivir en plenitud su humanidad. Por varias razones concluyo que sí. A nosotros sólo nos hace falta que, de vez en cuando, alguien nos lo recuerde, en un Congreso Nacional de Misiones, o en las lágrimas que nacen del corazón de los misioneros.

José Francisco Serrano Oceja

José Francisco Serrano es periodista, padre de familia y profesor universitario. Es el redactor jefe de la revista Alfa y Omega.
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