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Mi experiencia más reciente ha tenido lugar este verano. En julio viajé a Etiopía con el objeto de realizar unos reportajes para TVE. El país está sufriendo las consecuencias de otra sequía y unos 13 millones de seres humanos dependen de la ayuda internacional. Allí, en Ziway, conocí a misioneras salesianas, entre ellas a una española, la hermana Nieves Crespo. Una mujer joven, de poco más de 30 años, con una vitalidad y alegría envidiables. Al igual que sus compañeras, dedica 24 horas del día, de lunes a domingo, a asistir a miles de personas hambrientas que a diario llaman a la puerta de la misión. Y las reciben con todo el cariño, les dan todo lo que pueden y si están enfermos les asisten. Además tienen a mil niños en la escuela. Las hermanas están empeñadas en la educación porque consideran que es el único camino para seguir de tanta miseria. También acogen a bebés abandonados, a punto de morir, y hacen todo lo posible por salvarles. Allí conocí a David, un niño recién nacido, que su padre entregó con apenas una semana de vida. La madre había muerto durante el parto y el pequeño estaba totalmente desnutrido. Después de cuidar de él día y noche, con la ayuda de unos voluntarios españoles, David parecía, poco a poco, querer aferrarse a la vida aunque con mucho esfuerzo por parte de todos.
A menudo las hermanas se contagian de parásitos o de algún virus por el contacto continuo de personas enfermas. Pero ellas no les evitan y aceptan las consecuencias de la naturalidad. Se dejan abrazar y cogen en brazos a los más pequeños mostrándoles todo su afecto. Pude comprobar como estas luchadoras incansables se integran desde el primer momento en su nuevo entorno y aprenden enseguida la lengua del país, por difícil que sea; lo hacen para que las sientan más próximas. Su labor es silenciosa. Viven a miles de kilómetros de sus familias, a las que no olvidan, pero saben que su misión está allí, donde les ha llevado su corazón. Y pese al inmenso sacrificio que esto supone están felices de hacer lo que más les agrada. Son mujeres admirables, de una solidez personal fuera de lo común. Nos acordamos de ellas cuando los medios de comunicación deciden enfocar su atención en uno de los muchos países que se encuentran en conflicto permanente. Conflictos sociales y/o bélicos causados, casi siempre por gobiernos corruptos a los que no les importa lo más mínimo la vida, ni muchos menos el bienestar de sus pueblos. África está llena de ejemplos pero también otros puntos del Planeta. Los desastres naturales son la gota que hace colmar el vaso. Y las misioneras siempre permanecen allí, pese a los peligros y las amenazas. Cuando todos abandonan ellas se quedan con su gente. Desde aquí quisiera rendir un pequeño homenaje a esas mujeres cuya labor va mucho mas allá de lo que representan sus propias instituciones. Ellas, las que lo arriesgan todo, hasta sus propias vidas, merecen todo mi respeto y admiración. María Ribelles
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