es la hora de la misión > artículos de opinión > vértigo de la misión

Alenjandro FernándezHe de reconocer que los misioneros siempre me han producido una sensación de vértigo. No es algo físico, con mareos o pérdida de estabilidad. Es mucho peor. Andando el tiempo supe que sería algo crónico, que rebrota en su presencia o en la de otras rara avis que aún anidan sobre nuestros campanarios.

Desde que tuve la fortuna de tropezarme con ellos y ellas, en el Consejo de Redacción de la revista Pueblos del Tercer Mundo (hoy Misioneros Tercer Milenio), empecé a sentir los primeros síntomas de esa sensación, nacida sin duda de una confrontación existencial: entre la de aquellos capaces de entregarlo todo –y no me refiero únicamente a lo que puedan llevar en los bolsillos- y la de quienes se contentan con no causar demasiado daño a su alrededor. Es decir, entre quienes han visto más allá del muro cimentado de egoísmo que solemos levantar a dos palmos de nuestras narices, y quienes siguen dándole altura aprovechando las mil y una excusas de una sociedad que fomenta el individualismo.

Del vértigo pasé a la curiosidad por el motivo de tanta paz y serenidad que percibí en ellos, y me hicieron saber, con su labor callada, que nacía de la esperanza, que la habían encontrado en los sitios donde otros hombres la habían descatalogado: en los arrabales de la geografía del hambre, de la guerra, de la pobreza, de la persecución, del abandono, de la explotación.

Y hoy siento rendida admiración. Y un punto de envidia, porque cuando les examinen del amor, lo tendrán chupado: bastará con mirar sus ojos para ver la intensidad de la entrega. Ellos son la mejor carta de presentación de nuestra Iglesia. Ellas y ellos, por miles, salieron de nuestras diócesis, de nuestras congregaciones, con el único objetivo de dar testimonio de la bondad que nacía de un seguimiento. En muchos países bastaba simplemente con eso, sabedores de que una sola mención a Jesús o a su mensaje podría valerles una grave acusación y, quizá, algo más.

Y ahí siguen. “Nos quedamos”. Es ésta una frase muy repetida por los misioneros cuando el peligro es más que una amenaza para sus comunidades y para las gentes que los conocen y han tratado. Saben que, cuando todo falle, podrán seguir contando con ellos, que estarán a su lado. Allí los tenían cuando el mundo se tapó los ojos en Ruanda; siguieron cuando se abrió la veda del extranjero en Argelia; cuando los fazendeiros brasileños vallaban tierras a costa de la sangre de los campesinos… Y ahí continúan en Liberia, cuando la vida más segura es la que cobijan las modestas paredes de los hospitales de los religiosos. Ellos se quedan, con algo de miedo, sí, pero por la inquietud que saben que causan a quienes les esperan en la distancia, por sus padres ancianos, por sus superiores e, incluso, por quienes tienen vértigo.

Antes de que los canales temáticos llevasen a nuestras sobremesas las imágenes edulcorantes del Tercer Mundo, ellos nos habían inoculado la dignidad de aquellos pueblos, de aquellas gentes, y nos habían contagiado del respeto por sus costumbres. Tal vez sin pretenderlo, durantes sus cortas estancias en sus lugares de origen (¿han conocido alguna vez a personas con tanta prisa por acabar sus “vacaciones”?) han empezado a materializar en medio de una sociedad sin demasiados referentes morales uno de los objetivos del próximo Congreso Nacional de Misiones: el de la necesaria presencia de testigos en países que, de evangelizadores, han pasado a convertirse en lugares de misión.

José Lorenzo

José Lorenzo es redactor de Vida Nueva
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