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Cuando en mis correrías iba descendiendo a los infiernos de la miseria humana me preguntaba: )se encontrará Dios entre las 100.000 personas que sobrevivien en el basurero de Manila?; ¿estará Dios entre los niños de la calle de Guatemala, Bogotá o Río de Janeiro?; ¿figurará Dios en las listas de refugiados de los campos de Ruanda y Congo?; ¿qué puede hacer Dios por esa mujer etiópe que tiene en brazos a su hijo muerto de hambre?. Las respuestas las he encontrado en los Misioneros. Gracias a ellos, Dios está, vivo y activo, en el infierno de la exclusión social, con más "visibilidad" que en muchos templos saturados de iconos. Yo he visto a Dios y a la hermana María Luisa, curando a leprosos malgaches con sobredosis de cariño que les inyectan en sus llagas. Yo he visto llorar a Dios en los ojos de la hermana Rosa mientras enterraba a campesinos colombianos masacrados por los escuadrones de la muerte. Yo he visto a Dios ayudando a Kike Figaredo a fabricar sillas de ruedas para los mutilados por las minas antipersonales en Camboya. Yo he visto a Dios, echando una mano a los Misioneros para construir escuelas y centros de salud en Togo, India, Bolivia y Guatemala. Yo he visto a Dios y a la hermana Isabel, haciendo de "madres" con las niñas y niños traficados por mafias del sexo en los burdeles de Tailandia. Los Misioneros me han enseñado que sólo se puede entender el mundo -Nuestro Mundo- desde la perspectiva de Dios: Tiempo de Dios, Amor de Dios, Impaciencia de Dios, Perdón de Dios, Vulnerabilidd de Dios y Esperanza de Dios. Los Misioneros revelan, por una parte la "humanidad" de Dios y por otra, la "divinidad" de los humanos, aunque cuesta entender cómo Dios puede ser tan "humano" que, a veces, parece "inhumano" y como los "humanos", a veces tan "inhumanos", podemos llegar tan "divinos". Este es el misterio de Dios, de la fe y de Iglesia. Julián del Olmo
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