es la hora de la misión > artículos de opinión > lejanas y cercanas tierras

José Antonio CarroAntes de leer a los clásicos de oro de la literatura en versión escolar, le tomé afición a unos libros de aventuras con atmósfera de Salgari, pero no estaban firmados, que yo recuerde, por ninguna pluma de oro. Eran libros muy breves que se devoraban de un tirón -los llamábamos de Lejanas tierras- y contaban historias misioneras, novelitas protagonizadas por algún catequista o reportajillos que lo mismo hablaban de un hechicero bantú que de los mártires de Uganda.

Aquellos libros, que pasaban de mano en mano y se interponían a los de estudio junto con alguna charla en vivo de alguien que traía noticias de la misión, cumplían en aquella adolescencia sin cederrón la función de un reportaje en portada de los de hoy, o de uno esos programas del National Geographic donde se asoma la flora y la fauna, el paisaje de la misión, a tantos kilómetros de distancia. Y no sólo por eso, que conectaría con los intereses informativos de un niño, sino porque se desplegaba ante unos ojos como platos, con el telón alzado de la evangelización, todo un escenario misionero.

Años más tarde, aquellos libros lejanos y en cierto modo nostálgicos, todo el misionerismo de lectura y guión cinematográfico, fue sustituido por amigos y compañeros que saltaban el charco atlántico para predicar la Buena Noticia de Jesucristo con un seseo contagiado o bajaban al continente negro sabiendo suahili, una de esas lenguas que sirven para vivir y contar -como decía aquella canción ya un tanto olvidada- que todos somos iguales a los ojos de Dios y que esa realidad es la palanca para mover una vida de calidad, de verdadera y cristiana calidad de vida.

Aquellos amigos escribían, te contaban, traían siempre hermosas historias de lejanas tierras, cada vez más próximas al corazón. Y eran hermosas, no por la belleza formal del relato, sino porque se iba descubriendo -con la escuelita, el centro sanitario, la defensa de los derechos, la misa llena de niños y el guirigay de la catequesis al final, el evangelio traducido a la vida familiar y social, la gozosa comunidad creciendo y la atención preferente a los más pobres- cómo se cumplía el poema de Isaías (52, 7), anunciador de un nuevo tiempo: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae buenas noticias, que anuncia la salvación…!”.

Resulta que, ahora que hay experiencia de viajes cómodos, sobresalen por su diligencia, decisión, novedad e insistencia evangelizadora los pies del mensajero, sus venturosos pies, y los aventurados caminos por los que transita la Buena Noticia. Pero sobresalen, muchas veces, porque salta la noticia, no porque se vea como noticia su compromiso evangélico, y eso que “buena noticia” es el significado original de la palabra “evangelio”. Un día la televisión nos enseña en un telediario, por ejemplo, la historia de una entrega, un ejemplo de entrega absoluta a los más pobres.

Y va y nos muestra a unos hombres y mujeres empeñados en convertir el fin del mundo -léase Tercer mundo- en un lugar de convivencia, de fraternidad cristiana, reclamando paz y justicia, luchando contra la humillación. Ha surgido un conflicto, ha estallado un problema, se ha encendido una luz informativa. Y cunde la sospecha, comprobada después, de que hay allí una luz liberadora -los pobres son evangelizados- y está encendida no como un piloto mortecino sino con toda la fuerza y el fulgor del Evangelio. Es decir, que el zoom de la tecnología se encarga de enfocar y atraer al primer plano una realidad ignorada, pero también de demostrar que el compromiso de la misión cae un poco lejos, es para muchos todavía un viejo libro de lejanas tierras.

Y, sin embargo, el campo de misión no está tan lejos, ni muy alejado geográficamente de nuestro Primer mundo, incluso él es ya un ancho tajo para la misión ad gentes. No es nueva esta apreciación y exigencia que se viene apoderando de los análisis y propuestas misioneras de las últimas décadas. Hay un texto pontificio muy reciente que viene a recordar cómo en aquel concepto de lejanas tierras entran también algunas muy cercanas, según dice la carta apostólica Ecclesia in Europa. No debe renunciar Europa a su historia evangelizadora, a la predicación del evangelio de la esperanza a lo largo del mundo, pero sabiendo que “en el viejo continente existen también amplios sectores sociales y culturales en los que se necesita una verdadera y auténtica misión ad gentes”. Lejos y cerca. En todo caso, siempre la hora de la misión.

José Antonio CARRO CELADA

José Antonio Carro Celada es el Director de revista Ecclesia,
sacerdote, periodista y escritor.
Optimizado para IExplorer 6.0 - 800x600 - © Copyright, Conferencia Episcopal Española