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Alenjandro Fernández“Nuestro tiempo es dramático y al mismo tiempo fascinador”. He aquí una afirmación tan categórica como esperanzadora. Lo podría decir cualquier muchacho que se asoma a la vida; pero lo dice un anciano dolorido que debía estar cansado pero que no lo está: Juan Pablo II. Y lo dice precisamente en su encíclica misionera, la “Redemptoris Missio”, publicada hace trece años. El dramatismo de nuestro tiempo es consecuencia de “la impresión de ir detrás de la prosperidad material y de sumergirse más en el naturalismo consumístico”; pero la fascinación está en “la necesidad de interioridad, el deseo de aprender nuevas formas y modos de concentración y de oración”. En el fondo lo que se busca “es la dirección espiritual de la vida como antídoto a la deshumanización”.

Este trance es el que lleva, conduce, a veces se dice que obliga a “la permanente validez del mandato misionero”, que es la clave de ese documento pontificio y la justificación de muchas actitudes.

Con esto está explicado lo de que esta “es la hora de la misión”. Lo fue siempre desde aquellas palabras de hace dos mil años: “Id y predicad la buena nueva a todas las gentes”.

Es bueno que se recuerde que lo fue entonces y también hoy es la hora de la misión, cuando se han superado condicionamientos de dominio territorial que parecían marcar hasta hace muy poco la labor “colonizadora” de los misioneros. Que se sepa, por si alguien lo duda, que es la hora de la misión, cuando alguien piense que esta es solo la hora de las O.N.G. y el voluntariado; benditas sean las unas y el otro, pero aunque estén ahí haciendo su labor, sigue siendo la hora de la misión, aunque las cambien el nombre por el de una ONG y aunque unos y otros caminen por los mismos senderos.

La misión es algo mas que un nombre de circunstancias. Misión es acción de enviar, y es función o cometido, y es la facultad que se da a una persona para ir a desempeñar una labor; pero para nosotros los cristianos todo eso es sagrado, quiero decir que el envío es para llevar la fe a donde no la hay, y el cometido es cristianizar a los que no son cristianos pero además ayudarles a vivir mejor y con mayor dignidad.

Pero la palabra es aún más rica. Hasta hace poco las misiones no estaban obligatoriamente relacionadas con un país lejano sino que eran los días en que nuestros pueblos, colectivamente, se intensificaba la práctica de nuestras creencias bajo la dirección de unos predicadores llegados de fuera, “los misioneros” que con poderosa oratoria, con el apoyo de su prestigio personal y edificante, revolucionaron los pueblos y las ciudades. Incluso hay aquí que recordar que hubo unos días no lejanos en que, para salir al paso de la supuesta pérdida de la fe y buenas costumbres en una nación de gran tradición religiosa, la catolicísima Francia, se proclamó que también Francia era país de misión y se declaró una campaña en busca de la recristianización de la sociedad francesa.

Ahora, en esta hora de la misión, proclamada por el Papa, todos somos siervos de misión, pero eso no impide, sino al contrario, obliga a que siga desplazándose a cualquier continente aquel que recibe el mandado de misionar.

Y, sin embargo, era preciso decirlo, hay que renovar la imagen del misionero que antes daban las viejas y bien intencionadas películas en blanco y negro.

El santo fraile barbudo de hábito blanco que predicaba en cualquier lejano país africano o asiático, que bautizaba poblados enteros, que era combatido por hechiceros o por colonos que querían explotar a los salvajes, no es un invento, es una realidad que existió y redimió a muchos indígenas.

El misionero actual es de otra manera, aunque sigue siendo de la misma índole. Es un hombre entregado a poner orden unas comunidades donde han llegado unas ideas de libertad y de justicia, pero no los medios de implantar y de defender esos derechos. Que saben de la existencia de unas tecnologías pero no tienen los medios para utilizarlas, con la que negocian las multinacionales. Que están dispuestos a seguir a Cristo y vivir el cristianismo, si las sabe dar la verdadera imagen del Redentor. Y que también arriesgan sus vidas en unas guerras ignoradas u olvidadas por el resto del mundo.

El Misionero o la Misionera, seglar o religioso, ha de abrir pozos, construir viviendas , terminar con la esclavitud, poner paz, abrir escuelas y enseñar a usar el ordenador, dar pan a los que no lo tienen y techo al que carecen de él, pero, además, ha de llevar la palabra de Dios recordando aquel lamento de San Pablo hace dos mi años; “ ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!”.

Es, pensando en estos hombres y estas mujeres, lo que le ha llevado al Papa a decir: “Nunca como hoy la Iglesia ha tenido la oportunidad de hacer llegar el Evangelio, con el testimonio y la palabra, a todos los hombres y a todos los pueblos”. Y añadió Juan pablo II: “Veo amanecer una nueva época misionera, que llegará a ser un día radiante y fuertes, si todos los cristianos, y en particular, los misioneros y las jóvenes iglesias responden con generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo”.

Porque, aquí o allá, todos tenemos que ser misioneros en esta hora de la misión, que también lo ha dicho el Papa en su encíclica misionera: “Se está afianzando una conciencia nueva: la misión atañe a todos los cristianos, a todas las diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones eclesiales”.

Alejandro Fernández Pombo

Alejandro Fernández Pombo es el Presidente de la Federación de Asociaciones de la Prensa de España (FAPE) y de la Asociación de la Prensa de Madrid. Fue director del diario YA de Madrid. Es habitual colaborador en revistas misioneras.
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