
“Nuestro
tiempo es dramático y al mismo tiempo fascinador”. He aquí
una afirmación tan categórica como esperanzadora. Lo podría
decir cualquier muchacho que se asoma a la vida; pero lo dice un anciano
dolorido que debía estar cansado pero que no lo está: Juan
Pablo II. Y lo dice precisamente en su encíclica misionera, la
“Redemptoris Missio”, publicada hace trece años. El
dramatismo de nuestro tiempo es consecuencia de “la impresión
de ir detrás de la prosperidad material y de sumergirse más
en el naturalismo consumístico”; pero la fascinación
está en “la necesidad de interioridad, el deseo de aprender
nuevas formas y modos de concentración y de oración”.
En el fondo lo que se busca “es la dirección espiritual de
la vida como antídoto a la deshumanización”.
Este trance es el que lleva, conduce,
a veces se dice que obliga a “la permanente validez del mandato
misionero”, que es la clave de ese documento pontificio y la justificación
de muchas actitudes.
Con esto está explicado lo de que esta “es la hora de la
misión”. Lo fue siempre desde aquellas palabras de hace dos
mil años: “Id y predicad la buena nueva a todas las gentes”.
Es bueno que se recuerde que lo fue entonces y también hoy es la
hora de la misión, cuando se han superado condicionamientos de
dominio territorial que parecían marcar hasta hace muy poco la
labor “colonizadora” de los misioneros. Que se sepa, por si
alguien lo duda, que es la hora de la misión, cuando alguien piense
que esta es solo la hora de las O.N.G. y el voluntariado; benditas sean
las unas y el otro, pero aunque estén ahí haciendo su labor,
sigue siendo la hora de la misión, aunque las cambien el nombre
por el de una ONG y aunque unos y otros caminen por los mismos senderos.
La misión es algo mas que un nombre de circunstancias. Misión
es acción de enviar, y es función o cometido, y es la facultad
que se da a una persona para ir a desempeñar una labor; pero para
nosotros los cristianos todo eso es sagrado, quiero decir que el envío
es para llevar la fe a donde no la hay, y el cometido es cristianizar
a los que no son cristianos pero además ayudarles a vivir mejor
y con mayor dignidad.
Pero la palabra es aún más rica. Hasta hace poco las misiones
no estaban obligatoriamente relacionadas con un país lejano sino
que eran los días en que nuestros pueblos, colectivamente, se intensificaba
la práctica de nuestras creencias bajo la dirección de unos
predicadores llegados de fuera, “los misioneros” que con poderosa
oratoria, con el apoyo de su prestigio personal y edificante, revolucionaron
los pueblos y las ciudades. Incluso hay aquí que recordar que hubo
unos días no lejanos en que, para salir al paso de la supuesta
pérdida de la fe y buenas costumbres en una nación de gran
tradición religiosa, la catolicísima Francia, se proclamó
que también Francia era país de misión y se declaró
una campaña en busca de la recristianización de la sociedad
francesa.
Ahora, en esta hora de la misión, proclamada por el Papa, todos
somos siervos de misión, pero eso no impide, sino al contrario,
obliga a que siga desplazándose a cualquier continente aquel que
recibe el mandado de misionar.
Y, sin embargo, era preciso decirlo, hay que renovar la imagen del misionero
que antes daban las viejas y bien intencionadas películas en blanco
y negro.
El santo fraile barbudo de hábito blanco que predicaba en cualquier
lejano país africano o asiático, que bautizaba poblados
enteros, que era combatido por hechiceros o por colonos que querían
explotar a los salvajes, no es un invento, es una realidad que existió
y redimió a muchos indígenas.
El misionero actual es de otra manera, aunque sigue siendo de la misma
índole. Es un hombre entregado a poner orden unas comunidades donde
han llegado unas ideas de libertad y de justicia, pero no los medios de
implantar y de defender esos derechos. Que saben de la existencia de unas
tecnologías pero no tienen los medios para utilizarlas, con la
que negocian las multinacionales. Que están dispuestos a seguir
a Cristo y vivir el cristianismo, si las sabe dar la verdadera imagen
del Redentor. Y que también arriesgan sus vidas en unas guerras
ignoradas u olvidadas por el resto del mundo.
El Misionero o la Misionera, seglar o religioso, ha de abrir pozos, construir
viviendas , terminar con la esclavitud, poner paz, abrir escuelas y enseñar
a usar el ordenador, dar pan a los que no lo tienen y techo al que carecen
de él, pero, además, ha de llevar la palabra de Dios recordando
aquel lamento de San Pablo hace dos mi años; “ ¡Ay
de mí si no predicara el Evangelio!”.
Es, pensando en estos hombres y estas mujeres, lo que le ha llevado al
Papa a decir: “Nunca como hoy la Iglesia ha tenido la oportunidad
de hacer llegar el Evangelio, con el testimonio y la palabra, a todos
los hombres y a todos los pueblos”. Y añadió Juan
pablo II: “Veo amanecer una nueva época misionera, que llegará
a ser un día radiante y fuertes, si todos los cristianos, y en
particular, los misioneros y las jóvenes iglesias responden con
generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro
tiempo”.
Porque, aquí o allá, todos tenemos que ser misioneros en
esta hora de la misión, que también lo ha dicho el Papa
en su encíclica misionera: “Se está afianzando una
conciencia nueva: la misión atañe a todos los cristianos,
a todas las diócesis y parroquias, a las instituciones y asociaciones
eclesiales”.
Alejandro Fernández
Pombo
Alejandro
Fernández Pombo es el Presidente de la Federación
de Asociaciones de la Prensa de España (FAPE) y de
la Asociación de la Prensa de Madrid. Fue director
del diario YA de Madrid. Es habitual colaborador en revistas
misioneras. |
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