es la hora de la misión > entrevista | |||||
¿Qué es lo primero que uno piensa cuando llega a un sitio nuevo como misionero, en su caso Japón? Cuando uno llega todo son sorpresas. Yo sé que he de aprender, que he de escuchar, que tengo que abrir mucho los ojos y el corazón para ver donde situarme. Nos ayudan los compañeros y la gente de allí, que sin conocerme, sabiendo que soy misionero y que vas a vivir con ellos, tienen mucha confianza en ti. Te quieren, uno se siente querido desde el principio.
Japón fue un país muy pobre pero cuando yo fui su situación era mucho mejor, en ese sentido las necesidades o las dificultades son diferentes a otros lugares del mundo. En Japón la necesidad prioritaria, cada día, es ver cómo vivir como persona humana, preguntarse cómo sacarle sentido a la vida. Todos tienen sed de vida, pero a menudo no le encuentran sentido <Por qué no suicidarme> es una pregunta que acecha a muchos japoneses. ¿Y cómo se alienta a alguien a tener ganas de vivir cuando el entusiasmo y las ganas no existen? Lo primero queriéndole, escuchándole, invitándole a un té. Hay pocos sitios donde se les quieren cuando no rinden todo lo que se espera de ellos, entonces apenas tienen lugares. Y llegan a nuestra iglesia pequeña, donde no se atreven a entrar, y se les acoge y se les escucha, y comienzan a quererse y a sentirse queridos. ¿Se ha sentido en algún momento desilusionado, con ganas de abandonar? Todo lo contrario. Nunca me he sentido más feliz que cuando he podido escuchar... y ahora recuerdo caras de unos y otros, y eso compensa y uno no se cambia por nadie en ese momento. Y eso es misión. Lo más importante es inyectar vida, esperanza, sin dejar de pensar que somos hermanos, hijos de un Dios y que por eso podemos querernos. ¿Se puede comprender todo lo que se ve? No. En Japón, en concreto, comprender a la persona es algo que nos supera del todos. Aún sabiendo el idioma, y conociendo las palabras, no siempre se entiende. El corazón es siempre un misterio y hay que dejar siempre algo al misterio. Uno puede ver con los ojos de fuera pero ver con los ojos del corazón... una reflexión que usan mucho los japoneses dice: las cosas más bonitas son las que se ven con los ojos del corazón. Y aún siendo capaz de ver con los ojos del corazón hay que dejar siempre un hueco para el misterio, para la sorpresa. ¿Mantiene siempre la capacidad de sorpresa? Quisiera tenerla siempre (se ríe) y además es lo que te ayuda a sobrevivir en una cultura como la del Japón, porque cada día te vas a encontrar tantas cosas nuevas y maravillosas... ¿Qué le han enseñado los japoneses? Me han enseñado a ver. Ahora lo estoy reflexionando, estando allí uno no se da cuenta, pero al venir aquí y reflexionar yo creo que me han enseñado mucho de respeto, de delicadeza, de escuchar, de silencio y de comunión con la naturaleza. Porque la vida viene de Dios y no sólo está en nosotros, está en todo lo que vive. Ellos se resisten a separar la vida del hombre del resto, todo es la misma vida. Y esa capacidad les permite, sin tener nuestra fe, envejecer en paz, morir en paz. Ven como las hojas caen en otoño, y como la naturaleza a ellos les llega también ese ciclo. Y ahí esta el misterio de Dios. ¿Y con todo lo que cuenta y tras tantos años, cuando le dicen que tiene regresar a España, cómo se está adapatando? Estoy en ese camino de adaptación. De primeras, cuesta mucho. Es mejor mirar adelante, si Dios está conmigo, venga lo que venga, vamos a vivir el hoy, que todo será bueno. ¿Qué cara tiene Dios en la misión? Nueva. Mucho más grande, mucho
más ancha. Se da cuenta uno que por muy generoso que uno tenga
el corazón, sin Él lo tenemos muy estrecho. Y vas por la
calle y ves que Dios me quiere a mí, y al otro y a los de otras
religiones y culturas... Dios nos quiere a todos. Es una convivencia de día a día. Esa convivencia es plantearse cómo querernos, cómo respetarnos, cómo acoger los valores de unos y otros, cómo hacer que eso se viva en armonía y enriqueciéndonos. Lo mío a lo de ellos, lo de ellos a lo mío. Es un desafío precioso. Entonces... es posible la armonía Desde luego. Asia es un continente apasionado por la armonía. Allí se huye de la confrontación, se buscan mil caminos para no chocar. Son artistas. Desde hace siglos conviven juntas tantas religiones, tantas culturas... si no pudieran armonizarlas no sería posible la convivencia. Tienen mucho que decirnos. ¿Cómo afronta su nuevo puesto al frente de la dirección del IEME? El talante es de servicio y quiero vivir la alegría de servir, poder ayudar, poder acompañar. Lo principal que me planteo es acompañar a mis compañeros, que están en 15 países diferentes. Mi reto es estar cerca de cada uno y escucharles. Hay muchos que se están jugando la vida y no puedo dormir tranquilo sin acordarme de ellos. ¿Qué le ha aportado el Congreso Nacional de Misiones, a usted, que es misionero desde hace 30 años? Yo me he encontrado más en mi salsa en las experiencias y en los testimonios. Las ponencias de la mañana me han enseñado que es necesario un marco grande y pensar y tener referencias teóricas a todo lo que es evangelización. Esto lo agradezco mucho. Aunque a veces me ha resultado un poco teórico reconozco que esa teoría es necesaria para no estrecharte en otras cosas. El lema del congreso rezaba “Es la hora de la misión”, ¿cuál es realmente la hora de la misión? Ha sido siempre la hora, pero desde Japón la veo una urgencia especial, en el sentido de la misión como convivencia, como diálogo, recogiendo lo bueno de los otros y aportar mi mensaje y lo mejor que puedo aportar yo es el rostro de Jesús. Pienso que en este momento de la historia, en el que hay tanta confrontación entre religiones, culturas y civilizaciones, si no aprendemos esa misión de diálogo, de convivencia, me parece que ¿a dónde vamos a ir? Es una hora difícil para la historia. Es la hora de esta misión y es la hora de ver a Dios en todas partes y de tender puentes. ¿Se ha dado cuenta, entonces, que el ser humano es grande? Así es. Uno tiene la confianza de que en cualquier parte va a encontrar seres humanos. Lo primero que salta a la vista son las diferencias, pero lo que te queda es qué parecidos somos. Todos tenemos un corazón que quiere amar y quiere que le amen. Todos tenemos anhelos, preocupaciones... hay tanto en común. Intentar convencer no es nunca el camino. El único camino es querer. No hay recambio para eso, queriendo se puede ir muy lejos. |
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