Presentación La Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias ha aprobado que la celebración del Congreso Nacional de Misiones tenga lugar en Burgos los días 18 al 21 de septiembre de 2003, cumpliendo de esta manera el encargo que le ha hecho de la Conferencia Episcopal española en el Plan Pastoral para el presente trienio. En orden a la preparación de este acontecimiento la Comisión Episcopal ha preparado un proyecto en el que se prevé la publicación de un “Documento base” que sirva de ayuda a las comunidades cristianas y a los Consejos diocesanos de misiones para reflexionar sobre los contenidos más fundamentales que afectan a su responsabilidad misionera. La secretaría General del Congreso ha elaborado el presente documento, llamado “Documento Base” que tiene como objetivos prioritarios:
El criterio metodológico que ha orientado la elaboración de este documento se ajustado al deseo de la Comisión de plasmar de manera ordenada las aportaciones del Magisterio de la Iglesia sobre la misión ad gentes. Por tanto, se ha huido de hacer aportaciones novedosas propias de un documento de reflexión o de ensayo teológico. En este caso el trabajo se ajusta a un instrumento de documentación en el que las referencias a las fuentes teológicas y magisteriales son continuas y abundantes. Este “Documento base” estará a disposición de las diócesis y de las Instituciones misioneras al inicio del curso 2002/2003 con el objeto de que se pueda hacer una programación pastoral durante este período de tiempo que precede a la celebración del Congreso. El “documento base” será sin duda un inestimable material de formación y de consulta para quienes estén interesados por profundizar en la responsabilidad misionera de la Iglesia. El documento irá acompañado de unos materiales pedagógicos con el fin de facilitar el acceso a sus páginas desde la singularidad específica de cada grupo misionero. El catequista o animador del grupo tendrá a su alcance suficientes orientaciones para que pueda acompañar a cada uno de los miembros del grupos según sus necesidades y expectativas. Ponemos bajo la protección de la Madre de la Evangelización estos materiales con el fin de que ella nos acompañe mientras accedemos a ellos con el fin de identificarnos más y más con la misión que nos ha sido encomendada. Madrid, 1 de septiembre de 2002
CAPÍTULO I.- Desde la Fe a la Misión “Sólo en la fe se comprende y se fundamenta la misión” (RM, 4). 1. Juan Pablo II en su Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte recuerda el compromiso de la evangelización como “prioridad para la Iglesia al comienzo del nuevo milenio... Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez es más variada y comprometida, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas que la caracteriza. Hace falta, pues, reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés. Hemos de revivir en nosotros el sentimiento apremiante de Pablo, que exclamaba: «¡ay de mí si no predicara el Evangelio!» (1 Co 9,16)”[1]. El dinamismo misionero de los primeros 2. La actividad misionera nace de la conciencia de pertenencia eclesial. Desde esta convicción la Iglesia ha vivido desde los comienzos el mandato misionero del Señor. Sólo una conciencia clara de pertenencia eclesial puede generar la pasión por el anuncio cristiano tanto ad intra como ad extra. No es arriesgado pensar que la conversión del mundo antiguo al cristianismo no fueel resultado de una actividad planificada por la Iglesia, sino el fruto de una constatación de la fe hecha visible en la vida de los cristianos y en la comunidad de la Iglesia. En ella influyó la invitación real de experiencia a experiencia, constituyente de la fuerza misionera de la Iglesia antigua. Este modo de proceder de la Iglesia inspira el nuevo impulso misionero que la Iglesia quiere dar para hacer partícipes a los demás de la nueva vida que experimentan los hombres que han sido tocados por la presencia del Resucitado, que ofrece la amistad con Dios de manera visible, tangible y concreta. Jesús para cumplir la voluntad del Padre, anuncia la Buena Noticia a todos, pero luego elige a algunos, los une a sí para entusiasmarlos con sus enseñanzas, y enviarlos a anunciar a todas las gentes el amor de Dios por cada hombre, y la vida nueva de Cristo. De esta manera los apóstoles se convirtieron desde el principio en auténticos misioneros y con coraje dieron testimonio de Cristo, ofreciendo su vida por este ideal. Inspirados en este modo de proceder, los primeros cristianos asumieron la tarea misionera como inherente a su condición de discípulos. No se trataba de imponer, sino de presentar el amor de Cristo crucificado, con la ayuda de la oración, con la adaptación a las culturas y costumbres, afrontando incluso el riesgo del martirio. Es la presentación de la novedad del misterio de Cristo, que ha hecho descubrir el misterio del hombre: su dignidad personal, libertad, conciencia moral, fraternidad, solidaridad universal, reconciliación, familia, trabajo... Es la historia de la salvación, dentro de los planes de Dios, con la presencia de Cristo resucitado y la acción de su Espíritu. Gratitud a la Iglesia misionera 3. Siguiendo este modelo los misioneros han sido fundamentalmente “testigos”, con una entrega incluso martirial. Gracias a este incasable celo evangelizador de los cristianos se ha extendido el Evangelio. Los afectados por la gracia e incorporados por la conversión y el bautismo se constituían en pequeñas comunidades, origen de las futuras Iglesias locales, que originariamente tuvieron necesidad de apoyo, guía y estímulo para madurar y convertirse, más tarde, en misioneras[2]. 4. Por eso en el pórtico de este nuevo milenio nace del interior de la Iglesia una mirada agradecida a quienes han entregado su vida al anuncio del Evangelio. Reconocimiento que se dirige a
El reconocimiento de la labor realizada por los misioneros abre nuevos horizontes para quienes, siguiendo su ejemplo, desean actualizar la dimensión misionera que nace de la vocación cristiana. Desde esta perspectiva se descubre que:
Urgencia de la misión, hoy5. Las nuevas situaciones y ámbitos de la misión[4], donde se fragua el pensamiento y el quehacer humano fundamental, están reclamando de la Iglesia la transmisión del Evangelio que configura un mundo de esperanza. Actualmente se hace necesaria la presentación clara y vivencial de la figura y del mensaje Cristo. La sociedad actual” necesita signos y testigos creíbles del Evangelio que iluminen las concienciasque puedan reencontrar convicciones válidas y permanentes sobre la verdad, la libertad y el bien, así como sobre la ética personal, social y familiar[5]. La llegada del tercer milenio para el cristianismo es una invitación urgente a seguir presentando el mensaje cristiano a los no cristianos, a los creyentes y a los agnósticos, porque en ellos y en el conjunto de todas las religiones y culturas se encuentran ya las “semillas del Verbo”, según la expresión de S. Justino en el siglo II. Es el mismo Espíritu Santo, quien ha esparcido esas semillas en todos los pueblos, y quien “las prepara para la madurez en Cristo”[6]. El mayor desafío de la misión ad gentes en la actualidad es el encuentro de las religiones y culturas actuales con el cristianismo. Si todas ellas tienen algún destello de la palabra de Dios, el cristianismo está llamado a anunciar que en Cristo, el Padre ha dicho la palabra definitiva sobre el hombre y sobre la historia y el Verbo encarnado es el cumplimiento del anhelo presente en la humanidad[7]. Y en Cristo resucitado se realiza la plenitud del Reino de Dios: recuperación del proyecto originario de Dios como reconciliación del hombre consigo mismo, con los demás, con la humanidad, con la creación entera, y con Dios. 6. En este contexto Juan Pablo II dibuja el perfil evangélico del misionero que necesita hoy la Iglesia: “El misionero es el hombre de las Bienaventuranzas. Jesús instruye a los Doce, antes de mandarlos a evangelizar, les señala los caminos de la misión: pobreza, mansedumbre, aceptación de los sufrimientos y persecuciones, deseo de justicia y de paz, caridad; es decir, les indica precisamente las Bienaventuranzas, practicadas en la vida apostólica (cfr Mt 5, 1-12). Viviendo las Bienaventuranzas, el misionero experimenta y demuestra concretamente que el Reino de Dios ya ha venido y que él lo ha acogido. La característica de toda vida misionera auténtica es la alegría interior, que viene de la fe. En un mundo angustiado y oprimido por tantos problemas, que tiende al pesimismo, el anunciador de la «Buena Nueva» ha de ser un hombre que ha encontrado en Cristo la verdadera esperanza”[8]. Nuevos desafíos e interrogantes 7. Sin embargo, a pesar de esta necesidad surgen interrogantes sobre la misión, incluso de su misma conveniencia. Juan Pablo II los describe en estos términos: “No obstante, debido a los cambios modernos y a la difusión de nuevas concepciones teológicas, algunos se preguntan: ¿Es válida aún la misión entre los no cristianos? ¿No ha sido sustituida quizá por el diálogo interreligioso? ¿No es un objetivo suficiente la promoción humana? El respeto de la conciencia y de la libertad ¿no excluye toda propuesta de conversión? ¿No puede uno salvarse en cualquier religión? ¿Para qué, entonces, la misión?”[9] . Es hora de dar respuesta a estas cuestiones y de asumir compromisos eclesiales.
CAPÍTULO II. Hacia un vocabulario común “La vuelta o repatriación de las misiones a la misión de la Iglesia” (RM, 32) 8. Antes de describir el alcance de algunos de los conceptos básicos sobre la misión de la Iglesia es conveniente recordar los últimos documentos del magisterio sobre la actividad misionera de la Iglesia
Evangelización y misión 9. Conviene distinguir entre evangelización y misión, conceptos análogos pero con matices diferenciadores. Evangelizar es el acto por el que se anuncia la Buena Noticia de Jesucristo, el Salvador esperado. Misión es el envío o mandato para recordar al hombre la acción divina en la creación y en la historia, para una salvación plena y universal, por medio de Jesucristo su Hijo hecho hombre por nosotros, muerto y resucitado, presente activamente en la Iglesia. Después de la Resurrección los llamados quedaban constituidos como enviados, y la comunidad de los discípulos se transforma en comunicación, testimonio, apertura y acogida desde la experiencia religiosa de lo que creen y celebran. Misión10. Jesús comunica a sus apóstoles la misión que ha recibido del Padre y que realiza bajo la acción del Espíritu Santo: Anunciar la Buena Nueva. Esta misión tiene su fuente en la Trinidad y comienza a ser realidad desde la Encarnación y se desarrolla como Redención. Su origen es el mismo Dios, y se realiza por Cristo y en el Espíritu. Su contenido o naturaleza consiste en el encargo o envío para recordar al hombre la acción divina en la creación y en la historia, para una salvación plena y universal por medio de Jesucristo su Hijo. La misión tiene una triple dimensión: trinitaria, eclesiológica y antropológica[11]. Por medio de ella se hace presente en el mundo y para los hombres el designio salvador de Dios que se actualiza a través de la Iglesia, “sacramento universal de salvación”, con la asistencia del Espíritu Santo. “La misión, pues, de la Iglesia se realiza mediante la actividad por la cual, obediente al mandato de Cristo y movida por la caridad del Espíritu Santo, se hace plena y actualmente presente a todos los hombres y pueblos para conducirlos a la fe, la libertad y a la paz de Cristo por el ejemplo de la vida y de la predicación, por los sacramentos y demás medios de la gracia, de forma que se les descubra el camino libre y seguro para la plena participación del misterio de Cristo”[12]. Así pues, la misión, “actividad primaria de la Iglesia, esencial y nunca terminada”[13], se sitúa dentro de la acción evangelizadora de la Iglesia, como una dimensión esencial.. 11. La misión implica unos enviados, unos misioneros, que en principio son todos aquellos que ha sido incorporados al misterio de Dios por medio del Bautismo y forman parte de la comunidad cristiana. Sin embargo, “aunque a todo discípulo de Cristo incumbe el deber de propagar la fe según su condición, Cristo Señor, de entre los discípulos, llama siempre a los que quiere para que lo acompañen y los envía a predicar a las gentes. Por lo cual, por medio del Espíritu Santo, que distribuye los carismas según quiere para común utilidad, inspira la vocación misionera en el corazón de cada uno y suscita al mismo tiempo en la Iglesia institutos, que reciben como misión propia el deber de la evangelización, que pertenece a toda la Iglesia”[14] . Misión ad gentes12. Es la acción evangelizadora de la Iglesia dirigida a los no cristianos para invitarles a la conversión. Se lleva a cabo según Juan Pablo II con “pueblos, grupos humanos, contextos socio-culturales donde Cristo y su Evangelio no son conocidos, o donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras como para poder encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a otros grupos. Ésta es propiamente la misión ad gentes” [15]. Sus objetivos son: realizar el primer anuncio del Evangelio donde todavía no ha sido realizado; comunicar la fe, mediante la invitación a la conversión y al Bautismo; implantar la Iglesia mediante el establecimiento de los signos permanentes del presencia de Cristo; y hacer misionera a toda la Iglesia [16] . Sobre la necesidad de la misión ad gentes Juan Pablo II recuerda: “es necesario mantener viva la solicitud por el anuncio y por la fundación de nuevas Iglesias en los pueblos y grupos humanos donde no existen, porque ésta es la tarea primordial de la Iglesia, que ha sido enviada a todos los pueblos, hasta los confines de la tierra. Sin la misión ad gentes, la misma dimensión misionera de la Iglesia estaría privada de su significado fundamental y de su actuación ejemplar” [17] . Misión ad extra13. Es la misión ad gentes circunscrita a grandes zonas geográficas donde no ha resonado aún el anuncio del Evangelio. A estos ámbitos geográficos es necesario unir unos nuevos horizontes conocidos como los “nuevos areópagos o nuevas fronteras” de carácter cultural, como el mundo de la comunicación; el compromiso por la paz; el desarrollo y liberación de los pueblos; la investigación científica. O de carácter social, como son el mundo de la inmigración; las grandes ciudades; el ámbito de los jóvenes; o las nuevas situaciones de pobreza e injusticia social[18] . En la actualidad la misión ad extra se identifica en la mayoría de las situaciones con los sectores de la humanidad donde la dignidad humana está siendo conculcada, pues la injusticia y la opresión hacen muy difícil la experiencia de Dios como Padre y Salvador. Es el caso de las situaciones de injusticia y marginación en los que la evangelización de los pueblos pasa necesariamente por un compromiso de liberación humana y social de quienes son los más desfavorecidos. A este respecto conviene “recordar las situaciones de pobreza, a menudo intolerable, que se dan en no pocos países y que, con frecuencia, son el origen de las migraciones de masa. La comunidad de los creyentes en Cristo se ve interpelada por estas situaciones inhumanas: el anuncio de Cristo y del Reino de Dios debe llegar a ser instrumento de rescate humano para estas poblaciones”[19] . Antes estas nuevas situaciones nace una idea clara de la necesidad de penetrar en ellas con los métodos idóneos para cada zona cultural o social. Se requiere un profundo conocimiento de los que hay en cada fenómeno cultural. Pero además es necesario un nuevo lenguaje de misión. Estamos ante el reto de los nuevos métodos y estructuras para la misión ad gentes hoy. Misión ad intra14. Es la acción misionera de la Iglesia con las personas que aún no han recibido el primer anuncio del evangelio, pero comparten su existencia con miembros de las comunidades cristianas ya evangelizadas. La missio ad intra se caracteriza propiamente por realizar la primera evangelización, en orden al primer anuncio y a la conversión en los territorios y ámbitos sociales y culturales donde la Iglesia ya ha sido implantada. Esta tarea misionera tiene como objeto la proclamación explícita del Evangelio: “El anuncio tiene la prioridad permanente en la misión: Iglesia no puede substraerse al mandato explícito de Cristo; no puede privar a los hombres de la «Buena Nueva» de que son amados y salvados por Dios. «La evangelización también debe contener siempre, como base, centro y a la vez cúlmen de su dinamismo, una clara proclamación de que en Jesucristo, se ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios». Todas las formas de la actividad misionera están orientadas a esta proclamación que revela e introduce el misterio escondido en los siglos y revelado en Cristo (cfr Ef 3, 3-9; Col 1, 25-29), el cual es el centro de la misión y de la vida de la Iglesia, como base de toda la evangelización” [20] . La situación de paganismo de tantas personas en los ámbitos de la vieja cristiandad está demandando de la Iglesia una acción misionera cuyo objetivo prioritario sea el anuncio kerigmático de la fe y la llamada a la conversión de quienes aún no conocen el Evangelio. Nueva evangelización15. Es otra dimensión de la acción evangelizadora de la Iglesia dirigida a bautizados de cualquier edad, que viven en contexto religioso de referencias cristianas, pero sin reconocerse vinculados o pertenecientes a la fe de la Iglesia; son los “grupos enteros de bautizados que han perdido el sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen ya miembros de la iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y de su Evangelio” [21] . Teniendo en cuenta que “no es fácil definir los confines entre atención pastoral a los fieles, nueva evangelización y actividad misionera específica, y no es pensable crear entre ellos barreras o recintos estancados” [22] , los bautizados que se encuentran en esta situación de alejamiento de la fe están necesitados del primer anuncio y de una catequesis fundante que la Iglesia ha de realizar como opción pastoral prioritaria [23] Aceptadas las distinciones entre lo específicamente misionero y lo que en estos momentos de la historia se ha venido en llamar “nueva evangelización”, se entiende la apertura que hace Redemptoris missio sobre los nuevos ámbitos que, por equivalencia, amplían el campo de lo específicamente misionero: ámbito geográfico, sociológico y cultural [24] . Implantación de la Iglesia16. Implantación de la Iglesia hace referencia a la acción misionera ad gentes que ayuda a las iglesias locales a alcanzar a una relativa madurez y autosuficiencia, en cuanto a medios de evangelización y en cuanto a expresiones culturales, dentro de la comunión de la Iglesia universal y de los valores evangélicos permanentes. “El fin propio de esta actividad misional es la evangelización y la implantación de la Iglesia en los pueblos o grupos humanos en que todavía no ha arraigado. De suerte que de la semilla de la palabra de Dios crezcan en todo el mundo la iglesias particulares autóctonas suficientemente organizadas y dotadas de energías propias y de madurez, las cuales provistas convenientemente de jerarquía propia, unida al pueblo fiel, y de medios apropiados para un pleno desarrollo de la vida cristiana, contribuyan, en la medida que les corresponde, al bien de toda la Iglesia” [25] . El Reino de Dios17. El Reino es su proyecto de amor de Dios que se comunica como amor creador y redentor. Se identifica con el amor infinito del Padre y, al igual que él, no tiene límites ni puede ser contrarrestado por condicionamiento alguno. El amor ilimitado de Dios tiene como designio la plena realización del Reino y tiende a superar los obstáculos que vienen del egocentrismo del que nacen el egoísmo, la codicia, el orgullo, la injusticia, y la violencia que a todo ello acompaña. El reino está ya activo, superando los obstáculos que le hacen resistencia, aunque diste mucho de lograr su cumplimiento. El amor de Dios incluye a todos y a todo y tiene como única frontera la realización perfecta de la creación hasta su plenitud y la redención que impulsa a todo ser humano hacia la consumación de todas sus posibilidades, es decir hacia la santidad. La interrelación en el seno mismo de Dios que nosotros interpretamos en conceptos de conocimiento y amor, lo hace comunión de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La comunión trinitaria se proyecta, en el mismo acto de conocimiento y amor que la constituye, hacia la creación y hacia la humanidad, con una exigencia de solidaridad fraterna entre todos los seres humanos y de respeto cuidadoso hacia todo lo creado. La creación es riqueza ilimitada de variedad armónica ya que el mismo Dios es multiplicidad relacional. El pecado no es diversidad sino exclusión. El Reino de Dios, por el contrario, es comunión en solidaridad y amor que no excluye a nadie ni a nada y que terminará por realizarse en plenitud. Lo contrario supondría que el amor infinito de Dios es incapaz de dar cumplimiento a sus designios.
CAPÍTULO III.- Dimensión antropológica de la misión “Pasa a Macedonia y ayúdanos” (Hch 16, 9) 18. San Pablo refiere cómo el Espíritu Santo les fue llevando de un lugar a otro para evangelizar. Al ser consciente de que Dios les requería para evangelizar en Macedonia lo hacen de modo inmediato: “Persuadidos de que Dios nos había llamado para evangelizarles” (Hch 16, 10). Este modo de proceder responde al hecho antropológico de que previo al mandato misionero Dios ha depositado en el interior del hombre su “capacidad” para encontrarse con Él: “De múltiples maneras, en su historia, y hasta el día de hoy, los hombres han expresado su búsqueda de Dios por medio de sus creencias y comportamientos religiosos” [26] . En unos esta capacidad ha encontrado su respuesta en la fe teologal, “que es la acogida de la verdad revelada por Dios Uno y Trino” [27] , en otros, en las creencias religiosas en otras religiones, “que es una experiencia religiosa todavía en búsqueda de la verdad absoluta y carente todavía del asentimiento a Dios que se revela” [28] . La búsqueda de Dios 19. Uno de los fundamentos de la evangelización es el reconocimiento de que el hombre camina a la búsqueda de Dios, quien por su parte sale a su encuentro para transformale por dentro, renovando de esta manera a la misma humanidad “En el Hijo único, y por medio de Él, se renovarán las relaciones de los hombres con Dios, con los demás hombres, con la creación entera. Por eso el anuncio del Evangelio puede contribuir a la transformación interior de todas las personas de buena voluntad que tienen el corazón abierto a la acción del Espíritu Santo” [29] . La teología de la misión viene estudiando algunas posturas actuales que nacen de planteamientos filosóficos postmodernos. Estas propugnan que: cualquier verdad religiosa y moral depende de su eficacia; las verdades son determinadas por la historia; las religiones son el resultado de la experiencia religiosa, que se expresa de modos diversos en las diferentes culturas; las verdades y valores universales y permanentes no son alcanzables, y por tanto no es posible su revelación y salvación permanente, y menos aún ser universalmente vinculante. Sin embargo, y a pesar de la persistencia de estos argumentos postmodernos, la sociedad actual, cansada de ideologías e inclinada hacia lo útil y constatable, no deja de buscar la trascendencia: "Paradójicamente, el mundo, que, a pesar de innumerables signos de rechazo de Dios, lo busca, sin embargo, por caminos insospechados y siente dolorosamente su necesidad, exige a los evangelizadores que le hablen de un Dios a quien ellos no conocen y tratan "familiarmente”, como si estuvieran viendo al Invisible” [30] . El deseo y la búsqueda de Dios, hoy, por parte de la sociedad en general y, de modo especial, por parte de las religiones, pone de manifiesto que "en lo más profundo del corazón del hombre está el deseo y la nostalgia de Dios" [31] . El hombre busca un absoluto que sea capaz de dar respuesta y sentido a toda su existencia. Es búsqueda de la verdad y búsqueda de una persona de quien fiarse. Por esto, el apóstol debe saber anunciar con franqueza que "en Jesucristo, que es la verdad, la fe reconoce la llamada última dirigida a la humanidad, para que pueda llevar a cabo lo experimentado como deseo y nostalgia [32] . Dios busca al hombre 20. Tertio Millennio Adveniente subraya que una de las peculiaridades de la fe cristiana es que no es el hombre el que ha buscado a Dios, sino que es Dios quien ha buscado al hombre y se ha acercado a él, de modo especial e insuperable por medio de la Encarnación. Dios en Jesús ha buscado a cada hombre, a todo el hombre y a todos los hombres [33] . Cualquier destello de verdad, que Dios ya ha sembrado en el corazón humano, se dirige necesariamente hacia la verdad completa, que Dios nos ha manifestado por su revelación en Cristo. Esta búsqueda del hombre por parte de Dios es proclamada por Jesús en la sinagoga de Nazaret, y es actualizada por la actividad misionera de la Iglesia: el amor misericordioso de Dios a favor de todos, la evangelización de los pobres, la curación de los enfermos, la liberación de los prisioneros... [34] El evangelizador necesita mucha audacia y coherencia (nacidas de un encuentro personal con Cristo), para poder anunciar al mundo de hoy esta experiencia de fe, que es siempre fruto del Espíritu Santo. Sin la experiencia verdadera de encuentro con Cristo, el apóstol caería en uno de esos dos extremos igualmente erróneos: pensar que todas las religiones ya son la verdad plena (sin Jesucristo) o querer imponer la propia fe sin respetar la hora de Dios (la acción de la gracia). La búsqueda de Dios, que anida en todo corazón humano y que conduce al encuentro definitivo con Cristo, es garantía para la labor apostólica. La verdad completa se encuentra sólo en Cristo. A la luz de esta convicción y en la línea de la paciencia milenaria de Dios, "es posible superar las divisiones y recorrer juntos el camino hacia la verdad completa, siguiendo los senderos que sólo conoce el Espíritu del Señor resucitado" [35] . En definitiva, el encuentro de Dios con el hombre tiene su origen e iniciativa en dios, pero es realizado, “encarnado”, en la realidad social y concreta de cada persona. Y es en este ámbito cultural donde es posible la evangelización. Pues toda cultura "tiene en sí misma la posibilidad de acoger la revelación divina", pero a la vez necesita la gracia y el testimonio cristiano, que sabe acogerla, favoreciendo el progreso de lo que en ella hay de implícito, hacia su plena explicitación en la verdad [36] . El camino de la inculturación21. Inculturación entendida como proceso mediante el cual la revelación del misterio de Dios se ‘encarna’ en las diferentes culturas [37] . “El cristianismo del tercer milenio debe responder cada vez mejor a esta exigencia de inculturación. Permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado” [38] . Refiréndose al Continente africano Juan Pablo II describe la doble dimensión de la inculturación: “por una parte, «una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo» y, por otra, «la radicación del cristianismo en las diversas culturas humanas». Los padres sinodales habían considerado la inculturación como una prioridad y una urgencia en la vida de las Iglesias particulares para que el Evangelio arraigue realmente en África; «una exigencia de la evangelización»; «un camino hacia una plena evangelización»; uno de los desafíos mayores para la Iglesia en el continente a las puertas del tercer milenio” [39] . 22. La misión está llamada a incorporar a su tarea una inculturación renovada siempre y cuando tenga en cuenta y respete su compatibilidad con el mensaje cristiano y la comunión con la Iglesia universal. «Como camino hacia una plena evangelización, la inculturación trata de preparar al hombre para acoger a Jesucristo en la integridad de su propio ser personal, cultural, económico y político, para la plena adhesión a Dios Padre y para llevar una vida santa mediante la acción del Espíritu Santo» [40] . El primer anuncio del evangelio, a nivel de conciencia y a nivel de culturas religiosas, necesita ser representado en un proceso de inculturación, por el que se respete la preparación del evangelio que ya existe en toda cultura, mientras se ayuda a purificar los obstáculos que impiden llegar a la plenitud o madurez en Cristo. El camino de la reflexión humana, inherente a toda cultura y religión, no se opone a la revelación sobrenatural. Por esto, el anuncio de la fe cristiana (aunque sea con términos filosóficos y teológicos de otra cultura) ha estimulado ciertamente la razón a permanecer abierta a la novedad radical que comporta la revelación de Dios. Por este mismo anuncio, el hombre contemporáneo llegará así a reconocer que será tanto más hombre cuanto, entregándose al Evangelio, más se abra a Cristo [41] . A la luz del misterio de la Encarnación y de la Redención se debe hacer el discernimiento de los valores y de los antivalores de las culturas. Como el Verbo de Dios se hizo en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, así la inculturación de la Buena Nueva asume todos los valores humanos auténticos purificándolos del pecado y restituyéndolos a su pleno significado.
CAPÍTULO IV.- Testigos del Dios vivo “Id al mundo... en el nombre del padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19) 23. La fuerza de la misión no estriba en conceptos, fáciles o difíciles, sino en la realidad de Dios Amor, que supera todo concepto y se encuentra ya en el fondo de cada corazón humano. Pablo fundamenta el primer anuncio en el mismo contenido: Cristo, por su resurrección, manifiesta que es el Hijo de Dios hecho nuestro hermano por la fuerza del Espíritu. Este es “el Evangelio que Dios había prometido por medio de los profetas en las Escrituras Santas. Este Evangelio se refiere a su Hijo, nacido de la estirpe de David en cuanto hombre, y constituido por su resurrección de entre los muertos Hijo poderoso de Dios según el Espíritu Santificador: Jesucristo, Señor nuestro, por quien he recibido la gracia de ser apóstol, a fin de llevar la fe a todas las naciones”(Rom 1, 1-5).Dimensión trinitaria de la misión24. El mandato misionero del Señor tiene su fuente en el amor eterno de la Santísima Trinidad: la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre [42] . Y el fin último de la misión no es otro que hacer participar a los hombres en la comunión que existe entre el Padre y el Hijo en su Espíritu de amor [43] . Esta convicción está explícitamente expuesta en el decreto Ad Gentes: “La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” [44] . Y añade con fuerza: “este designio dimana del «amor fontal» o de la caridad de Dios Padre, que, siendo Principio sin principio, engendra al Hijo, y a través del Hijo procede el Espíritu Santo” [45] . Es a este pensamiento conciliar al que se refiera Juan Pablo II al afirmar que el Vaticano II ha fundamentado la misión de la Iglesia en la misma misión trinitaria [46] 25. Una de las verdades más consoladoras que ha sido revelada en Cristo es ésta: “Dios es amor” (1 Jn 4,9) y “Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4, 9). Sin duda es en estas verdades reveladas en las que se inspira el Vaticano II para hablar del “amor fontal” en el texto antes reseñado. La dimensión trinitaria de la obra salvífica, estrechamente vinculada a la índole trinitaria de la obra de la creación, es expresada por Jesús tanto en relación al envío misionero como al contenido de las misiones divinas. Al hablar de la identidad del Padre afirma: "El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado: y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado ... Porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo se que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí” (Jn 12, 44-45.49-50). 26. El fundamento trinitario de la naturaleza misionera de la Iglesia se puede entender además en relación no sólo con su punto de partida, sino también con el de llegada. En otras palabras, la Trinidad no sólo es fuente primordial de la misión sino que constituye su cumplimiento o coronación. El decreto Ad Gentes habla explícitamente del carácter escatológico de la actividad misionera en cuanto manifestación y realización del plan salvífico de Dios en el mundo y en la historia [47] , mostrando lo que afirma la constitución Lumen Gentium “De esta manera, la Iglesia ora y trabaja al mismo tiempo para que la totalidad del mundo se transforme en Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu y para que en Cristo, Cabeza de todos, se de todo honor y toda gloria al Creador y Padre de todos” [48] . Y confirma Redemptoris missio “El fin último de la misión es hacer partícipes de la comunión que existe entre el Padre y el Hijo, comunión operada por el Espíritu Santo” [49] . Jesucristo en el centro de la misión27. La encíclica Redemptoris missio desarrolla con amplitud la unicidad del misterio salvador de Jesucristo. Lo hace al inicio de sus páginas con la intención de poner los fundamentos argumentales sobre Jesucristo como único salvador de la humanidad [50] ; la unidad indisoluble entre el Verbo encarnado y Jesús histórico [51] ; y la identificación del Reino de Dios con la persona misma de Jesucristo [52] . El papa fundamenta estas afirmaciones en la primera predicación apostólica de Pedro [53] , y de Pablo [54] y el evangelio de San Juan [55] . Y concluye así: “Los hombres, pues, no pueden entrar en comunión con Dios, si no es por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu. Esta mediación suya única y universal, lejos de ser obstáculo en el camino hacia Dios, es la vía establecida por Dios mismo, y de ello Cristo tiene plena conciencia. Aun cuando no se excluyan mediaciones parciales, de cualquier tipo y orden, éstas sin embargo cobran significado y valor únicamente por la mediación de Cristo y no pueden ser entendidas como paralelas y complementarias” [56] . Sobre esta unicidad y universalidad salvífica del misterio de Cristo la exhortación apostólica Ecclesia in Asia dice: “Desde el primer instante del tiempo hasta el último, Jesús es el único mediador universal. También para cuantos no profesan explícitamente la fe en él como Salvador; la salvación llega a través de él como gracia, mediante la comunicación del Espíritu Santo. Nosotros creemos que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es el único Salvador, dado que sólo él, el Hijo, ha realizado el plan universal de la salvación” [57] . Sólo Cristo salva porque, entre todos los que han sido enviados y entre las diversas manifestaciones de Dios presentes en la historia, sólo él es Dios como el Padre. Nadie puede sustituirlo, y a la Iglesia no le es permitido delegar a otros las formas complementarias de la salvación, esto contradice su naturaleza, su misión y el poder que ha recibido. “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” [58] 28. La fuente de la misión es, pues, la realidad profunda de Dios Amor que llega a los hombres por medio de Jesucristo. “En este sentido se puede y se debe decir que Jesucristo tiene, para el género humano y su historia, un significado y un valor singular y único, sólo de él propio, exclusivo, universal y absoluto. Jesús es, en efecto, el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos. Recogiendo esta conciencia de fe, el Concilio Vaticano II enseña ‘el Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones. Él es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y muertos’ (LG 45)” [59] La vida y el mensaje tienen como objeto ser una Epifanía personal del misterio de Dios Amor. Sus gestos y palabras son manifestación del rostro de Dios. Él mismo se manifiesta como el camino para llegar a la Verdad y la Vida. Sólo Jesús, como Hijo unigénito del Padre, conoce y ha visto a Dios y lo que ha visto nos lo ha dado a conocer [60] . Los cristianos conocen Por medio de Jesús los cristianos conocen al Dios verdadero y tienen acceso al misterio de Dios. Así su vida se transforma en “misión” que totaliza o consagra todo su ser por el Espíritu enviado por el Padre. Y esta vida misionera es esencialmente trinitaria [61] . La evangelización de los pobres conlleva esta impronta trinitaria que va transformando la creación en una nueva creación, donde habita la justicia y el amor [62] . El Espíritu Santo, primer agente de la misión29. Redemptoris missio proclama que el Espíritu Santo es el protagonista de la misión de la Iglesia, haciéndose eco del pensamiento de Pablo VI al afirmar que “vivimos en la Iglesia un momento privilegiado del Espíritu” [63] . A la fundamentación de este principio está dedicado el capítulo III, en el que se muestra que la misión de Jesucristo está siempre e invisiblemente ligada al Espíritu. Una mirada al Nuevo Testamento descubre que sólo hay una única misión divina querida por Dios Padre para la humanidad por medio de su Hijo Unigénito, el Verbo encarnado, y el Espíritu Santo. Jesús se presenta como el ungido y enviado por el Espíritu armonizando tres de los aspectos de la misión del profeta: ha sido enviado; con la fuerza y la unción del Espíritu; para anunciar la buena nueva los pobres [64] . Esta misma misión es la que Cristo comunica a los Apóstoles: ellos son enviados con la fuerza del Espíritu para anunciar el Evangelio [65] . 30. Esta misión que Cristo realiza por medio de la Iglesia sigue siendo la misión en el Espíritu Santo. Cuando Cristo comunica la misión a la Iglesia, le promete la asistencia permanente del Espíritu Santo, como presencia iluminadora, santificadora y evangelizadora [66] . Por ser misión del Espíritu y realizada bajo su guía, la misión de la Iglesia tiene como “alma” al mismo Espíritu Santo: “El Espíritu Santo «unifica en la comunión y en el servicio y provee de diversos dones jerárquicos y carismáticos», a toda la Iglesia a través de los tiempos, vivificando las instituciones eclesiásticas como alma de ellas e infundiendo en los corazones de los fieles el mismo impulso de misión del que había sido llevado el mismo Cristo. Alguna vez también se anticipa visiblemente a la acción apostólica, lo mismo que la acompaña y dirige incesantemente de varios modos” [67] . Esta misión del Espíritu, y bajo su acción, se armoniza con la acción del espíritu Santo en la humanidad. “Este Espíritu es el mismo que se ha hecho presente en la encarnación, en la vida, muerte y resurrección de Jesús y que actúa en la Iglesia... Por eso, todo lo que el Espíritu obra en los hombres y en la historia de los pueblos, así como en las culturas y religiones tiene un papel de preparación evangélica... Es el mismo espíritu quien actúa armónicamente en la Iglesia y en la humanidad: la acción universal del espíritu no hay que separarla tampoco de la peculiar acción que despliega en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia” [68] . El misionero, testigo del amor trinitario31. El misionero es llamado y enviado para confesar la presencia salvadora y amorosa de Dios, Señor del hombre y de la historia. Por ello necesita descubrir el rostro de Dios, su mensaje, su misión, y en él el verdadero sentido de la vida y de la historia. Desde esta experiencia profundamente religiosa se reconoce el discípulo, el apóstol, el enviado que no actúa en nombre propio; y desde esta fe y vinculación, propone a Cristo, revelador del misterio de Dios, como el único que puede transformar la vida, darle un rostro humano alegre y esperanzado. “De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo, de "evangelizar", y de llevar a otros al "sí" de la fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de conocer siempre mejor esta fe” [69] . Entonces el misionero se convierte en testigo de aquel que ha transformado su vida, porque “al encontrar a Cristo, todo hombre descubre el misterio de su propia vida” [70] . El “encuentro con Cristo” es una idea central en el magisterio de Juan Pablo II, a partir de su primera encíclica, Redemptor hominis, y lo ratifica en uno de sus recientes documentos: “El encuentro con el Señor produce una profunda transformación de quienes no se cierran a él. El primer impulso que surge de esta transformación es comunicar a los demás la riqueza adquirida en la experiencia de este encuentro” [71] De ahí deriva una urgencia mayor de renovación eclesial (Iglesia misterio, comunión y misión), en la línea de la nueva espiritualidad. 32. Cuando Dios Amor se convierte, por la palabra y el testimonio del enviado, en vida del hombre, la adhesión a Ël se hace necesariamente juicio de discernimiento sobre las situaciones humanas. Es decir, se convierte en fuente de una cultura nueva (un modo nuevo de concebir la vida y sus implicaciones). Esto genera una cadena de compromisos que transforma la existencia. Así es como nace la verdadera inculturación del cristianismo y una cultura de raíces cristianas. Desde esta adhesión total a Cristo el misionero entrega su vida a los hombres en un acto permanente de amor. Pero esto supone en el misionero madurez, firmeza en la propia fe, capacidad para transmitirla a los que aún no la tienen, para escucharles y para conocer con exactitud su vida, mostrándoles a la vez el rostro de Dios Amor, porque “toda persona tiene el derecho a escuchar la «Buena Nueva» de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación” [72] . Esta perspectiva abre nuevos horizontes en la vida del misionero, exige una renovada espiritualidad encarnada en una profunda fe en el misterio de Dios, revelado en Jesucristo y actualizado por la fuerza del Espíritu. Oración y contemplación pasan de nuevo a ocupar la centralidad de la vida misionera porque sólo desde la contemplación del rostro de Cristo se puede descubrir a cada una de las personas, y sólo desde la contemplación del rostro de los hombres se puede acceder a Dios Amor. De ahí que pueda afirmarse que "el futuro de la misión depende en gran parte de la contemplación" [73] .y que "el evangelizador” que no es contemplativo, no puede anunciar a Cristo de modo creíble" [74] .
CAPÍTULO V.- La Iglesia, camino de la Misión “Creí, por eso hablé” (2 Co 4, 13) 33. La experiencia del amor trinitario es para la Iglesia una auténtica experiencia espiritual. El encuentro con el Dios Trinidad, como llamada a la conversión, sitúa a la Iglesia en estado permanente de misión. Por ello, resulta inútil y artificioso poner en duda las razones y los motivos de la misión. Es una disponibilidad que brota espontáneamente de su propia identidad. Juan Pablo II lo expresa en estos términos: “el mandato de Cristo no es algo contingente y externo, sino que alcanza el corazón mismo de la Iglesia” [75] . Y Pablo VI, con frase concisa, afirma que “evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” [76] Por tanto la misión pertenece es la esencia de la Iglesia, es su razón de ser, y no una actividad optativa reservada a algunos especialistas [77] . “Evangelizar es de hecho la gracia y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda” [78] . La Iglesia existe para evangelizar34. La Iglesia siente el gozo de la evangelización al comunicar y transmitir a todos los hombres el amor inagotable del Padre que se manifiesta en la historia, merced a las misiones del Hijo y del Espíritu. Nace de la convocación del Hijo y del aliento del Espíritu, y por ello se descubre como esencialmente evangelizadora. Su vida se manifiesta en la actitud radical de servicio y de disponibilidad para dar testimonio de la comunión que constituye al mismo Dios Trinidad. De ahí la convicción de que “la Iglesia no tiene otra razón de existir sino la de hacer partícipes a todos los hombres de la Redención salvadora” [79] No existe a partir de sí misma y para sí. Su origen es trinitario y por tanto su misión tiene ahí su razón de ser [80]. El misterio trinitario es el origen, el modelo y la meta de la misión. Por eso la Iglesia está llamada a salir de sí misma en un movimiento incesante hacia el mundo para ser signo, instrumento, presencia del amor y de la salvación de Dios que se expresa en el anuncio del misterio de Dios, en la celebración litúrgica y en el testimonio de amor ante el mundo. Dios, por medio de la Palabra definitiva de su revelación, se ha dado a conocer del modo más completo; ha dicho a la humanidad quién es Él. Esta autorrevelación definitiva de Dios es el motivo fundamental por el que la Iglesia es misionera por naturaleza. Ella no puede dejar de proclamar el Evangelio, es decir, la plenitud de la verdad que Dios nos ha dado a conocer sobre sí mismo. “La Iglesia no puede dejar de proclamar que Jesús vino a revelar el rostro de Dios y alcanzar, mediante la cruz y la resurrección, la salvación para todos los hombres” [81] . Como el latido pertenece al corazón humano, la misión pertenece a la Iglesia. Una Iglesia que no cumple con su misión deja de ser Iglesia de Jesús. El mandato recibido del Señor [82] no es un puro encargo que le asigna una tarea añadida sino una palabra que constituye a la Iglesia por dentro. La Iglesia se negaría a sí misma si dejara de cumplirla. Misión y comunión eclesial 35. La Iglesia está llamada a la comunión eclesial, reflejo de la comunión divina. La necesidad de esta comunión es condición para que la misión sea efectiva y eficaz: “Fin último de la misión es hacer partícipes de la comunión que existe entre el Padre y el Hijo: los discípulos deben vivir la unidad entre sí, permaneciendo en el Padre y en el Hijo, para que el mundo conozca y crea (cfr Jn 17, 21-23)” [83] . Cuando las comunidades cristianas viven la comunión, se convierten en escuela de misión para todos sus miembros. Las dos realidades se postulan. El sentido de la comunión local y universal será indicador de la disponibilidad para misión ad gentes. La comunidad se hace disponible para la misión universal cuando comprende que todos son “uno en Cristo”(Gal 3, 28). La misión ad gentes resuena sin obstáculos cuando la comunidad es “un solo corazón y una sola alma”(Hch 4, 32). 36. La comunión eclesial que lleva a la misión nace de la Palabra contemplada y celebrada, de la celebración sacramental de los misterios de Cristo, de la expresión del amor a favor de los demás, de la relación interpersonal como manifestación de la comunión trinitaria, de la acción del Espíritu que unifica el corazón para hacerse donación a los hermanos. Por otra parte la comunión asegura la fidelidad a los carismas personales e institucionales de los demás, y el respeto a la historia de la gracia del continuo Pentecostés que acontece en la historia de la Iglesia. La comunidad ya es “un hecho evangelizador” [84] cuando vive la comunión. “El amor, que es y sigue siendo la fuerza de la misión, y es también el único criterio según el cual todo debe hacerse y no hacerse, cambiarse y no cambiarse” [85] . Por eso la fuerza evangelizadora de la comunión eclesial tiende, por su propia naturaleza, a la construcción de toda la humanidad según la comunión de Dios Amor. Las obras de la evangelización permanecen cuando han nacido de la comunión. Todo lo que no sea comunión eclesial, es caduco, tanto en el campo de la perfección como en el de la misión [86] . Cuando esta conciencia de comunión eclesial no se hace vida en las comunidades eclesiales, la respuesta misionera no se deja esperar. La vida ordinaria y las preocupaciones de las Iglesias locales han de expresar suficientemente esta comunión, por otra parte es recordada de modo reiterativo en los documentos y declaraciones doctrinales del Magisterio, como es el caso del actual Plan pastoral de la Conferencia Episcopal Española para el presente trienio. La misión ad intra no puede hipotecar la urgencia de la misión ad extra. Un fuerte fraternidad en el interior de cada comunidad cristiana donde cada fiel se encuentra con la posibilidad de desarrollar su carisma es sin duda la mejor expresión de la misión eclesial. Misión y el anuncio de la Buena Nueva 37. Por mucho que se insista en otras dimensiones de la misión, como son la promoción humana y el desarrollo, la inculturación y el diálogo interreligioso, no se puede perder de vista lo que es el secreto entrañable del corazón de los misioneros y la preocupación íntima de la Iglesia: “No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios” [87] . Un anuncio que haga nacer en el corazón de quien escucha una adhesión a Cristo que le lleve a entrar en la comunidad de los hijos de Dios. Es lo que antes que nadie señaló imperativamente Jesucristo: “haced discípulos de todas las naciones, bautizando y enseñando a cumplir todo lo que os he mandado” (Mat 28, 19). La misión es para hacer resonar el anuncio de Cristo, Hijo de Dios, perfecto hombre y Salvador. Sin esta referencia a Cristo la misión se tergiversa. Por el contrario, cuando el anuncio es la presencialización del misterio de Cristo, en el que la divinidad subraya la trascendencia del ser humano, la humanidad recuerda la inserción y responsabilidad en el mundo, entonces la misión hace posible la salvación y liberación de la humanidad. “El anuncio tiene la prioridad permanente en la misión: Iglesia no puede substraerse al mandato explícito de Cristo; no puede privar a los hombres de la «Buena Nueva» de que son amados y salvados por Dios. «La evangelización también debe contener siempre ¾como base, centro y a la vez culmen de su dinamismo¾ una clara proclamación de que en Jesucristo, se ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios»” [88] . Los apóstoles así lo entendieron, practicaron y enseñaron a partir de Pentecostés. El anuncio del Reino y la llamada a la conversión y a la fe constituyen la acción misionera de la Iglesia: “La Iglesia está efectiva y concretamente al servicio del Reino. Lo está, ante todo, mediante el anuncio que llama a la conversión; éste es el primer y fundamental servicio a la venida del Reino en las personas y en la sociedad humana” [89] . Al anunciar el Reino, la Iglesia invita a acogerlo, cooperando al don de Dios, para que el Reino sea acogido y crezca entre los hombres. La conversión implica, como en el caso de Abraham, “salir” de la propia tierra para cumplir los planes de Dios incorporándose por el bautismo a la comunidad eclesial. Misión y testimonio 38. La misión que Jesús ha comunicado a su Iglesia se realiza primeramente por medio del anuncio, acompañado siempre por el testimonio. La prioridad del anuncio se basa en la eficacia misma de la Palabra pero necesita de la presencia del testimonio como expresión viva del mismo mensaje. Así el anuncio se convierte en testimonio y, consiguientemente, en proclamación permanente, respondiendo al ejemplo del maestro: “Jesús hizo y enseñó” [90] . El testimonio está estrechamente unido al anuncio evangélico como signo portador y eficaz del mismo mensaje que anuncia. Ambos entrañan un dimanismo misionero que asegura la proclamación del misterio de Cristo como revelador del misterio del hombre y de la historia humana. La Iglesia y el Reino de Dios 39. “La misión de la Iglesia es “anunciar el Reino de Cristo y de Dios, establecerlo en medio de las gentes; [la Iglesia] constituye en la tierra el germen y el principio de este Reino” [91] . Porque el Reino de Dios no es un concepto, una doctrina o un programa sujeto a libre elaboración, sino que es ante todo una persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen del Dios inviseble, inseparable de la persona de Jesús e inseparable de la Iglesia [92] . Así la misión de la Iglesia está llamada a ser por una parte “sacramento, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano, es decir, es signo e instrumento del Reino; por eso está llamada a anunciarlo y a instaurarlo. Pero por otra, a ser ella misma “reino de Cristo, presente ya en el misterio” [93] , constituyéndose en germen e inicio del Reino de Cristo y de Dios. Independientemente de las interpretaciones de la relación entre la Iglesia y el Reino de Dios y de Cristo, la Declaración Dominus Jesús subraya la íntima conexión entre Cristo, el Reino y la Iglesia, a la luz de Redemptoris Missio y Ecclesia in Asia. “El Reino de Dios que conocemos por la Revelación, no puede ser separado ni de Cristo ni de la Iglesia... Si se separa el Reino de la persona de Jesús, no es éste ya el Reino de Dios revelado por él, y se termina por distorsionar tanto el significado del Reino que corre el riesgo de transformarse en un objetivo puramente humano e ideológico como la identidad de Cristo, que no aparece como el Señor, al cual debe someterse todo (Cfr. 1 Co 15, 27); asimismo, el Reino no puede separarse de la Iglesia. Ciertamente, ésta no es un fin en sí misma, ya que está ordenada al reino de Dios, del cual es germen, signo e instrumento. Sin embargo, a la vez que se distingue de Cristo y del Reino, está íntimamente unida a ambos” [94] . 40. La Iglesia está al servicio del Reino de Dios, y lo está fundamentalmente mediante el anuncio que llama a la conversión: “éste es el primer y fundamental servicio a la venida del Reino en las personas y en la sociedad humana” [95] . Lo hace además difundiendo los valores evangélicos que son expresión de este Reino y ayuda a los hombres a acoger los designios salvadores de Dios. La acción misionera de la Iglesia constituye una de sus principales contribuciones a la implantación de las exigencia del Reino de Dios en la tierra sin que éste compromiso empañe su dimensión escatológica. Así se expresa Redemptoris missio: “[La Iglesia] es fuerza dinámica en el camino de la humanidad hacia el Reino escatológico, es signo y a la vez promotora de los valores evangélicos entre los hombres. La Iglesia contribuye a este itinerario de conversión al proyecto de Dios, con su testimonio y su actividad, como son el diálogo, la promoción humana, el compromiso por la justicia y la paz, la educación, el cuidado de los enfermos, la asistencia a los pobres y a los pequeño, salvaguardando siempre la prioridad de las realidades trascendentes y espirituales, que son premisas de la salvación escatológica” [96] . María y la misión41. María es siempre modelo de la fe de la Iglesia. Se trata de una fe vivencial y comprometida, de quien “avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz” [97] . En esta peregrinación de la fe María precedió y sigue precediendo a la Iglesia como su personificación. Es una actitud de aceptación plena de la Palabra divina, así como de unión incondicional con sus desugnios de salvación por Cristo y en el Espíritu Santo [98] . La maternidad de María se actualiza por medio de la acción misionera de la Iglesia, puesto que “encuentra una nueva continuación en la Iglesia y a través de ña Iglesia” [99] . La acción apostólica de la Iglesia tiene, puse, carácter mariano y materno. La Iglesia imita a María, “que engendró a Cristo, concebido del Espíritu santo y nacido de la Virgen, para que también nazca y crezca por medio de la Iglesia en las almas de los fieles” [100] . La Iglesia considera a María Estrella de la Evangelización, como ayuda y orientación para cumplir el mandato misionero del Señor [101] . Así como María ayudó con sus oraciones a la Iglesia naciente, de igual modo sigue ayudando a la Iglesia para conseguir que todas las familias de los pueblos lleguen a reunirse felizmente en paz y concordia en un solo pueblo de Dios [102] . “Como los apóstoles después de la Ascensión de Cristo, la Iglesia debe reunirse en el Cenáculo ‘con María la Madre de Jesús’ (Hch 1, 14), para implorar el Espíirtu Santo y obtener fuerza y ardor para cumplir el mandato misionero. También nosotros, mucho más que los apóstoles, tenemos necesidad de ser transformados y guiados por el espíritu... María es el ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres” [103] .
CAPÍTULO VII.- Diálogo interreligioso “El diálogo interreligioso... sigue orientándose hacia el anuncio” (NMI, 56) 42. El diálogo es hoy día una parte integrante e indispensable de la missio ad gentes, mucho más que en el pasado. “El diálogo interreligioso forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia. Entendido como método y medio para un conocimiento y enriquecimiento recíproco, no está en contraposición con la misión ad gentes; es más, tiene vínculos especiales con ella y es una de sus expresiones” [104] . Es mucho más que un método, “es uno de los elementos integrantes de la misión evangelizadora de la Iglesia” [105] A pesar de la ambigüedad del fenómeno religioso actual, hay que constatar que "se busca la dimensión espiritual de la vida como antídoto a la deshumanización" [106] y que las religiones buscan el contacto con el cristianismo para preguntar sobre su peculiar experiencia de Dios. De hecho, el encuentro entre las diversas experiencias de Dios en las religiones se convierte en el mayor desafío que ha tenido la historia de la evangelización. Pero ello es un signo de esperanza. El diálogo, pedagogía divina 43. El diálogo para la Iglesia es una forma de adaptarse a la pedagogía de Dios para con con los hombres: “La revelación sobrenatural... puede ser ejemplarizada por un diálogo, en el cual el Verbo de Dios se expresa en la Encarnación y, por lo tanto, en el Evangelio” [107] . El diálogo es un medio para colaborar en la acción salvífica de Dios en favor de las personas y de las comunidades humanas a lo largo de su camino histórico. Juan Pablo II lo explicita con más detalle: “El diálogo no nace de una táctica o de un interés, sino que es una actividad con motivaciones, exigencias y dignidad propias: es exigido por el profundo respeto hacia todo lo que en el hombre ha obrado el Espíritu, que «sopla donde quiere» (Jn 3, 8). Con ello la Iglesia trata de descubrir las «semillas de la Palabra», el «destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres», semillas y destellos que se encuentran en las personas y en las tradiciones religiosas de la humanidad. El diálogo se funda en la esperanza y la caridad, y dará frutos en el Espíritu. Las otras religiones constituyen un desafío positivo para la Iglesia de hoy; en efecto, la estimulan tanto a descubrir y a conocer los signos de la presencia de Cristo y de la acción del Espíritu, como a profundizar la propia identidad y a testimoniar la integridad de la Revelación, de la que es depositaria para el bien de todos” [108] . 44. El diálogo no es simple instrumento al servicio de la evangelización, sino que es una forma más de realizar la misión. Según el documento Diálogo y misión el cristiano a través del diálogo comparte con el hermano de otra religión su experiencia religiosa, a la vez que intenta compaginarlo con el amor y el respeto al otro, inseparables de toda actividad misionera que se haga con espíritu eclesial. En este diálogo el cristiano descubre con gozo cómo Dios va siempre por delante de nuestras iniciativas y se alegra de servir al misterioso proyecto de amor que Dios tiene, en su bondad, para cada pueblo [109] . “Es el Espíritu Santo quien conduce la realización del plan de Dios en la historia de los individuos y de toda la humanidad hasta que los hijos de Dios dispersos por el pecado sean reunidos en la unidad” [110] . “Pero el diálogo, recuerda Juan Pablo II, no puede basarse en la indiferencia religiosa, y nosotros como cristianos tenemos el deber de desarrollarlo ofreciendo el pleno testimonio de la esperanza que está en nosotros (cf. 1 Pt 3,15). No debemos temer que pueda constituir una ofensa a la identidad del otro lo que, en cambio, es anuncio gozoso de un don para todos, y que se propone a todos con el mayor respeto a la libertad de cada uno: el don de la revelación del Dios Amor, que «tanto amó al mundo que le dio su Hijo unigénito » (Jn 3,16)” [111] . Diálogo y misión45. El diálogo es parte integrante de la conciencia misionera de la Iglesia; se funda en la conciencia de la igual dignidad de todos los hombres, sea cual sea la religión a la que pertenezcan, y al mismo tiempo en el primado de Jesucristo y de su doctrina “comparado con los fundadores de otras religiones” [112] . Haciendo la verdad en la caridad y respetando la libertad, la Iglesia tiene como prioridad el anuncio del Evangelio, que es la verdad plena y definitiva sobre el hombre y a la que el hombre está llamado a convertirse. “La Iglesia, por tanto, no puede sustraerse a la actividad misionera hacia los pueblos, y una tarea prioritaria de la missio ad gentes sigue siendo anunciar a Cristo, «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14,6), en el cual los hombres encuentran la salvación. El diálogo interreligioso «tampoco puede sustituir al anuncio; de todos modos, aquél sigue orientándose hacia el anuncio» (Diálogo y anuncio, 82). Por otra parte, el deber misionero no nos impide entablar el diálogo con quienes estén íntimamente dispuestos a la escucha. En efecto, sabemos que, frente al misterio de gracia infinitamente rico por sus dimensiones e implicaciones para la vida y la historia del hombre, la Iglesia misma nunca dejará de escudriñar, contando con la ayuda del Paráclito, el Espíritu de verdad (cf. Jn 14,17), al que compete precisamente llevarla a la «plenitud de la verdad» (Jn 16,13)” [113] . 46. En la actualidad ninguna Iglesia particular puede creerse dispensada de la responsabilidad del diálogo interreligioso. Por todas partes aumentan las situaciones de pluralismo religioso y los cristianos conocen otros modos de creer y expresar el sentido religioso. Una adecuada formación sobre la existencia y naturaleza de las demás religiones se convierte en camino obligado para perfilar la propia identidad cristiana y llevar a cabo la propia responsabilidad misionera. Por eso el diálogo interreligioso no es la conquista del interlocutor para la propia religión, sino el intercambio mutuo de creencias y experiencias religiosas, para conseguir una toma de conciencia concretada en respeto y aprecio.
CAPÍTULO VIII.- Responsables de la Misión “Seréis mis testigos... hasta los confines de la tirra” (Hch 1,8) 47. Una mirada a los orígenes de las primeras comunidades nos desvela cómo se preocupaban de la extensión de la Iglesia “hasta los confines de la tierra”. No eran momentos de ceder a la tentación de ser pocos o no estar suficientemente preparados. Estas enviaban a sus fieles a la misión, como describen los Hechos “Separadme a Bernabé y Saulo para la obra a la que los he llamado. Entonces, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y los enviaron” (Hch 13, 2-3). Así comenta Juan Pablo II esta colaboración: “En la expansión misionera de los orígenes, junto a los Apóstoles encontramos a otros agentes menos conocidos que no deben olvidarse: son personas, grupos, comunidades. Un típico ejemplo de Iglesia local es la comunidad de Antioquía que, de evangelizada, pasa a ser evangelizadora y envía sus misioneros a los gentiles (cfr Act 13, 2-3). La Iglesia primitiva vive la misión como tarea comunitaria, aun reconociendo en su seno a «enviados especiales» o «misioneros consagrados a los gentiles», como lo son Pablo y Bernabé” [114] . La misión, tarea de todos 48. Los fieles cristianos, por el hecho de su pertenencia a la Iglesia, tienen una vocación a la misión igual que su llamada divina a la santidad. “La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión. Todo fiel está llamado a la santidad y a la misión” [115] . Cada uno de los miembros de la Iglesia debe asumir su responsabilidad para vivir con gozo la evangelización. En la reciente Carta Apostólica de Juan Pablo II, con motivo del comienzo del nuevo milenio, confía que el espíritu que ha animado a la Iglesia durante el siglo que termina, siga estando presente en la conciencia de cada cristiano: “Esta pasión suscitará en la Iglesia una nueva acción misionera, que no podrá ser delegada a unos pocos ‘especialistas’, sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido, como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos” [116] . Diócesis misioneras 49. Redemptoris missio aporta como una de sus principales novedades la recuperación de la prioridad de la responsabilidad misionera para las Iglesias locales, con su obispo y presbiterio, siempre en colaboración y bajo la dirección del sucesor de Pedro [117] . La consecuencia de esta recuperación es la urgente necesidad de lograr que “toda la diócesis se haga misionera” [118] ; y que “toda Iglesia particular debe abrirse generosamente a las necesidades de los demás” [119] La naturaleza misionera de una comunidad y de una Iglesia particular deriva del hecho de ser concretización de la Iglesia universal, que es misionera por su misma razón de ser. Por eso cada diócesis debe hacer presente y realidad el mandato misionero de Cristo que se extiende a todas las personas, vocaciones, estados de vida, instituciones y servicios de la comunidad eclesial. Cada uno participa “in solidum” (aunque de modo diverso) en esta responsabilidad misionera. Las Iglesias locales están llamadas a vivir y expresar su fe como servicio a la misión universal, superando todas las tendencias al narcisismo o a la absolutización de sus propios problemas; es siempre la misión la que rejuvenece y revitaliza a las diversas Iglesias. “En un mundo que, con la desaparición de las distancias, se hace cada vez más pequeño, las comunidades eclesiales deben relacionarse entre sí, intercambiarse energías y medios, comprometerse aunadamente en la única y común misión de anunciar y de vivir el Evangelio [...] Las llamadas Iglesias más jóvenes [...] necesitan la fuerza de las antiguas, mientras que éstas tienen necesidad del testimonio y del empuje de las más jóvenes, de tal modo que cada Iglesia se beneficie de las riquezas de las otras Iglesias» [120] 50. Cada Iglesia local debe sentir su responsabilidad acerca de la suerte humana y cristiana de toda la humanidad. De esta manera, la expresión “la misión está aquí” será un estímulo a la responsabilidad misionera y nunca una fina coartada para replegar todas las fuerzas evangelizadoras de una Iglesia particular sobre sí misma, perdiendo de esta manera su carácter de universalidad. La pobreza de medios y vocaciones no es obstáculo para que la diócesis sea misionera; es más, será éste el medio más evangélico (“dando de nuestra pobreza”) y, por tanto, el más eficaz para llegar a una suficiencia de medios y vocaciones 51. Esta responsabilidad misionera llega también a las Iglesias jóvenes; es más, serán estas Iglesias las que, con su fervor característico, estimularán a las otras Iglesias de antigua fundación. “Me dirijo, por tanto, a los bautizados de las comunidades jóvenes y de las Iglesias jóvenes. Hoy sois vosotros la esperanza de nuestra Iglesia, que tiene dos mil años: siendo jóvenes en la fe, debéis ser como los primeros cristianos e irradiar entusiasmo y valentía, con generosa entrega a Dios y al prójimo; en una palabra, debéis tomar el camino de la santidad. Sólo de esta manera podréis ser signos de Dios en el mundo y revivir en vuestros países la epopeya misionera de la Iglesia primitiva. Y seréis también fermento de espíritu misionero para las Iglesias más antiguas” [121] . El ministerio de la misión 52. La diversidad de ministerios que hay en la Iglesia no es obstáculo para la unidad de misión. Cada ministerio está ordenado al bien de todo el Cuerpo [122] , a la edificación de la Iglesia y a hacer presente el amor de Dios a los hombres.
Vocación misionera específica 53. Además de la vocación misionera de todo cristiano que tiene su origen en Dios y se verifica en la incorporación a la Iglesia por el bautismo, existe una vocación misionera específica. “Aunque a todo discípulo de Cristo incumbe el deber de propagar la fe según su condición, Cristo Señor, de entre los discípulos, llama siempre a los que quiere para que lo acompañen y los envía a predicar a las gentes. Por lo cual, por medio del Espíritu Santo, que distribuye los carismas según quiere para común utilidad, inspira la vocación misionera en el corazón de cada uno y suscita al mismo tiempo en la Iglesia Institutos, que reciben como misión propia el deber de la evangelización, que pertenece a toda la Iglesia. Porque son sellados con una vocación especial...” [129] . 54. Teniendo como modelo la figura y la vocación de los apóstoles, se peden señalar algunos rasgos o indicadores de esta vocación cristiana a la misión. Con palabras de Redemptoris missio esta vocación “se manifiesta en el compromiso total al servicio de la evangelización; se trata de una entrega que abarca a toda la persona y toda la vida del misionero, exigiendo de él una donación sin límites de fuerzas y de tiempo. Quienes están dotados de tal vocación, «enviados por la autoridad legítima, se dirigen por la fe y obediencia a los que están alejados de Cristo, segregados para la obra a que han sido llamados, como ministros del Evangelio»” [130] . De las palabras del Papa conviene destacar que es inherente a esta vocación misionera específica la universalidad, motivada por el deseo de extender el Reino a todos los pueblos haciendo que lleguen a la plenitud las semillas del Evangelio; la difusión de la fe, haciendo posible la apertura a los planes de Dios; y la incorporación a la Iglesia a través de la presencia salvadora y sacramental de Cristo resucitado. Muchos son los caminos que Espíritu ha suscitado en el seno de la Iglesia para que los fieles pudieran descubrir su propia vocación en el ámbito laical, de la vida consagrada o participando del sacerdocio ministerial de Jesucristo. Cabe destacar con agradecimiento las Sociedades misioneras de vida apostólica y los Institutos misioneros, así como la contribución a la misión por parte de los movimientos eclesiales y nuevas comunidades.
CAPÍTULO IX.- Iglesias misioneras “El impulso misionero pertenece a la naturaleza íntima de la vida cristiana”(RM 1) 55. La Asamblea Plenaria del Episcopado español en su Plan de Pastoral para el presente trienio ha señalado la necesidad de seguir impulsando las responsabilidad misionera de la Iglesia en España. “La comunión eclesial comporta la apertura universal y el desarrollo de la misión ad gentes, porque la Iglesia por naturaleza es misionera y cada Iglesia particular ha de sentirse solidaria y en comunión con todas la Iglesias. Nuestra Iglesia en España, tanto las Diócesis como los Institutos de vida consagrada, han prestado y siguen prestando una cooperación muy generosa a la tarea del anuncio del mensaje de salvación al mundo entero. Hoy, a pesar de la fuerte disminución de vocaciones, siguen enviando misioneros y misioneras de entre sus miembros más valiosos. Somos conscientes de que ello no empobrece nuestras comunidades sino que las revitaliza. Para impulsar aún más esta participación, hemos de difundir la sana doctrina sobre el sentido y motivación de la misión, fomentar entre los sacerdotes y los seminaristas la dimensión misionera, promover nuevos cauces de cooperación por parte de los laicos y seguir apoyando la colaboración espiritual y económica de los fieles” [131] . Anteriormente la Comisión Episcopal de Misiones había publicado el documento La misión ad gente y la Iglesia en España. Con su divulgación los obispos deseaban poner al servicio de las comunidades cristianas un instrumento pastoral que contribuyera al fortalecimiento de la responsabilidad misionera en las diócesis. De él está tomada la siguiente reflexión sobre la animación y cooperación misionera. Animación misionera56. Por la importancia de la misión ad gentes en la identidad de la Iglesia, y dadas las transformaciones que se están experimentando actualmente en el mundo en el que se lleva a cabo la misión de la Iglesia, se hace más urgente la animación misionera, como un servicio cualificado para conseguir que las comunidades eclesiales incorporen a su ser y actividad pastoral lo que realmente está en la entraña de su naturaleza: la misión universal. “Las Iglesias locales han de incluir la animación misionera como elemento de su pastoral ordinaria en las parroquias, asociaciones y grupos, especialmente juveniles” [132] Aunque la actividad misionera constituye un capítulo central en la acción pastoral de las diócesis de España, parece que no se le da la importancia y valor que merece. No suele aparecer en el núcleo de los programas y tareas pastorales. Los apremios de la pastoral diaria hacen que, una vez más, “lo que realmente es importante y vital quede sensiblemente recortado por lo urgente”. En efecto, la preocupación misionera es, a menudo, intermitente. Se concentra en las grandes campañas, para languidecer el resto del año. Esta percepción nos lleva a pensar que ni en nuestras diócesis, ni en las parroquias haya la debida proporción entre la atención pastoral a esta actividad y el puesto central postulado para ella por el mandato evangelizador del Señor. 57. Por eso la animación misionera no debe ser un componente más de la actividad pastoral, sino una dimensión de toda ella. Si se debe afrontar una conversión pastoral desde la misión universal, la animación misionera no puede ser un capítulo más, sino una clave, un eje vertebrador de todo proyecto pastoral diocesano y, por analogía, de toda programación pastoral elaborada por cualquiera de los sectores o instancias de la vida eclesial. Juan Pablo II califica la animación misionera como “elemento primordial de la pastoral ordinaria de las Iglesias locales” [133] . Y para cumplir esta responsabilidad tan alta y amplia, debería considerarse como un ministerio eclesial de carácter estable y permanente en cada una de las comunidades cristianas, dejando de ser un simple servicio puntual o pasajero. Ministerio eclesial con una dimensión profética, que contribuye a que las comunidades cristianas tengan una mirada más allá de sus fronteras y de sus muros, y que la “salida” de la comunidad sea efectiva, experimentable y compartida por todos. 58. Tres son los fines específicos, según Redemptoris missio, de esta tarea primordial de las Iglesias locales:
Para ello, se debe favorecer la formación de los responsables de la animación misionera, a fin de que estén dotados de las actitudes espirituales y de los conocimientos teológicos y pastorales adecuados. Así encontrarán una capacitación adecuada para informar a las comunidades respecto a las situaciones y necesidades actuales de la Iglesia y de la humanidad. Cooperación e intercambio misionero 59. En la actualidad, se requieren principios orientadores y ciertas condiciones para conseguir que los diversos modos de cooperación misionera estén presentes en la pastoral ordinaria, ya que compete a la Iglesia local la cooperación misionera como exigencia de la animación. Esta responsabilidad en la cooperación es asumida por toda la comunidad eclesial local, presidida por su presbiterio, cuya cabeza es el obispo [137] . Las diversas instituciones diocesanas comparten esta responsabilidad misionera en cuanto participan de los compromisos diocesanos. [138] Esta es la razón por la que es asumida y comúnmente aceptada la afirmación de que "toda la diócesis se haga misionera" [139] , puesto que "toda Iglesia particular debe abrirse generosamente a las necesidades de los demás" [140] . Las mismas Iglesia jóvenes y las que se encuentran en situación de precariedad, no pueden olvidar esta responsabilidad universal; es más, la aportación en este campo misionero será una pista segura de crecimiento y de implantación de la Iglesia [141] . 60. La cooperación no es un simple acto de donación, sino la respuesta al reconocimiento de la corresponsabilidad entre las otras Iglesias y comunidades. Es estar disponible para compartir lo que se tiene en un fraterno proceso de entrega y aceptación. Es ciertamente cooperación, pero también es intercambio de dones y experiencias. Es en definitiva, vida comunitaria y eclesial que tiene su origen en la renovación y conversión personal y comunitaria. “No se puede olvidar que cualquier servicio de animación y cooperación misionera requiere una actitud de renovación personal y comunitaria. Animación significa capacitar a la comunidad para realizar los servicios de cooperación misionera. ‘Tal cooperación se fundamenta y se vive, ante todo, mediante la unión personal con Cristo; sólo si se está unido a él, como el sarmiento a la vid (cfr. Jn 15, 5), se pueden producir buenos frutos. La santidad de vida permite a cada cristiano ser fecundo en la misión de la Iglesia’ (RM n. 77)” [142] . La cooperación no consiste sólo en dar de lo que uno tiene o es, incluso el darse uno mismo. La cooperación entraña también la disponibilidad para recibir. El encuentro con el otro sólo es posible desde el planteamiento inicial de que el otro también aporta lo que es, incluso la nada de su pobreza y desde esa poquedad es posible iniciar y fundamentar la donación. 61. Entre los medios que favorecen la cooperación cabe destacar:
62. Igualmente, hay que estar atentos a las modalidades concretas de cooperación que están surgiendo en tiempos recientes, para evitar su multiplicación indiscriminada y su parcialización interesada. La ayuda debe estar articulada y coordinada desde el criterio de la comunión entre las Iglesias y desde la solidaridad con los más necesitados. Desde un punto de vista práctico, también la organización viene exigida por la eficacia y por el respeto tanto a quienes cooperan activamente como a quienes son receptores. Hay que señalar que la cooperación misionera debe realizarse de una manera recíproca: el que recibe, al mismo tiempo ofrece y nos evangeliza. La teología de la misión ha hecho comprender que la misión no puede ser unilateral, y esta concepción teológica debe trasladarse a la cooperación. Así la cooperación y sus modalidades son entendidas y vividas desde la teología de la misión, donde el valor de la solidaridad es un servicio al crecimiento de los otros y a la dignidad de los países y pueblos, y es un signo de comunión. Esta cooperación e intercambio tiene además en la actualidad una dimensión ecuménica, que nace del reconocimiento de que en otras Iglesias y comunidades eclesiales existen dones propios de la Iglesia de Cristo. Desde este reconocimiento se da el paso a la aceptación de cuanto bueno y verdadero hay en ellos, el paso al testimonio de la propia fe y vida cristiana. Pasos significativos que han de ayudar al cumplimiento del deseo de Jesús: “que todos sean uno ... para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21). Por eso toda responsabilidad misionera no sólo está en la entraña de la vida eclesial sino que además inspira el movimiento ecuménico. Por ello, resulta necesario repensar, a la luz de la nueva concepción misionológica y eclesiológica, las tareas y funciones de los principales organismos de la cooperación misionera en España.
Conclusión Al finalizar la redacción de este documento vienen al recuerdo aquellas palabras proféticas de Juan Pablo II al final de Redemptoris missio: “Veo amanecer una nueva época misionera, que llegará a ser un día radiante y rica en frutos, si todos los cristianos y, en particular, los misioneros y las jóvenes Iglesias responden con generosidad y santidad a las solicitudes y desafíos de nuestro tiempo” [147] . Deseo y esperanza que ha sido ratificada en la carta apostólica Novo Millenio Ineunte al implicar en esta tarea a las comunidades y grupos cristianos de manera que la nueva acción misionera no quede delegada a unos poco especialistas: “Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido, como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos” [148] . El contenido de estos nueve capítulos referidos a la responsabilidad misionera de nuestras comunidades cristianas será un buen punto de referencia para la formación de los grupos que deseen profundizar en esta dimensión cristiana y, a al vez, prepararse para participar con fruto en la celebración del Congreso Nacional de Misiones. Concluimos con una oración de alabanza y gratitud al Padre que se ha revelado en su Hijo Jesús y se hace presente en su Iglesia por medio de la acción del Espíritu. Secretaría General Secretariado de
la Madrid, 1 de septiembre de 2002 [1] NMI, 40 [2] Cfr. RM, 48-50. [3] RM n. 55. [4] Cfr. RM, 37-38; La misión ad gentes...pág. 27-30 (nn. 2 y 3). [5] Cfr. EN, 76; RM, 91; VS, 84-85. [6] RM, 28. [7] Cfr. TMA, 5-6 [8] RM, 91 [9] RM, 4 [10] La aportación conceptual de Redemptoris missio bien puede resumirse en este texto especialmente emblemático: “La llamada vuelta o «repatriación» de las misiones a la misión de la Iglesia, la confluencia de la misionología en la eclesiología y la inserción de ambas en el designio trinitario de salvación, han dado un nuevo respiro a la misma actividad misionera, concebida no ya como una tarea al margen de la Iglesia, sino inserta en el centro de su vida, como compromiso básico de todo el Pueblo de Dios. Hay que precaverse, sin embargo, contra el riesgo de igualar situaciones muy distintas y de reducir, si no hacer desaparecer, la misión y los misioneros ad gentes. Afirmar que toda la Iglesia es misionera no excluye que haya una específica misión ad gentes; al igual que decir que todos los católicos deben ser misioneros, no excluye que haya «misioneros ad gentes y de por vida», por vocación específica” [11] Cfr. AG, 2 [12] AG, 5 [13] RM, 31 [14] AG, 23 [15] RM, 33 b [16] Cfr. AG, 5 [17] RM, 34 b [18] Cfr. RM, 37. Redemptoris missio reconoce que el mandato misionero de Cristo no tiene límites y abre sus horizontes ante los nuevos ámbitos de la misión, además de los territoriales. [19] RM 37. [20] RM 44 a [21] RM, 33 d [22] RM, 34 [23] DGC, 58 [24] Cfr. RM, 37-38 [25] AG, 16 [26] CEC, 28 [27] Dominus Jesus, 7 [28] Ibidem [29] Eccleia in Africa, 55 [30] EN, 76 [31] Fides et ratio, 24 [32] Cfr. FR, 27;33. [33] Cfr. JUAN PABLO II, Tertio Millennio Adveniente, nn. 6-7. [34] Cfr. Lc 1, 14-21. [35] FR, 92 [36] Cfr. FR, 15; 23; 71 [37] Cfr. CT, 53 |