CONGRESO NACIONAL DE MISIONES 
PONENCIA    


Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Carlos Osoro Sierra
Arzobispo de Oviedo (Colombia)

A MODO DE PRÓLOGO

D. Carlos Osoro Sierra“Vosotros sois la sal de la tierra. Es como si les dijera: El mensaje que se os comunica no va destinado a vosotros solos, sino que habéis de transmitirlo a todo el mundo. Porque no os envío a dos ciudades, ni a diez, ni a veinte; ni tan siquiera os envío a toda una nación, como en otro tiempo a los profetas, sino a la tierra, al mar y a todo el mundo, y a un mundo por cierto muy mal dispuesto. Porque, al decir: Vosotros sois la sal de la tierra, enseña que todos los hombres han perdido su sabor y están corrompidos por el pecado. Por ello, exige sobre todo de sus discípulos aquellas virtudes que son más necesarias y útiles para el cuidado de los demás. En efecto, la mansedumbre, la moderación, la misericordia, la justicia son virtudes que no quedan limitadas al provecho propio del las posee, sino que son como unas fuentes insignes que manan también en provecho de los demás. Lo mismo podemos afirmar de la pureza de corazón, del amor a la paz y a la verdad, ya que el que pose estas cualidades las hace redundar en utilidad de todos.
No penséis –viene a decir- que el combate al que se os llama es de poca importancia y que la causa que se os encomienda es exigua: Vosotros sois la sal de la tierra. ¿Significa esto que ellos restablecieron lo que estaba podrido? En modo alguno. De nada sirve echar sal y conservar, así, lo que el Señor había antes renovado y liberado de la fetidez, encomendándoselo después a ellos. Porque liberar de la fetidez del pecado fue obra del poder de Cristo; pero el no recaer en aquella fetidez era obra de la diligencia y esfuerzo de sus discípulos

(De las homilías de San Juan Crisóstomo, obispo,
sobre el evangelio de San Mateo. Homilía 15, 6. 7: PG 57, 231).

 

1. LA VOCACIÓN MISIONERA DE LA IGLESIA

La primera frase de la Constitución sobre la Iglesia, define exactamente su orientación, su alcance misionero y el convencimiento absoluto del por qué de la misión: “Cristo es la luz de las gentes”. La misión que Cristo confió a la Iglesia en este momento histórico que vivimos tiene nuevos retos y debe responder a ellos. La realidad histórica en la que estamos presenta nuevas situaciones que obligan a plantear cuestiones de fundamento. Ser fieles a la voluntad salvífica universal de Dios, manifestada en Cristo y serlo en la situación histórica y social de nuestro mundo es todo un reto. Preguntas como estas son absolutamente necesarias: ¿cómo hablar de Dios a los hombres hoy? ¿Cómo llegar a suscitar la fe en Jesús como hijo de Dios hecho hombre por nosotros, único liberador y salvador del mundo? ¿Cuál es el papel de la Iglesia en esta misión y dónde lo fundamenta? Y es necesario también saber dar respuestas adecuadas a las mismas desde la identidad propia de la Iglesia.

No nos han faltado documentos del magisterio de la Iglesia que han intentado dar respuestas de fundamento a estas cuestiones de fundamento. El Concilio Vaticano II aborda el problema en las Constituciones dogmáticas Lumen gentium (LG) y Gaudium et spes (GS) y en el Decreto Ad gentes (AG). Posteriormente y citando sólo los más relevantes, Pablo VI se ocupó de estos temas en la exhortación Evangelii nuntiandi (EN) que se ha llamado y con razón “carta magna de la evangelización”. El Santo Padre Juan Pablo II en diversas ocasiones ha llamado a la nueva evangelización, así nos entregó una encíclica dedicada a la misión ad gentes que ha marcado especialmente toda la teología de la misión y sus realizaciones concretas, me refiero a la encíclica Redemptoris missio (RM). Esta encíclica está marcada por un fuerte optimismo y una llamada a la esperanza, nos habla de una nueva primavera y de una nueva época para la misión: “ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia, puede eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a todos los pueblos” [1] .

Ciertamente la Iglesia ha recibido una tarea respecto al mundo, mediante la cual se continúa la salvación del mundo en el tiempo. Es así como perdura el camino que ha seguido el mismo Dios en el acontecer histórico de su Hijo. Para el ser mismo del cristiano y de la Iglesia, las comunidades cristianas de los primeros siglos vivieron desde esta base teológica: el hombre no alcanza su autenticidad pacificándose ingenuamente con el mundo, pero tampoco lo alcanza levantándose por encima o colocándose al margen de él. No puede ceder al mundo, pero tampoco lo rechaza sin más. No puede excluirlo y nunca lo puede absolutizar. Necesariamente tiene que sentirlo implicado en la propia existencia y en su propio destino. Sería bueno para nosotros hoy, descubrir a la Iglesia primitiva en su vivir: al considerarse comunidad de salvación, sentía un distanciamiento respecto al mundo y asumía sobre sí la hostilidad del mundo contra su Señor, pero era en todo esto donde descubría la fuerza vigorosa de su fe, el vigor indestructible de la esperanza y el aliento permanente de su caridad que la orientaba sobre el camino de su Señor. Esta tensión que vivió la Iglesia primitiva y que aquellos primeros cristianos descubrían que había dominado la misión de Cristo mientras vivió con nosotros en este mundo, tenía que ser quien dominase  y mantuviera la tensión en la misión de la Iglesia. Hay nuevos interrogantes que se abren a la Iglesia en su misión, pero no pueden afectar a la esencia de la actividad misionera de la Iglesia.

El Concilio Vaticano II, por una parte catalizador de la crisis misionera de la Iglesia y por otra inicio de superación, afirmó con claridad la constitución misionera de la Iglesia: la Iglesia peregrinante es misionera por naturaleza [2] , toda la Iglesia (y por ello todo en la Iglesia) es misionera [3] . A la misma esencia de la Iglesia le compete ser portadora de una misión. Pero el origen y fundamento no puede ser buscado en un mandato de Jesucristo, ya que, como observaba el P. Charles, un mandato no es una razón [4] . El mandato debe ser visto desde una perspectiva teológica y entonces es expresión de lo que es la Iglesia. Jesucristo quiso a su Iglesia comprometida con su propia misión. Él era “enviado” desde lo más profundo de su ser personal y ello significaba que llevaba una misión como era, llevar adelante un plan divino de salvación, que encuentra su fundamento y su fuente en el Padre.

Sobre el fundamento del misterio trinitario que se revela en la historia, la Iglesia puede presentarse como “Trinidad encarnada” entre los hombres. Ella es la “luz de las gentes” en cuanto que actúa como reflejo de la luminosidad que desde el misterio trinitario se hace presente en Cristo. Desde luego que la Ecclesia de Trinitate, puede parecer un planteamiento sumamente abstracto, pero expresa de modo radical y profundo el compromiso con los hombres, con su mundo, con su historia, de tal manera que por ser Ecclesia Trinitate, no puede concebirse sin esa relación, porque tal relación es su ser y su misión.

 El Papa Juan Pablo II no ha tenido inconveniente en llamar a la Iglesia “misión encarnada [5] . Y es que la Iglesia es encarnación (sacramentalización) de la misión (misiones) que arranca de la vida trinitaria. Es aquí donde tiene su manantial la vocación misionera de la Iglesia.

2. CONSTITUTIVO DE LA IGLESIA ES SER "MISTERIO"
Y AFECTA A LA ESENCIA DE LA MISIÓN.

Cuando se presenta a la Iglesia como una estructura privada de su misterio, es decir, con una visión secularizada, que nos lleva a vivir en ella como si hubiera sido construida por nosotros y por tanto una iglesia nuestra y no de Dios, fruto de nuestras iniciativas, sin otros principios configuradores que las leyes sociológicas que rigen la formación y la vida de los grupos, la Iglesia pierde su ser para la misión y cae en el desaliento. De alguna manera esto es lo que afirma Monseñor Lourdousamy cuando habla de la crisis de la actividad misionera de la Iglesia  reconociendo que la misión universal de la Iglesia ha llegado a ser un problema, no sólo en sus modos y métodos concretos, sino incluso en su propio ser [6] . Y es que los principios secularistas afectan a la noción de Iglesia y al modo de concebir la misión.

 El cardenal J. Razinger resume así las consecuencias de asumir estos principios:

para algunos teólogos la Iglesia no es más que mera construcción humana, un instrumento creado por nosotros y que, en consecuencia, nosotros mismos podemos reorganizar libremente a tenor de las exigencias del momento” [7] .

Con esta concepción se precisa una idea de la misión con horizontes exclusivamente temporales y antropocéntricos. Lo cual es normal, pues elimanda la dimensión vertical, el cristianismo se reduce a una fraternidad interhumana. Visto así, ¿qué sentido tiene un esfuerzo misionero? ¿Qué diferencia exista entre misión y esfuerzo humanitario?.

El Papa Pablo VI formuló de una manera excepcional este intento reduccionista de la misión cuando se elimina del ser mismo de la Iglesia el “misterio”:

“…muchos cristianos generosos, sensibles a las cuestiones dramáticas que lleva consigo el problema de la liberación, al querer comprometer a la Iglesia en el esfuerzo de liberación, han sentido con frecuencia la tentación de reducir su misión a las dimensiones de un proyecto puramente temporal; de reducir sus objetivos a una perspectiva antropocéntrica; la salvación, de la cual ella es mensajera y sacramento, a un bienestar material; su actividad –olvidando toda preocupación espiritual y religiosa- a iniciativas de orden político o social. Si esto fuera así, la Iglesia perdería su significación más profunda. Su menaje de liberación no tendría ninguna originalidad y se prestaría a ser acaparado y manipulado por los sistemas ideológicos y los partidos políticos [8] .

El Sínodo del año 1985 insistió en la importancia de la categoría de “misterio” aplicada a la Iglesia. Esta categoría -de “misterio-” es una de las claves esenciales del Sínodo junto con la categoría de “comunión”. Y es precisamente desde la  categoría de “misterio” desde donde se orienta el camino para superar el secularismo [9] y también el presupuesto imprescindible para una auténtica y fecunda renovación de la Iglesia [10] .

Misterio” significa en el Nuevo Testamento, y muy en concreto en san Pablo, el designio de Dios de llevar a cabo la salvación de los hombres por Jesucristo. Por eso, hablar de la Iglesia como “misterio” es situarla en el marco de la “disposición totalmente libre y misteriosa de la sabiduría y bondad del Padre” [11] de salvar a todos los hombres por medio de su Hijo y en el Espíritu Santo.

Con esta noción se hace referencia clara al origen  trinitario de la Iglesia y al sentido salvífico de su misión. Cuando olvidamos que la misión tiene su origen en el plan salvador de Dios –el misterio- que es iniciativa del Padre realizada por el Hijo y llevada a su culminación por el Espíritu Santo o como decía San Cipriano: “de unitate Patris et Filii et Spiritus Sancti plebs adunata [12] , perdemos la fuerza para la misión y recala el desaliento y la desesperanza.

¿Cuándo perdemos capacidad para la misión desde donde ésta se tiene que realizar? Para dar respuesta a esta pregunta, tengamos delante de nosotros un dato objetivo como es la incidencia de la fe en la concepción de la vida, en estos momentos históricos que vivimos, lejos de retóricas o de planteamientos que no afronten con todas las consecuencias la urgencia de una evangelización universal, como consecuencia de la naturaleza misionera de la Iglesia. Quizá unos datos objetivos nos basten para ver con más claridad.

En el año 1950 salen a la luz unas obras de Emmanuel Mounier, de Romano Guardini, de Hans Urs von Balthasar y Luigi Giussani que nos aproximan al tema y a la respuesta.

Mounier, que ya por los años de la guerra preveía una “apostasía general”, revelaba su amargura ante un cristianismo vacío y por eso dirá “será preciso buscar en las catacumbas el cristianismo heroico en el que se reedificará, en una vida valiente, una visión de la tradición eterna” [13] .

 Por otra parte Guardini hará ver, “que los valores cristianos secularizados no son sino sentimentalismos y el ambiente se hará transparente: lleno de hostilidad y peligro, pero puro y claro [14] , de tal manera que la respuesta de la fe no podrá nutrirse de lo esencial y deberá adquirir una nueva resolución y decisión.

Balthasar con una óptica más positiva nos dice que “se trataba de demoler los artificiosos muros de angustia que la Iglesia había alzado a su  alrededor contra el mundo, todo entero e indiviso”. Esta era la lección de los Padres “puesto que la patrística significaba para nosotros un cristianismo que aún piensa vuelto hacia los espacios ilimitados de las gentes y que aún tiene esperanza en la salvación del mundo” [15] .

Igualmente para Luigi Giussani, cuando habla de la falta de compromiso de los cristianos, dice así: “no se comprometía con la debida decisión en un verdadero Anuncio del hecho cristiano; la esencia del hecho cristiano no constituía una propuesta de vida” [16] .

En definitiva lo que cuenta hoy es que volvamos al ser mismo de la Iglesia. Aquella vida de un Dios que toma rostro en esta historia y que enciende en el corazón de los hombres un encuentro tal que incide frontalmente en sus vidas y las cambia. No es nostalgia lo que proponen estos hombres y lo que nos propone la Iglesia, sino que es recuperar la esencia y la necesidad de la misión.

Si el lugar propio de la Iglesia, se encuentra allí donde el hombre de hoy, por gracia, se convierte en cristiano, ciertamente la Iglesia no puede hacer su identificación con una simple “defensa” de valores cristianos o con una posición ética. Si lo hiciera así, negaría su propia naturaleza como es la posibilidad gratuita de salvación a todos ofrecida sin ninguna previa discriminación.

 Hay una cuestión que es necesario reconocer, cuando el cristianismo se presenta como una fuerza que sostiene dialécticamente y también prácticamente valores cristianos, encuentra espacio y acogida en todas partes; pero cuando el cristiano manifiesta abiertamente no tener patria y la fe es en él apertura real a una Presencia, al Dios verdadero, a la Trinidad Santísima, no es tanto espacio el que le dejan. De tal manera que podemos constatar, cómo la conversión del mundo antiguo, no fue el resultado de una actividad planificada, sino fruto de la verificación de la fe, de la presencia del Dios verdadero que tomaba rostro en cada cristiano, que se hacía visible en la vida de los cristianos y en la comunidad de la Iglesia. Esta fue la fuerza misionera de la Iglesia de los primeros siglos. Era en la comunidad de vida de la Iglesia donde se desvelaba la verdad de la que venía esta vida [17] .

El Concilio Vaticano II, hace derivar el misterio de la Iglesia desde arriba, desde el Padre eterno, fuente y origen de toda la divinidad. Del Padre es la iniciativa del plan salvador. Fue Él quien quiso elevar a los hombres a la participación en la vida divina. Él los predestinó a ser conformes con la imagen. Él determinó convocarlos a la santa Iglesia [18] . De tal manera que es este “misterio,” en el que el hombre, todo hombre, está invitado a entrar. Así que lo específicamente cristiano no está en una doctrina, ni mucho menos en una moral, tampoco en el amor al prójimo. Lo que distingue la esencia cristiana y por ello la misión es una Presencia. No existe una esencia del cristianismo escindible del encuentro con  Jesucristo. La esencia del cristianismo es Jesucristo, revelación del Padre por la fuerza del Espíritu Santo. Y allí donde la Iglesia está verdaderamente presente, allí se hace posible el “encuentro”.

3. DOCUMENTOS DEL CONCILIO VATICANO II Y DEL POSTCONCILIO QUE ABREN NUEVOS HORIZONTES A LA MISIÓN Y A LA FUNDAMENTACIÓN TEOLÓGICA DE LA MISMA.

Se debe hacer una afirmación de entrada: el decreto conciliar Ad gentes, debe situarse en el contexto de todos los demás documentos del Concilio Vaticano II, pero muy especialmente teniendo en cuenta las cuatro constituciones: Lumen gentium, Dei Verbum, Sacrosanctum Concilium y Gaudium et spes.

 Hay una idea que armoniza todos los documentos, como es la de “Iglesia sacramento”, que en su dimensión misionera “ad gentes”, tiene esta expresión: “Iglesia sacramento universal de salvación” [19] . ¿En qué sentido es sacramento? Porque es signo transparente y portador de Cristo para toda la humanidad.

Por ser Cristo Luz de los pueblos, este Sagrado Concilio, reunido bajo la inspiración del Espíritu Santo, desea iluminar a todos los hombres con su claridad, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15). Ahora bien, puesto que la Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano, insistiendo en el ejemplo de los Concilios anteriores, se propone declarar con más precisión a sus fieles y al mundo entero su naturaleza y su misión universal [20] .

 “Por eso, al edificar día a día a los que están dentro para ser templo santo en el Señor y morada de Dios en el Espíritu, hasta llegar a la medida de la plenitud de la edad de Cristo, la Liturgia robustece también admirablemente sus fuerzas para predicar a Cristo y presenta así la Iglesia, a los que están fuera, como signo levantado en medio de las naciones para que debajo de él se congreguen en la unidad los hijos de Dios que están dispersos, hasta que haya un solo rebaño y un solo pastor” [21] . “Que manifiesta y, al mismo tiempo, realiza el misterio del amor de Dios al hombre” [22] .

Esta idea de “Iglesia sacramento” es la que hace que la Constitución Lumen gentium, llame a una evangelización universal, fruto de la descripción que hace de la “naturaleza misionera de la misma Iglesia”:

  1. La Iglesia es misionera por su realidad de sacramento: LG I.
  2. La Iglesia es el Pueblo de Dios, propiedad esponsal de Dios mismo, signo levantado ante todos los pueblos: LG II.
  3. La Iglesia formada por muchos miembros, cada uno asume su propia vocación y responsabilidad: LG III, IV y VI.
  4. En la Iglesia todos los miembros están urgidos a la santificación: LG V.
  5. En la Iglesia todos colaboran en que se visibilice que Ella es “sacramento universal de salvación”: LG VII.
  6. La Iglesia encuentra en la Santísima Virgen María la figura y el tipo de la acción misionera: LG VIII.

Desde este enfoque misionero de la Lumen gentium, es fácil ver en los demás documentos conciliares la dimensión misionera de la Iglesia:

Dei Verbum: “El Sacrosanto Concilio, al escuchar la Palabra de Dios religiosamente y al proclamarla confiadamente, hace suyas las palabras de San Juan cuando dice: Os anunciamos la vida eterna, que estaba en el Padre y se nos ha manifestado; lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también la comunión con nosotros; y esta comunión nuestra es con el Padre y con su Hijo Jesucristo (1 Jn 1, 2-3). Por tanto, siguiendo estrechamente las huellas de los Concilios Tridentino y Vaticano I, se propone exponer la genuina doctrina sobre la divina revelación y sobre su transmisión, a fin de que todo el mundo, escuchando el mensaje de la salvación crea; creyendo espere, y esperando ame” [23] .

Sacrosanctum Concilium: “la Liturgia robustece también admirablemente sus fuerzas para predicar a Cristo y presenta así la Iglesia, a los que están fuera, como signo levantado en medio de las naciones para que debajo de él se congreguen en la unidad los hijos de Dios que están dispersos, hasta que haya un solo rebaño y un solo pastor” [24] .

Gaudium et spes: “Los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres de la época actual, sobre todo de los pobres y afligidos de toda clase, son también los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay auténticamente humano que no halle eco en su corazón. Su comunidad está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son dirigidos por el Espíritu Santo en su peregrinación al Reino del Padre y han recibido el mensaje de la salvación para anunciarlo a todos. Por eso la Iglesia se siente en verdad íntimamente unida con la humanidad y con su historia” [25] .

Ad gentes: “Enviada por Dios a las gentes para ser sacramento universal de salvación, la Iglesia, por exigencias íntimas de su propia catolicidad, obediente al mandato de su Fundador (cf. Mc 16, 16) se esfuerza en anunciar el Evangelio a todos los hombres. Pues los mismos Apóstoles, en los que está asentada la Iglesia, siguiendo los pasos de Cristo predicaron la palabra de la verdad y engendraron iglesias. Obligación de sus sucesores es hacer que se continúe perennemente esta obra para que la palabra de Dios se difunda y esclarezca y se anuncie y establezca el Reino de Dios en todas las partes de la tierra…La Iglesia peregrinante es misionera por naturaleza, como quiera que ella misma tenga su origen de la Misión del Hijo y de la Misión del Espíritu santo, conforme al propósito de Dios Padre” [26] .
Este Decreto Conciliar sigue siendo la base para toda reflexión teológica sobre la misión.

Evangelii nuntiandi: Trata de la Evangelización del mundo contemporáneo y no sólo de la evangelización “ad gentes”. “Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir, para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios, perpetuar el sacrificio de Cristo en la Santa Misa, memorial de su Muerte y Resurrección” [27] .

Redemptoris missio: “El cometido fundamental de la Iglesia en todas las épocas, y particularmente en la nuestra –como recordaba en mi primera encíclica programática -, es dirigir la mirada del hombre, orientar la conciencia y la experiencia de toda la humanidad hacia el misterio de Cristo. La misión universal de la Iglesia nace de la fe en Jesucristo, tal como se expresa en la profesión de fe trinitaria: Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos…Por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, bajó del cielo y, por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre. En el hecho de la Redención está la salvación de todos porque cada uno ha sido comprendido en el misterio de la Redención y con cada uno Cristo se ha unido, para siempre, por medio de este misterio. Sólo en la fe se comprende y se fundamenta la misión” [28] .

¿Qué se deduce de todos estos documentos del Concilio Vaticano II y del postconcilio?  Entre otras cosas hay una idea que es fundamental y que se debe tener en cuenta para realizar cualquier reflexión sobre la teología de la misión, y es esta: toda reflexión sobre la misión tiene que tener como punto de partida y de referencia constante en lo que se dice de la Iglesia y de su relación irromplible y vital con la misión del Hijo y del Espíritu, queridas por aquella “fuente de amor” que es la caridad del Padre (LG 1 y AG 2). La vinculación con la Santísima Trinidad va más allá del mandato mismo de Jesús (Mc 16, 15; Mt 28, 18-20), en el que se apoyó muchas veces la actividad misionera de la Iglesia. Y es que nuestra eclesiología al igual que la Iglesia Ortodoxa, tiene que acostumbrarse a ver en la Iglesia la imagen de la Trinidad para referir a Ella todos los aspectos de su dinamismo. “La Iglesia peregrinante es por naturaleza misionera…toma su origen de la misión del Hijo y de la misión del Espíritu Santo según el propósito de Dios Padre” [29] .

Desde estos documentos, se insta a la teología fundamental a presentar la misión con la exigencia de presentar a Jesucristo como el enviado (“misionero”) definitivo del Padre, punto de llegada de una pedagogía divina y punto de partida para un ulterior camino espiritual de salvación. El anuncio de Jesucristo explícito es irrenunciable en la teología de la misión.

¿Qué respuestas nuevas da la Encíclica Redemptoris missio?  Entre otras cuestiones, sale al paso de las supuestas sospechas teológicas sobre la misión y su sentido hoy, haciendo una reflexión sobre el mandato de Jesucristo [30]. Aclara con profundidad la pregunta ¿para qué la misión? [31] Y da respuestas recordando, aclarando y corrigiendo posiciones [32] . Focaliza las raíces de la misión y las motivaciones de la misma, así como subraya elementos de la teología sistemática y espiritual que pueden tener un nuevo empuje [33] , para el mandato misionero que suena como un compromiso ineludible para todo creyente. La encíclica manifiesta con gran claridad la perenne validez del mandato misionero y el llamamiento a la misión ad gentes [34] . Pero esta urgencia no brota de la diferencia numérica entre creyentes y no creyentes y por tanto no brota de razones externas, sino de razones internas, es decir, que brota con espontaneidad y surge desde dentro de la persona que ha sido alcanzada por la “buena nueva” de la salvación de Cristo [35] . La propuesta del Evangelio a los hombres, no coarta la libertad del hombre, sino que constituye un motivo de promoción de la persona, pues solamente Cristo es capaz de aclarar el misterio humano y dar respuesta a todas las exigencias y aspiraciones del corazón del hombre [36] .

4. APROXIMACIONES EXISTENCIALES A LA IGLESIA QUE AYUDAN A LA FUNDAMENTACIÓN TEOLÓGICA DE LA MISSIO AD GENTES:

4.1. La Iglesia en su misión, vivida en su identidad: Don del Padre y obra de la Trinidad:

Hay unas imágenes con las que se suele describir a la Iglesia: misterio, pueblo de Dios, Familia de Dios, Esposa y Madre, Cuerpo de Cristo, Sacramento de Cristo, Comunión… [37] . Todas estas imágenes muestran que la Iglesia no es una sociedad humana como otra cualquiera, es algo muy diferente, es pueblo y familia de Dios, cuerpo misterioso y sacramental de Cristo, comunión humano-divina. La Iglesia es un gran misterio, en lenguaje de San Pablo, tendríamos que decir que es un gran misterio o es el misterio por excelencia.

Todos los documentos del Concilio Vaticano II, nos describen a la Iglesia en sus orígenes. Y lo hacen diciendo que la Iglesia tiene un origen trinitario. La Iglesia es un pueblo convocado a la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo [38] . Y nos dice que “el modelo supremo y el principio de este misterio es la unidad de un solo Dios en la trinidad de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo [39] . De tal manera, que podemos decir que el verdadero misterio de la Iglesia consiste en su originalidad sobrecreatural, indeducible de cualquier premisa humana, en cuanto que su ser se prolonga más allá de los confines de la historia y ahonda sus raíces en aquello que es el misterio fundamental de nuestra fe, el alma del Evangelio, como es el misterio de la Santísima Trinidad que constituye la raíz y el vértice de todos los misterios cristianos.

El Concilio Vaticano II, al hablar de la Iglesia, ha recuperado la perspectiva propia de los orígenes cristianos. Pensemos en Orígenes para el cual la Iglesia sanctissimae Trinitatis plena est [40] . También en Tertuliano que la llamaba Trium corpus, cuerpo de las tres Divinas Personas [41] . Y lo mismo San Jerónimo que define la Trinidad “triple fuente de la Iglesia [42] .

Si queremos llegar a la mas profunda originalidad y esencia del misterio de la Iglesia, tenemos necesariamente que referirnos al Padre y a los dos orígenes del Hijo y del Espíritu Santo. “En la Trinidad, las Tres Personas distintas participan perfectamente de la misma naturaleza, el mismo gozo, la misma gloria, el mismo poder y hacen juntos todo aquello para lo que obran. La naturaleza divina única está toda entera en cada una de las tres divinas Personas. Cada una de las Tres Personas es relativa a las otras y las tres juntas llaman a la unidad. Las Tres Personas están la una en la otra. ‘Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí’, dice Jesús (Jn 14, 10)” [43] .

¡Qué hermosa resulta la imagen de la Iglesia cuando la observamos inspirada en el misterio trinitario! Inspirada en el misterio trinitario y participando en la vida de conocimiento y de amor de la Trinidad, la Iglesia no puede dejar de ser la presencia de Dios que se autocomunica, la presencia económica de Dios Trino, donde “económica” hace referencia al plan divino de la obra de salvación que se actualiza en la Iglesia. La Iglesia desde esta inspiración nos lleva a afirmar esto:

El Padre realiza en Cristo su voluntad salvífica y la revela por medio de una realidad temporal con transparencia.

La Iglesia es el misterio o sacramento de la comunión trinitaria, es el espacio histórico en el que esta comunión fue donada y se hacen partícipes los hombres, por la misión y la obra de su Hijo.

Jesucristo es la extensión de las divinas relaciones en la historia, solamente en Él se realiza la presencia absoluta de Dios como verdad y como amor.

La Iglesia constituye la proyección histórica de Cristo. Es la sede que Dios eligió como instrumento espacio-temporal de la participación de la humanidad en el ágape trinitario.

Ágape Trinitario que:

— en Cristo, en el Hijo, se derrama al exterior, se mundaniza, se historifica y
— en el Espíritu se hace fuente creadora de vida.
La Iglesia es el lugar donde se cumple el designio del amor de Dios, como es el elevar a la familia humana al estado sobrenatural, de hacer toda la humanidad a su imagen y semejanza, llamándola a participar de la vida de la Trinidad.

Personalmente siempre me impresionaron las reflexiones del P. H. De Lubac, pero hay unas especialmente importantes con las que deseo concluir esta reflexión sobre la Iglesia Don de Padre y obra de la Trinidad:

“Dios no nos ha creado para que habitásemos en los confines de la naturaleza, ni para que viviésemos una aventura solitaria; nos ha creado para ser introducidos juntos en el seno de su vida trinitaria. Jesucristo se ha ofrecido en sacrificio para que nosotros no formásemos más que una sola cosa dentro de esta unidad de las personas divinas. Ésta debe ser la recapitulación, la regeneración, y la consumación de todo. Y todo lo que no se aleje de esta meta final es un ejemplo engañoso. Y hay un lugar en el que, desde esta tierra, comienza la reunión de todos en la Trinidad. Es una Familia de Dos, misteriosa extensión de la Trinidad en el tiempo, que no solamente nos prepara para esta vida unitaria, de la que constituye segura garantía, sino que ya nos hace partícipes de ella. La única sociedad plenamente abierta, ella es la única que está a la altura de nuestra íntima aspiración y en la que podemos alcanzar finalmente todas nuestras dimensiones. De unitate Patris et Filii et Spiritus Sancti plebs adunata: así es la Iglesia. Está llena de la Trinidad” [44] .

4.2. La Iglesia en su misión y vista en sus entrañas:
comunión en el Amor:

¿Cómo definir el tiempo de la Iglesia? Podríamos hacerlo como el tiempo de la redención en acto. Es el ágape divino, el amor del Padre comunicado a los hombres por su Hijo en el Espíritu. Podríamos decir, que la salvación tal y como ha sido pretendida por el plan del amor de Dios, consiste en la total, perfecta y vital amistad con Él. La esencia permanente de la Iglesia está en esto: eso que ya es, en el Reino iniciado por la glorificación de Cristo y por la comunicación del Espíritu en Pentecostés, y lo que será en el Reino venidero de Dios, en el cual la comunión de los hombres será siempre introducida en la plenitud de la vida divina. El P. Congar describe de una manera especial como Santo Tomás presentó a la Iglesia en sus tratados más profundos como aquella que se asocia a la Trinidad, a la sociedad de las personas divinas. Seguirá diciendo el P. Congar: Dios, y por apropiación el Espíritu Santo, es el agente de esta vida divina; todo viene de Él y de Él venimos nosotros asimilados a Él; ante todo es a Él, y en Él y por medio de Él por lo que nos asimilamos a Dios, viviendo con Él y en Él los contenidos de su vida filial [45] .

Hay una página preciosa de L Bouyer que pienso puede sintetizar perfectamente lo que intento decir, dice así:

“El amor de Dios es inseparable del mismo Dios. No se puede tenerlo en sí no teniendo a Dios consigo. En consecuencia, no se puede transmitir este amor de otro modo más que transmitiendo a Dios, o mejor, cada vez que este amor pasa de una creatura a otra, es Dios mismo que se comunica. Así, aunque nosotros recibamos el don de Dios por medio de otra creatura más grande que nosotros, lo recibimos siempre directamente y, por tanto, integralmente. En la óptica evangélica los mediadores, sean los que sean, partiendo del mismo Cristo, y por el hecho de que toda mediación es una prolongación de la Suya, nunca son los intermediarios quienes insisten uniendo o separando. Desde el momento en que la única mediación cristiana es la de Cristo y la de quienes Él elige como instrumentos, su transparencia es total. Sea quien sea el que lo transmite, es el Espíritu, en ellos, el que lo transmite, el transmisor es Cristo, y es del Padre mismo de quien es recibido el don, como don de la vida de su amor” [46] .

La humanidad recibe el “ágape de Dios” por la Iglesia. Y se refracta en ella bajo un doble aspecto:

este don para poder seguir siendo “ágape de Dios”, el amor con el que Dios mismo ama, deberá hacer participar en la misma raíz y manantial de la vida;
al mismo tiempo este don supremo del manantial vivo, nos ha de convertir en fuentes emanadoras de un amor que sea la prolongación de aquél de la primera fuente.

 Así descubrimos como la comunión en línea vertical, exige y anima la comunión en línea horizontal. Es decir, la caridad como servicio y por tanto como expresión viva de la misión de la Iglesia, deriva de la caridad que une a Dios. El amor de Dios, que lo da todo, que se da a sí mismo sin reservas en su Hijo, no puede ser jamás poseído sino sólo reconocido como don de su gracia. Regalar el “ágape de Dios” a los hombres en la Iglesia, es su gran misión. ¿Cómo no hacer experimentar la cercanía de este amor a todos los hombres?

4.3. La Iglesia experimentada en la fuente de su misión:
Dios amor, Trinidad Santísima:

Por Jesús sabemos que Dios es Amor. En Dios todo suena a donación mutua. ¡qué bien suena a nuestros oídos eso que tantas veces hemos escuchado, el Padre se expresa a sí mismo en el Hijo y ambos se expresan amando en el Espíritu Santo! Es precisamente en este amor donde tiene origen la creación del hombre y de todo lo que existe al servicio del hombre y donde tiene origen la misión del Hijo. La índole misionera de la Iglesia está basada dinámicamente en la misma misión trinitaria [47] . La misión es toda la Trinidad en acción, que introduce al hombre, creado y restaurado a su imagen, en su misterio trinitario de amor.

Es el Señor quien nos revela este misterio de Dios Amor, conocemos por medio de Jesús que la fuente de la misión es la Trinidad de Dios Amor, es la misión trinitaria de la que Cristo es portador y es esta misión la que comunica a los apóstoles: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle [48] ; “porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” [49] ; “quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor” [50] ; “le dice Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por mí” [51] ; “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre” [52] ;y el que me ve a mí, ve a aquél que me ha enviado” [53] ; “a Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha contado” [54] ; “todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” [55] ;  “Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo…el Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” [56] ; cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio” [57] .

4.4. La Iglesia en su misión, vive de la raíz
de la missio ad gentes: La Trinidad:

La misma misión que Cristo recibió del Padre y que realizó guiado por el Espíritu Santo, es la que ha recibido la Iglesia de parte de Cristo. De ahí que podamos decir y así venimos repitiendo en las reflexiones realizadas, que la índole misionera de la Iglesia está basada dinámicamente en la misma misión trinitaria [58] . Y el universalismo de esta misión de la Iglesia, es decir, a todos los pueblos, está basada en el hecho de que  la humanidad entera está llamada a configurarse según el modelo trinitario de Dios Amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Es precioso y de una hondura muy grande el calado que tiene la conversación de Jesús sobre su Iglesia. Él indicó su fundamento visible en “tú eres Pedro”, pero al mismo tiempo afirmó su origen fontal en el amor del Padre y el apóstol San Pablo nos habla de este origen fontal: “En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos [59] . La realidad eclesial “dimana del amor fontal o caridad de Dios Padre” [60] . Por tanto la naturaleza misionera de la Iglesia se fundamenta en su relación con el misterio trinitario de Dios Amor. De tal manera que al presentar los temas misioneros y al hacer la reflexión teológica sobre la misión de la Iglesia, hay que enmarcarlos “en el designio trinitario de la salvación” [61] . “La Iglesia…reflejo luminoso  y vivo del misterio de la santísima Trinidad…lleva en sí el misterio del Padre que, sin ser llamado ni enviado por nadie (cf. Rom 11, 33-35), llama a todos para santificar su nombre y cumplir su voluntad; ella custodia dentro de sí el misterio del Hijo, llamado por el Padre y enviado para anunciar a todos el Reino de Dios, y que llama a todos a su seguimiento; y es depositaria del misterio del Espíritu Santo, que consagra para la misión a los que el Padre llama mediante su Hijo Jesucristo [62] .

¿Por qué y cómo salieron a anunciar los primeros? Jesús había enviado a los apóstoles a todas las gentes para anunciar el mensaje de su encarnación y redención, de tal manera que la humanidad entera queda invitada y urgida a participar del misterio trinitario de Dios Amor, bautizándose en Él. A los Apóstoles les dio el Espíritu Santo para que fueran valientes, tuvieran el valor y el arriesgo de anunciar en su nombre este gran misterio de amor a toda la humanidad. Siguiendo sus huellas en la tarea de este anuncio, descubrimos, que el primer anuncio es siempre trinitario, pues se anuncia a Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, que comunica del parte del padre, la vida nueva del Espíritu. Y este anuncio se hace con el convencimiento absoluto de que es un derecho de la persona que no se puede soslayar: “Toda persona tiene el derecho a escuchar la Buena Nueva de Dios que se revela y se da en Cristo, para realizar en plenitud la propia vocación” [63] .

4.5. La Iglesia en su misión, mira siempre su fin:
en la missio ad gentes el fin último es la glorificación de la Trinidad:

Recordando los pasos de Jesucristo, observamos como Él desarrolló la misión encomendada glorificando al Padre. Hay unos texto precisos que así nos lo manifiestan: “te he glorificado sobre la tierra, he cumplido la obra que me encomendaste realizar [64] . “Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a quien enviaste, Jesucristo [65] . Por la misión eclesial que es prolongación de la de Jesucristo, “dios procura, a la vez, su gloria y nuestra felicidad" [66] Esta gloria consiste en que los hombres reciben consciente, libremente y con gratitud la obra divina realizada en Cristo y la manifiestan en toda su vida” [67] .

Cada persona humana es objeto inmediato de la misión de Cristo y de su Iglesia, da tal manera que el objetivo es que reine el amor en el corazón de cada ser humano por la inhabitación de la Trinidad en él. Y es que Dios ha creado al hombre para que se relacione con él y para que éste se realice en relación de comunión fraterna: “si alguno me ama, mi Padre le amará, vendremos a él y haremos en él nuestra morada” [68] ; el que vive en amor, permanece en Dios y Dios en él” [69] . De tal manera que la Iglesia, cuando continúa la misión de Cristo, va construyendo en cada corazón humano esa realidad de “familiares de Dios”, “hijos en el Hijo” y “templos del Espíritu Santo” [70] .

La Iglesia es misterio de comunión como expresión de la encarnación de la Trinidad. La llamada de la Iglesia a construir la comunión en cada corazón y en la humanidad es tan exigente que ella debe construirse continuamente como reflejo de la comunión trinitaria. La Iglesia es signo de comunión en cuanto ella misma transparenta y comunica la comunión. Es así como tiene explicación que la llamemos “sacramento, o sea, signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano [71] . El programa de este camino de comunión ya está trazado por el misterio trinitario que se nos convierte para nosotros en economía de salvación universal. La Iglesia por su misma naturaleza es “germen de unidad para todo el género humano” [72] .

La Iglesia de la Trinidad, se hace instrumento de comunión sin fronteras por el hecho de vivir la comunión trinitaria: “fin último de la misión es hacer partícipes de la comunión que existe entre el Padre y el Hijo: los discípulos deben vivir la unidad entre sí, permaneciendo en el Padre y en el Hijo, para que el mundo conozca y crea” [73] . Hay unos textos que son entrañables por la fuerza con la que manifiestan la misión de la Iglesia, de tal manera que manifiestan como la comunión eclesial, vivida íntegramente, es la base de la comunión de toda la humanidad: “la unión de la familia humana cobra sumo su vigor y se completa con la unidad, fundada en Cristo, de la familia constituida por los hijos de Dios” [74] . Ciertamente la Iglesia con su ser y misión contribuye a la “edificación de un mundo más humano” [75] .

4.6. La Iglesia misterio y comunión
para la misión: es icono de la Trinidad.

A la Iglesia se le ha confiado la misión de Dios, es decir, la misión que proviene del Padre, por el Hijo, en el Espíritu [76] . La misión de la Iglesia como venimos diciendo, constituye su misma razón de ser. La naturaleza misionera de la Iglesia se basa en su “sacramentalidad” (Iglesia misterio), en su catolicidad (Iglesia comunión) y en su apostolicidad (Iglesia misión). Precisamente es esta trilogía misterio-comunión-misión como mejor se resume la eclesiología conciliar y postconciliar según el Sínodo de Obispos del año 1985.

Hay algo especialmente importante en lo que se debe caer en la cuenta, como es que el mandato misionero de Cristo se concreta en el deber de la Iglesia de propagar la fe y la salvación de Cristo [77] , que es la salvación que ofrece la Trinidad y que toma rostro en este mundo en Cristo y se prolonga en la Iglesia; pero al mismo tiempo es una urgencia que proviene de la vida misma que a todos los miembros infunde Cristo [78] . Todos los títulos aplicados a la Iglesia: cuerpo, pueblo, reino, sacramento o misterio, esposa, madre…nos están indicando la naturaleza misionera de la Iglesia [79] .

La Iglesia es misterio o sacramento como portadora del misterio de Cristo. Es por lo que el apóstol San Pablo con un profundo sentido eclesial sigue anunciando este misterio y por eso dice, “y esclarecer como se ha dispensado el Misterio escondido desde siglos en Dios, Creador de todas las cosas, para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora manifestada a los Principados y a las Potestades en los cielos, mediante la Iglesia [80] . De este misterio tiene que ser claro reflejo la Iglesia.

La Iglesia es comunión de hermanos con diversidad de carismas y en la vivencia de la unidad ella refleja la comunión trinitaria, en definitiva, no hace más que “aparecer como un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo [81] . La fuerza del misterio-comunión-misión en la Iglesia es tan profunda y refleja tan bellamente el misterio trinitario que hace posible esta afirmación: “todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que prefigura y promueve la paz, y a ella pertenecen de varios modos y se ordenan tanto los fieles católicos como los otros cristianos, e incluso todos los hombres en general llamados a la salvación por la gracia de Dios” [82] .

La vida que Cristo vino a traer a este mundo, vida misma de la Trinidad y por tanto del Padre, en el Hijo y por el Espíritu santo, tiene que seguir siendo comunicada a todos los hombres y pueblos: “por medio de los apóstoles, la Iglesia recibió una misión universal, que no conoce confines y concierne a la salvación en toda su integridad, de conformidad con la plentitud de vida que Cristo vino a traer (cf. Jn 10, 10); ha sido enviado para manifestar y comunicar la caridad de Dios a todos los hombres y pueblos” [83] .

Entender la Iglesia como icono de la Trinidad, nos hace superar todo reduccionismo eclesiológico: el que hace de la Iglesia una presencia entre las presencias de la historia, cerrándose a la consideración histórica visible, como ese otro reduccionismo espiritualista que exalta la dimensión invisible de la realidad eclesial hasta el punto de sacrificar su concreción humana.

Entender la Iglesia como misterio, en el sentido bíblico-paulino, es decir, como proyecto divino de salvación que se va realizando en el tiempo de los hombres, de la Gloria escondida y operante de los signos de la historia. La Iglesia es presencia de la Trinidad en el tiempo y del tiempo en la Trinidad, de tal manera que no se puede comprender sólo desde el pensamiento humano. La Iglesia que es misterio-comunión-misión, viene de la Trinidad y está estructurada a imagen de la Trinidad y camina hacia el cumplimiento trinitario de la historia. Solamente entendiendo la Iglesia así, se pueden responder a estas tres preguntas, ¿de dónde viene la Iglesia? ¿qué es la Iglesia? ¿a dónde va la Iglesia? En la realidad Trinitaria de la que la Iglesia es icono, encuentra todo el proyecto para la missio ad gentes.

5. FUNDAMENTO TRINITARIO, CRITOLÓGICO, SOTERIOLÓGICO Y PNEUMATOLÓGICO DE LA MISIÓN: LA IGLESIA EN SU MISSIO AD GENTES, CONSTRUYE EL MUNDO.

5.1. Rasgos que aproximan al fundamento trinitario.

Hay que decir sin lugar a dudas que como base de la naturaleza misionera de la Iglesia, como raíz de su misma existencia, está Dios que se ha revelado a los hombres como Padre, Hijo y Espíritu Santo, es decir, como Santísima Trinidad [84] . Y precisando adecuadamente, se entiende que el fundamento trinitario de la missio ad gentes, se refiere no sólo a las misiones divinas ad extra, sino también y sobre todo a la Trinidad misma como comunión de las Personas divinas. Por tanto es la Santísima Trinidad quien constituye el fundamento primero y último de la naturaleza misionera de la Iglesia [85] .

El P. Congar, expresa con profunda simpatía como al motivar la Iglesia su propia misión, ha ido más allá del mandato positivo de Jesucristo hasta llegar a la vida íntima de la Santísima Trinidad que ahí donde la misión de Cristo y del Espíritu Santo tiene su propia fuente y origen [86] . Se ha afirmado que con el Vaticano II y mucho más recientemente con la encíclica Redemptoris missio, la misión de la Iglesia se ha reducido a lo central que es le misterio de la Santísima Trinidad [87] .

5.2.Rasgos que aproximan al fundamento cristológico y soteriológico.

Por otra parte, la misión cristiana se encuentra esencialmente unida a la comprensión que la Iglesia tiene de Jesucristo y del valor salvífico de su muerte-resurrección. La misión cristiana se basa en la fe en Jesucristo. Abandonar o renunciar a la misión equivaldría a renunciar a nuestra fe en Cristo: “La misión universal de la Iglesia nace de la fe en Jesucristo, tal como se expresa en la profesión de fe trinitaria: Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos…Por nosotros, los hombres y por nuestras salvación, bajó del cielo y, por obra del Espíritu Santo, se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre” [88] . El misterio de Dios se ha revelado en Jesucristo como Trinitario, pero sin disminuir absolutamente nada la unicidad de Dios. El misterio de Dios trinitario está en el centro de la realidad de la redención cristiana. La redención va mucho más allá que salvarnos de nuestros pecados y de la separación permanente de Dios; es participar de la vida Trinitaria de Dios, en el conocimiento, en el amor, en la comunión. No puede existir misión evangelizadora cristiana sin proclamar a Jesucristo, crucificado y resucitado, sentado a la derecha del Padre. Quien hace que la misión sea única en la Iglesia es Jesucristo. “Jesucristo es el camino-maestro para la Iglesia. Es nuestro camino hacia la casa del Padre y es el camino para todo hombre [89] .

5.3. Rasgos que aproximan al fundamento pneumatológico

La misión de Jesucristo está siempre e indivisiblemente ligada al Espíritu Santo. El cristiano es bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y el credo recoge así la confesión de fe: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo…y que hablo por los profetas [90] .

 El Espíritu Santo , al igual que antes precediera y acompañara el ministerio de Jesús, ahora sigue a Cristo Resucitado. Y la existencia y la misión de la Iglesia dependen de la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés. El Espíritu es el verdadero protagonista de la misión de los apóstoles y de la Iglesia. El Espíritu sopla sólo para llevar comunión y para establecer el reino de Dios en los corazones de los pueblos por medio de Jesucristo: “Este Espíritu es el mismo que se ha hecho presente en la Encarnación, en la vida, muerte y resurrección de Jesús y que actúa en la Iglesia. No es, por consiguiente, algo alternativo a Cristo, ni viene a llenar una especie de vacío, como a veces se da como hipótesis que existe entre Cristo y el Logos” [91] .

5.4. Rasgos que aproximan al fundamento eclesiológico.

¿Qué es la Iglesia y por qué? ¿Qué es la misión? ¿Qué es la Iglesia? Jesús manda a la Iglesia continuar su misión. Cristo ha inaugurado el reino de Dios sobre la tierra, quien acepta a Jesús se reúne en su nombre “para buscar juntos el reino, construirlo, vivirlo [92] . La vida, las obras y las palabras de Jesús nos muestran que es el reino. Hay “dos gestos que caracterizan la misión de Jesús: el curar y el perdonar” [93] . “El reino de Dios…es ante todo una persona que tiene el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret, imagen de Dios invisible [94] . La Iglesia ha recibido del Señor el mandato de proclamar el reino que Él había instaurado y de hacer discípulos en su nombre. De ahí que podamos decir que la evangelización es la vocación y la identidad de la Iglesia [95] . La Iglesia tiene que hacer accesible la salvación ofrecida por Jesucristo a todos los hombres.

5.5. Rasgos que aproximan a ver como la Iglesia construye el mundo.

¿Aporta algo la Iglesia en la construcción del mundo? Habría que partir desde el mismo ser de la Iglesia, de la proclamación de que la existencia misma de la Iglesia es construcción real del mundo. La existencia de la Iglesia como icono de la Trinidad, es una llamada para el mundo, una exigencia y una urgencia. La Iglesia no actúa desde fuera del mundo. Es en la historia donde la Iglesia y el mundo se encuentran y es en esa historia donde la Iglesia hace presente al mundo una dinámica y una orientación.

Esta historia concreta en la que vivimos necesita de la misión de la Iglesia. Hay síntomas dolorosos constatados por analistas y pensadores de hoy, que vienen a definir este momento como de “existencia de un malestar de civilización”, que aparece bajo fenómenos muy concretos, descuido, indiferencia, abandono. Y esto en situaciones muy concretas, señalo algunos descuidos e indiferencias:

  1. Hay descuido e indiferencia por la vida inocente de los niños utilizados como combustible en la producción para el mercado mundial.
  2. Descuido e indiferencia manifiesta por el destino de los pobres y marginados de la humanidad, castigados por el hambre, la enfermedad.
  3. Descuido e indiferencia por la suerte de los que buscan el primer trabajo y de aquellos que por edad ya no trabajan.
  4. Descuido e indiferencia por los sueños de generosidad que siempre anidan en el corazón del hombre, pero que son apagados por la implantación de lo individual.
  5. Descuido e indiferencia ante una civilización que hace ciudades espectáculo, del simulacro y del entretenimiento, pero que no ayudan a promover aspectos que arraiguen a la persona.
  6. Descuido e indiferencia por buscar modos y medios de promover la dimensión espiritual que tiene todo ser humano, que ayudan al hombre a vivir en el equilibrio y armonía existencial.
  7. Descuido e indiferencia por el nivel moral de la vida pública que tiene marcas explícitas e implícitas de corrupción e insolidaridad.
  8. Descuido e indiferencia y falta de reverencia por la vida, por darla, cuidarla, mantenerla.

Ante estas situaciones en las que el ser humano entró en un proceso acelerado de secularización de todo, también de su vida propia, es decir, le entró una especie de complejo de Dios. El ser humano se está comportando como si fuera Dios, cree que lo puede todo. Pero ciertamente ya está comenzando a barruntar que el complejo de Dios le abruma. La Iglesia icono de la Trinidad, hoy como en todos los tiempos, propone al Dios vivo y verdadero, al Dios que se nos ha revelado en Jesucristo, al Dios Amor, a la Santísima Trinidad. En esta propuesta quiere decir a todos los hombres:

  1. Que la Iglesia icono de la Trinidad es expresión sobreabundante del amor que Dios tiene por el mundo. Este amor es la única fuente de sentido y de valor. Nadie está excluido o condenado. Por eso ninguna región del mundo, ningún sector cultural puede verse libre de este mensaje de futuro y de esperanza.
  2. Que la Iglesia icono de la Trinidad sabe del valor del futuro del mundo, pues este tiene contornos claros y precisos. La creación nueva y el hombre nuevo son la urgencia constante de la Iglesia. Ella ofrece y aporta comprensión y misericordia como Jesús, pero en esa misericordia incluye la conversión que facilita la entrada de ese reinado de Dios.
  3. Que la Iglesia icono de la Trinidad, ante las heridas y rupturas entre los pueblos, con su mera presencia construye la unidad del género humano, pues es signo y germen de lo que debiera ser.
  4. Que la Iglesia icono de la Trinidad es comunión, por eso se presenta como un espacio de comunión entre los hombres divididos, que no solamente tiene su realización a nivel mundial sino también en niveles mas concretos. La comunión es un acto siempre a realizar.
  5. Que la Iglesia icono de la Trinidad tiene que devolver siempre a la memoria a quienes quedan olvidados y en el vacío: los pobres y marginados, los que nos son tenidos en cuenta en ninguno de los planes que se hacen en este mundo, los que son excluidos de todo. Ella no excluye a nadie, levanta la memoria de todos pues todos son imagen de la Trinidad.
  6. Que la Iglesia icono de la Trinidad tiene que realizar la catolicidad encarnándose en los distintos contextos sociales y culturales. Todos son lugares donde debe tomar rostro el Dios que se nos reveló en Jesucristo.
  7. Que la Iglesia icono de la Trinidad debe revelar el rostro verdadero de Dios y del hombre. Defendiendo el rostro verdadero de Dios, defiende el rostro del hombre .
  8. Que la Iglesia icono de la Trinidad con su misión concreta la salvación y la liberación humana. No hace más que seguir los pasos de Jesús: da de comer, cura a los enfermos, perdona a los pecadores, se acerca a los despreciados. Sin la presencia de la Iglesia que da rostro a la salvación y a la liberación humana, el mundo sería más pobre y atrasado. De ahí que se haga presente entre todos los hombres. 

6. CONSECUENCIAS PARA LA RENOVACIÓN DE LA IGLESIA LOCAL CUANDO SE VIVE DESDE EL FUNDAMENTO LA MISSIO AD GENTES

6.1. Vivir el compromiso de hacer misionera la Iglesia particular.

La naturaleza misionera de la Iglesia particular o diócesis se desprende del hecho de ser una concretización de la Iglesia universal. Desde el mismo momento en que se inicia la acción evangelizadora en una comunidad comienza un proceso de crecimiento y maduración de la misma comunidad, hasta hacerse evangelizadora para que pueda contribuir al bien de toda la Iglesia [96] . Para que una comunidad sea verdadera Iglesia es necesario que se refleje en ella la imagen de la Iglesia universal [97] . “La diócesis es una porción del Pueblo de Dios que se confía al Obispo para ser apacentada con la cooperación de su presbiterio, de suerte que, adherida a su pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y de la Eucaristía, constituya una Iglesia particular en que se encuentra y opera verdaderamente la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica [98] .

¿Cómo potenciar la Iglesia particular para ser misionera? Hay tres compromisos necesarios que se convierten también en medida inequívoca de capacidad misionera de la Iglesia. Estos tres compromisos están orientados a vivir:

  1. la comunión fraterna;
  2. la espiritualidad del seguimiento generoso de Cristo;
  3. la disponibilidad para la evangelización de los más pobres.

6.2. Vivir el compromiso de la animación misionera de la Iglesia.

Esto necesita de agentes de pastoral misionera que sepan presentar la situación, a través de informaciones, estadísticas, experiencias, testimonios, publicaciones; pero al mismo tiempo y ello es esencial entregar los fundamentos teológicos de la misión para crear mentalidad evangelizadora y misionera. De tal manera que las personas, instituciones y grupos cristianos sean fieles a la responsabilidad evangelizadora. Ello requiere de todos cooperación espiritual con la oración y el sacrificio, la cooperación pastoral directa según la propia vocación de cada uno, la cooperación económica como expresión del compromiso con la acción misionera ad gentes de la Iglesia.

6.3.Vivir el compromiso de los servicios de animación misionera.

Hay que poner los principales elementos para una coordinación de la pastoral de comunión que son fundantes de la animación misionera. Ningún servicio o institución se puede arrogarse exclusividad. Quien debe armonizar todos los servicios es el obispo como principio de unidad [99] .

6.4. Vivir el compromiso misionero como Santa María.

Una visión de la Iglesia donde no apareciese la Madre del salvador, resultaría a todas luces incompleta; pero de la misma manera, una visión de María al margen de la Iglesia, dejaría en la sombra una parte muy importante de la misión que Dios le confió y a través de la cual descubrimos también la misión de la Iglesia. Por eso se incluye la misión de María en el capítulo VIII y último de la Lumen gentium.

Cuando llegó el tiempo para que el proyecto divino alcanzara su culminación por obra del Hijo de Dios, que había de hacerse hombre naciendo de una mujer, entra de lleno el protagonismo de María [100] . María ocupa en el plan divino un lugar privilegiado, en íntima relación con Dios y con los hombres. Su relación con la Trinidad tiene una referencia singular como es la Encarnación del Hijo en su seno, por lo cual ella es verdadera Madre de Dios. La Iglesia ha reconocido desde sus orígenes a la Virgen María como un miembro singularísimo suyo, como imagen representativa de la misma y modelo extraordinario a imitar y como Madre.

Tenemos que afirmar que existe una unión indisoluble entre Cristo y María en la realización del designio divino de salvar a la humanidad. Ello explica el que se haya incluido en la Constitución sobre la Iglesia el tema mariano. De la misma relación natural entre Madre e Hijo deriva la asociación de María a la obra del Hijo.

María es la realización perfecta de lo que Iglesia es por su naturaleza:

“La bienaventurada Virgen, por el don y oficio de la maternidad divina que la une con el Hijo redentor y por sus singulares gracias y funciones, se haya también unida íntimamente con la Iglesia. La Madre de Dios es imagen de la Iglesia, como ya enseñaba San Ambrosio: lo es en el orden de la fe, de la caridad, y de la perfecta unión con Cristo. Porque en el misterio de la Iglesia, que con razón también es llamada madre y virgen, la bienaventurada Virgen María abrió camino, ofreciendo un ejemplo eminente y singular de virgen y madre. Pues por su fe y obediencia engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y esto sin concurso de varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo, como nueva Eva, que prestaba su fe sin mezcla de duda, no a la antigua serpiente, sino al mensajero de Dios. Así dio a luz a su Hijo, a quien Dios constituyó primogénito de una multitud de hermanos (cf. Rom 8, 29), a saber: los fieles, a cuya generación y educación ella coopera con amor materno” [101] .

A modo de epílogo:

Escojo un texto de San Juan de Ávila, santo excepcional y evangelizador singular en las tierras de Andalucía en el s. XVI que nos ayuda a asumir todo un estilo y compromiso para realizar la missio ad gentes. Decía así:

El que no tomare la mortificación de la cruz, aunque tenga buenos deseos concebidos en su corazón, bien podrán llegar los hijos al parto, más no habrá fuerzas para parirlos”. “Oh dichosos pastores que participaron algo de esta hambre y sed de salvación de almas que tuvo el Señor, porque…si no hay este celo y cuidado, no se podrá hacer aquello que para esto conviene” [102] .               


[1] RM 3

[2] cf. AG 2

[3] cf. AG 35

[4] P. CHARLES, Etudes Missiologiques, Belgique DDB 1956, 20

[5] Expresión que aparece en su Mensaje del Domund de 1980

[6] S. D. LOURDOUSAMY, World Sharing Mission and the Promotion of Development, en AA. VV. La Sacra Congregazione per l'Evangelizzacione dei populi nel decennio del Decreto Ad Gentes, Roma 1975, 281.

[7] J. RATZINGER – V. MESSORI, Informe sobre la fe (madrid) 1985) 53.

[8] EN 32

[9] Relación final, II A, 1.

[10] Mensaje al Pueblo de Dios, II

[11] LG 2

[12] De orat. Dom. 23: PL 4.533. Recogido en LG 4.

[13] E. MOUNIER, El afrontamiento cristiano, Estela, Barcelona 1962

[14] R. GUARDINI, El ocaso de la Edad Moderna (1950), Guadarrama, Madrid 1963

[15] H. U. VON BALTHASAR, Il filo di Ariadna attraverso la mia opera, ed. Ital., Jaca Book, Milán 1980, p. 6

[16] L. GIUSSANI, El movimiento de Comunión y Liberación, Ediciones Encuentro, Madrid 1987, p. 22

[17] Cf. J. RATZINGER, Mirar a Cristo (1989), Edicep, Valencia 1990

[18] Cf. LG 2

[19] Cf. LG 48; AG 1

[20] LG 1

[21] SC 2

[22] GS 45

[24] SC 2

[25] GS 1

[26] AG 1ª y 2a

[27] EN 14

[28] RM 4

[29] AG 2a

[30] cf. Rmi 32. 35. 55s. 66

[31] cf. Rmi 4. 11

[32] cf. Rmi 2. 32s. 37

[33] cf. Rmi 1. 2. 3. 30. 38. 62. 65s. 71

[34] cf. Rmi 3. 40

[35] cf. Rmi 11. 3. 4. 7. 26

[36] cf. Rmi 2. 11

[37] cf. LG 6

[38] cf. LG 4

[39] UR 2

[40] cf. ORIGENES, Sermo in Ps. 23, 1, en PG 12, 1266

[41] cf. TERTULIANO, De Baptismo 5, en PL 1, 1315

[42] “Tres ecclesiae fontes Trinitatis esse mysterum”. JERONIMO, en Ps. 41 ad Neophitos, en CCL 78, 542-543

[43] A. BENI, La Nostra Chiesa, Florencia, 11976, p. 36

[44] H. DE LIBAC, Il volto della Chiesa, Roma, 1963, p. 292

[45] cf. Y. M. CONGAR, Esquisses du Mystère de l’Eglise, París, 1941, p. 59-91

[46] L. BOUYER, La chiesa di Dio corpo di Cristo e templo delle Spirito, Asís, 1971, p. 302-303

[47] cf. Rmi 1

[48] Mt 17, 5b

[49] Jn 3, 16

[50] 1 Jn 4, 8

[51] Jn 14, 6

[52] Jn 14, 9b

[53] Jn 12, 45

[54] Jn 1, 18

[55] Mt 11, 27

[56] Lc 1, 32a. 35

[57] Jn 15, 26-27

[58] cf. Rmi 1

[59] Ef 2, 10

[60] AG 2

[61] Rmi 32

[62] PDV 35

[63] Rmi 46

[64] Jn 17, 4

[65] Jn 17, 3

[66] AG 2

[67] PO 2

[68] Jn 14, 23

[69] 1 Jn 4, 16

[70] Ef 2, 19; 1, 5; 1 Cor 6, 19

[71] LG 1

[72] LG 9

[73] Rmi 23

[74] GS 42

[75] GS 57

[76] cf. AG 2-5

[77] AG 5

[78] cf. RMi 11; EN 5

[79] cf. LG 6-7 y 9

[80] Ef 3, 9-10

[81] LG 4

[82] LG 13

[83] RMi 31

[84] cf. AG 2

[85] cf. Ef 1, 3-14; 2, 18; LG 4; 48; AG 2

[86] cf. Y. CONGAR, Principes doctrinaux, en J. SCHÜTTE, L’activité missionaire de l’Eglise. Décret Ad gentes, Les Editions du Cerf, París 1967. P. 185-186

[87] cf. N. SILANES, Misión, Misiones, en X. Pikaza -. N. Silanes, El Dios cristiano. Diccionario teológico, Secretariado Trinitario, Salamanca 1992, p. 879

[88] Rmi 4

[89] RH 38

[90] Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 232, 197

[91] Rmi 29

[92] EN 13

[93] RMi 14

[94] RMi 18

[95] cf. EN 14

[96] cf. AG 6; 20; LG 17

[97] cf. EN 62

[98] CD 11; cf. c. 369

[99] LG 23; cf. CD 11; c. 369

[100] cf. LG 52; 53

[101] LG 63; cf. LG 64

[102] JUAN DE ÁVILA, Escritos sacerdotales (ed. B. Jiménez Duque), Madrid, 1968, p. 227

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