CONGRESO NACIONAL DE MISIONES 
PONENCIA    

D. Estanislao E. Karlic
Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Estanislao E. Karlic,
Arzobispo Emérito de Paraná (Argentina)

 

 

INTRODUCCIÓN

1. GLOBALIZACIÓN

1.  El fenómeno de la globalización
2.  La justicia largamente esperada
3.  La guerra, el terrorismo y la paz
4. Globalización de la caridad. Catolicidad de la Iglesia

2. PLURALISMO RELIGIOSO

1. El hecho
2. El diálogo interreligioso
3. El único Salvador en la única Iglesia
3. EL SECULARISMO
1. Como si Dios no existiera
2. De la muerte de Dios a la muerte del hombre.  Ocaso de la dignidad humana
3. Cultura de la vida
4. La familia herida y su rescate
5. Cultura del hombre – Cultura de Dios

4. EL DESAFÍO FUNDAMENTAL DE LA MISIÓN

1. La pregunta religiosa y la conversión – El encuentro con Cristo
2. El desafío fundamental

5. SINFONÍA DE LA MISIÓN

1. Epifanía de la Iglesia
2. La misión ad gentes, actividad misionera específica
3. Los que no creen en Cristo: inmenso areópago contemporáneo

CONCLUSIÓN: LA RAZÓN DE LA ESPERANZA


Agradezco con todo el corazón la invitación a tratar este tema en el Congreso Nacional de Misiones en España, Madre de la fe en América y en muchas otras partes del mundo.

Me llena de temor venir desde tan lejos a esta tierra de santos y santas, que enamorados del Señor Jesús, extendieron la misión de Santiago a nuestras tierras.

Al mismo tiempo me llena de alegría y bendigo al Señor, por poder dar mi testimonio de misionero, porque por gracia de Dios soy cristiano y soy pastor.

INTRODUCCIÓN

Existe un principio general de la teoría del conocimiento que dice “Lo semejante se conoce por lo semejante”.  Para hablar de la misión, acción que procede de Dios santo que envía a santificar  al  mundo, es necesario ser santos.

Para conocer y enfrentar  los desafíos que la misión presenta hoy, es necesario partir de la santidad de la misma Iglesia.  Por  la sensibilidad que le otorgan sus virtudes podrá conocer la naturaleza, profundidad y extensión de los retos a la misión, y se hará capaz de encontrar  caminos de solución. Una Iglesia en honda comunión con Cristo, que tiene en su interior sus mismos sentimientos (Cfr. Fil 2,2s), no será ciega ni sorda a los llamados que Dios le hace a través de los desafíos que se dan en la situación mundial actual.  En la historia de la Iglesia “el impulso misionero ha sido siempre signo de vitalidad, así como su disminución es signo de una crisis de fe” (Redemptoris Missio 2).

Los desafíos de la misión empiezan con la concepción del hombre y acaban sólo con su muerte,  y en los pueblos, están en sus comienzos y continúan en su historia.  La Iglesia tiene que conocer cuáles son los desafíos de cada época, porque Cristo, que está con nosotros hasta el fin de los siglos, nos envía a todos los pueblos a enseñar todo lo que El nos ha mandado (Cfr. Mt 28, 19-20).

Los desafíos son tales no sólo por el obstáculo que presentan, sino también por  la posibilidad que  ofrecen a la comunión salvadora con Cristo. 

Empecemos por pedir en este momento para nosotros, un corazón limpio y generoso, cargado de espíritu sobrenatural.  “Sólo en la fe”, que es comienzo de la santidad, “se comprende y se fundamenta la misión” (RM 4).

1. LA GLOBALIZACIÓN

1. El fenómeno de la globalización

El hecho de la globalización constituye sin duda un gran desafío a la misión, un cuestionamiento crítico y un reclamo de pensamiento y de acción, que, en términos evangélicos, podemos considerar como un signo de los tiempos  que encierra una manifestación de la voluntad de Dios.

Este fenómeno, que  algunos también llaman mundialización, afecta de diverso modo a todos los hombres y lugares de la tierra.  Va configurando por primera vez en la historia, una humanidad realmente unificada por vínculos que se multiplican y fortalecen.   Con los viajes espaciales el hombre pudo objetivar la tierra entera y verla como una hermosa esfera que acoge a toda la humanidad.  El proceso de unificación es desigual pero creciente y va ganando la conciencia de los pueblos para vivir en una interdependencia mayor que debe ser regulada, como corresponde, por la justicia y la solidaridad.

Gracias a la tecnología de la información los hombres pueden reunirse en torno al acontecimiento de un preciso lugar de la tierra, acercándose desde muchas otras partes, como si la distancia no existiera, y pueden compartir la emoción de esos  hechos como simultáneos.  Prácticamente no cuenta el tiempo de la transmisión de la información.  Es como si el espacio y el tiempo hubieran desaparecido.  El espíritu del hombre ha sido capaz de inventar mediaciones que dominan tiempo y espacio como si los condensaran.   La incorporación de los observadores a los hechos es tan profunda que quienes están a distancia pueden intervenir en el desarrollo de los acontecimientos que observan desde lejos.  La globalización se constituye así, cada vez más, en un suceso de contacto espacial y de simultaneidad temporal, tanto en la dimensión del conocimiento de lo que acontece  cuanto en la de la influencia en ello.

Es un hecho que posibilita el encuentro de hombres y pueblos pero que necesita de un alma solidaria, que se libere de los egoísmos que clausuran y marginan, y  que sirva a la fraternidad universal de los hijos de Dios.

La vida económica con el aporte decisivo de las grandes empresas transnacionales, hace del mundo entero  un gran taller y un gran mercado, al que concurren todos.  No sólo en el rubro de automóviles o de informática, sino también de alimentos y muchos otros bienes.  El peligro enorme es que se acepte como ley suprema el lucro y el interés particular de individuos, grupos o naciones.

Desde la dimensión social y política, la globalización facilita, profundiza y universaliza el encuentro de los individuos y de los grupos humanos, entrañando posibilidades de buenos frutos pero también de riesgos muy grandes.  La globalización, en política, reclama un  gobierno mundial, porque hace emerger la cuestión del Bien Común universal, el cual necesita de una autoridad única.  Juan XXIII en Pacem in terris  lanzó esta idea, tan necesaria para la paz, como hemos podido comprobar en los últimos meses en el caso tremendo de la guerra en Irak.   Aunque el proyecto de una autoridad mundial presente grandes dificultades para realizarse, no  debe aceptarse que sea utópico o inconveniente.  Es preciso elaborar nuevas normas e imaginar nuevas estructuras que respondan con eficacia a las necesidades de la humanidad, que se experimenta cada vez más como unidad de personas y de naciones interdependientes, con una gran historia común y con un futuro cargado de promesas.

En el nivel religioso los efectos de la globalización son sumamente profundos e importantes: en el escenario mundial se están produciendo  encuentros muy significativos  de las grandes religiones y de los grandes movimientos espirituales que arrastran multitudes.  Esto hace que se planteen problemas estrictamente misioneros y nos preguntemos: ¿cuál es el Dios verdadero y la verdadera religión?  ¿Cuál el Dios para todos los hombres del mundo de todos los tiempos?  ¿O es que no hay que hacerse esta pregunta sino asumir un relativismo religioso que hace innecesaria la misión?  En este nivel se encuentra el fondo de la pregunta y se debe dar la respuesta más profunda porque  el hombre sin Dios se disuelve.

La globalización está mostrando sus consecuencias buenas y malas, que reclaman de la Iglesia las respuestas correspondientes  en la acción misionera.

La globalización constituye  un kairos para la fe, un verdadero tiempo oportuno, para que se cumpla el mandato misionero universal de Jesús y para que  los hombres contemporáneos se encuentren con su verdadero destino.  Es una oportunidad para enseñar y transmitir la auténtica universalidad del espíritu.  Es un desafío a vivir la catolicidad de la Iglesia.

La voluntad salvífica universal de Dios ( cfr. 1 Tim 2,3) y el mandato misionero de Jesús Resucitado (cfr. Mt 28.18ss) son siempre actuales.  Dios Padre, por Cristo y su Espíritu, está siempre regalando su luz y su verdad, su vida y su amor, para suscitar en nosotros la obediencia de la fe.   Siempre está acercando al corazón la fuerza de la resurrección de Jesús y ofreciendo su gracia a la libertad de los hombres para salvarlos. 

El desafío de la globalización es trabajar por una verdadera comunión con las personas y naciones del mundo.  Las dificultades son enormes.  Pero las posibilidades son mayores.   La  generación del Nuevo Milenio debe sentirse especialmente llamada a esta obra, porque conoce la unidad creciente de la humanidad.    El hecho de que los dos tercios de los habitantes de la tierra no crean en Cristo Nuestro Señor reclama que los fieles sientan fuertemente el llamado misionero, porque hoy es posible contactar a los no cristianos como no lo era antes.

Es verdad que la globalización configura un kairos para la misión ad gentes.  La informática, la economía, el turismo, los medios de comunicación, los acontecimientos políticos, crean vínculos más o menos profundos, que nos ofrecen la oportunidad de hacer conocer la persona de Jesús y su Evangelio.  La misión puede desarrollar su momento kerigmático, para suscitar la conversión de la multitud de no cristianos.

Sin embargo hemos de medir con cuidado el valor de los contactos mediatizados porque no llegan a la riqueza única que da el trato inmediato por la palabra y la celebración litúrgica en la comunidad eclesial.  Sólo entonces se verifica la posibilidad de  plenitud en la comunicación y  la comunión.  Esto se debe a la condición corpóreo-espiritual del hombre y a la naturaleza sacramental de la Iglesia.  La misión, que debe valerse de todos los medios apropiados para cumplir su función, está orientada siempre a  la iniciación cristiana, que se corona en  la eucaristía,  culmen de toda la vida de la Iglesia. 

La misión  lleva en sus entrañas la fuerza recreadora de la resurrección del Señor.  El desafío de la misión es un desafío pascual, que equivale  a disposición martirial.  El martirio  en realidad es  vocación universal de los cristianos.  Ser otros cristos quiere decir  haber recibido la unción del Espíritu del Crucificado-Resucitado y por El,  la capacidad de completar en la propia carne el misterio pascual.  La misión no tiene un precio menor.  Un  desafío que la misión pone a la Iglesia es la valentía de ser sacramento del amor martirial de Cristo.  La acción misionera requiere este esplendor de la verdad y de la gracia de Cristo en el mismo misionero.

El Santo Padre dice que vivimos un tiempo de mártires.  La Iglesia, que tiene el coraje de llamar a sus hijos a este amor, prepara para el mundo una historia de magnanimidad, más digna de los hombres como hijos de Dios y hermanos entre sí: una historia de solidaridad en el amor de la Pascua.

Este es el llamado que los misioneros ad gentes deben cumplir con corazón generoso, porque son los primeros servidores del Señor que hacen resonar el Evangelio en el sagrario de la conciencia de los no cristianos.

2.  La justicia largamente esperada

Nuestro mundo conoce, un nefasto resultado de la acción del hombre dominado por su orgullo y su egoísmo: las innumerables formas de injusticia, que hacen que hoy haya mil quinientos millones de seres humanos viviendo por debajo de los niveles mínimos de subsistencia.  El hambre mata dieciocho millones de personas por año.  Por efecto de la pobreza mueren treinta y cuatro mil  niños por día.  Y ello podría ser combatido con eficacia con sólo tener la voluntad política de hacerlo. Pero los estados de los países ricos  -que han amasado sus riquezas con esfuerzos propios, pero también por medios que no dejan utilizar a otros en su propio beneficio-  no tienen en el ordenamiento actual, obligación legal ni consideran tener obligación moral de reparar este desastre, fruto de la acción humana.  Porque la pobreza que existe hoy en nuestro planeta, no puede adjudicarse ni a la falta de voluntad de trabajo de los pueblos, ni mucho menos a un designio de Dios sobre ellos para que vivan inhumanamente.  Esta situación es  resultado de políticas que se concretan en beneficio de unos, con perjuicio y exclusión de otros.  Nunca como hoy el hombre ha tenido en sus manos el poder de revertir esta situación, y sin embargo, no lo hace. ¿Por qué?  Simplemente porque combatir la injusticia no se considera una prioridad política ni moral.

¿Quién tiene algo que decir y hacer en este campo inmenso de dolor?  Todos los hombres y pueblos tienen su parte.  La Iglesia tiene en el Evangelio las verdades fundamentales para iluminar los caminos.

El pobre, en quien el rostro de Cristo se refleja de manera privilegiada, es un reclamo mudo pero elocuente a despertar nuestro impulso misionero más allá de nuestras patrias, para llevarle ante todo el Pan de vida eterna, pero también la recuperación de su dignidad herida, a través de la promoción humana que el espíritu del Evangelio lleva siempre consigo.

3. La guerra, el terrorismo y la paz

El drama de las guerras, que  se multiplican, se tecnifican  y nunca acaban, hiere permanentemente a la humanidad con el dolor y la muerte, con el odio y la  división, la destrucción y el desconcierto.

Hoy tiene el añadido trágico del horror del terrorismo, que creó el espectáculo dantesco de la destrucción de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 y continúa generando atentados por todo el mundo, sembrando pánico en naciones enteras.

Esto es parte de la información cotidiana que produce tristemente en muchos de nosotros  acostumbramiento e insensibilidad ante la tragedia de víctimas innumerables, tantas veces inocentes.

La misión no sólo enseña la paz sino que dice que la paz es el destino de los hombres.  Cristo, nuestra paz, ha resucitado, y siembra ya la paz en la tierra prometida que es la persona que se abre a su llamado.

El misionero es bendito porque anuncia la paz a las personas, a las familias y a los pueblos.

4. Globalización de la solidaridad. Catolicidad de la Iglesia

La globalización de la economía y de la organización social y política, requiere una globalización de la solidaridad, que haga crecer la conciencia del bien común internacional y reduzca los “efectos negativos de la globalización, como son el dominio de los más fuertes sobre los más débiles, .. y la pérdida de valores de las culturas locales en favor de una mal entendida homogeneización” (Ecclesia in America, 55).

La auténtica solidaridad busca al hombre y al pueblo necesitado donde esté.  Es su fin.  La opción preferencial por los pobres, nacida del amor evangélico, debe ser un signo del misionero, discípulo de Jesús, El nos dice: “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13,35) y también: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40).

El hecho de la globalización informática, económica y política, nos desafía a realizar la globalización de la solidaridad para que el hombre deje de ser lobo del hombre y sea en verdad su hermano: “Todo hombre es mi hermano” (Pablo VI).

2. PLURALISMO RELIGIOSO

1. El hecho

El pluralismo religioso, de cuya existencia da cuenta ya el Antiguo  y el Nuevo Testamento, se presenta en nuestro tiempo con características propias de difusión global y de conflicto que lo constituyen en uno de los grandes desafíos contemporáneos para la vida de la Iglesia, y más en general, para la vida política del mundo.

No se trata sólo de enfrentar el problema porque es grande, sino porque es un problema de la religión como tal.  Se lo suele presentar con esta pregunta: ¿Hay una religión verdadera única? ¿O es que todas las religiones son auténticas, y tienen igual validez que las otras? ¿Hay que aceptar un relativismo religioso de manera que ninguna religión pueda considerarse la única verdadera, sino que todas tengan el mismo valor y puedan subsistir juntas?

La primera reacción debe ser  encender más vivamente en la Iglesia el espíritu misionero, que tiene como fin  incorporar a todos los hombres a Jesucristo, nuestro Salvador, quien, así como nos ha ganado a la comunión a cada uno de los que hoy somos sus fieles, quiere atraer el corazón de todos los hombres.  Si la Iglesia católica insiste en proclamar que hay una sola religión verdadera, es porque confiesa a Jesucristo como único Salvador, al cual hemos acogido con humildad y agradecimiento, frente a Quien nos confesamos creaturas y pecadores y a Quien seguimos buscando cada día para  crecer en  comunión con El.  La Iglesia, como Cristo, no quiere guardar para sí con egoísmo (cfr. Fil 2,25), el don de Dios que ha recibido, y corre a anunciar al Señor resucitado, como las mujeres que encontraron al Señor la mañana de Pascua (cfr. Mt 28,5,8).

Sabiéndonos amados por Jesús, queremos imitarlo y amar a todos los hombres,  cumpliendo el mandato misionero: “Vayan y prediquen a todas las gentes” (Mt 28,19).

El amor eterno de Dios Padre y de su Hijo en su Espíritu, es el mismo amor con que nos ama a nosotros (cfr. STh I, q.37,2).  Desde ese amor eterno y absolutamente fiel la Iglesia vive su misión.  La misión, pues, no es otro sino ese mismo amor divino, que es derramado por el Espíritu Santo y  es acogido y participado por los miembros del Pueblo de Dios para servicio de los hombres.

El misionero conducido por el Espíritu Santo, y lleno de ese  amor creador y redentor, lo ofrece no al que lo merece por su bondad natural, sino al pecador que no tiene ningún mérito.  El misionero cumple con la promesa gratuita de salvación divina al ser portador del Espíritu de Jesús Resucitado.

2. El diálogo interrreligioso

El encuentro de las personas es por el diálogo, palabra que reúne y que debe llevar a la comunión de los dialogantes.  Es el camino  propio de comunión entre las personas y  las instituciones.  Esto vale particularmente para el diálogo interreligioso.

Por el diálogo debe expresarse la inteligencia y la fe, el amor y la libertad de los dialogantes.  No hay acercamiento de personas simplemente por el encuentro físico sino por el encuentro espiritual.  Es más: la iniciativa gratuita  es  deber de cada una de las partes, porque la persona  debe obrar desde su libertad lúcida que, respetuosa del otro, tiene el propósito de ofrecer siempre un servicio, un bien, un amor, una libertad, en definitiva, el deseo de ofrecerse a sí misma.

El diálogo en la dimensión religiosa tiene las exigencias de su propio nivel.  El Vaticano II nos ha abierto los caminos. De modo especial debemos recordar a Pablo VI quien, con sabiduría exquisita, regaló a la humanidad la carta magna del diálogo que es la Encíclica Ecclesiam suam.   En ella nos enseñó a distinguir en la vida de la Iglesia cuatro círculos: el diálogo en su interior,  el diálogo con los que creen en Jesucristo, con los que creen en Dios y con los no creyentes.

En este Congreso nuestro propósito es reflexionar sobre el diálogo como encuentro misionero con los no creyentes y los no cristianos.

La autenticidad de nuestro respeto debe manifestarse en el reconocimiento de las verdades y los valores que las religiones no cristianas tienen, en la búsqueda de las “semillas del Verbo”, y en la advertencia de las diferencias que existen con ellas.  Esta cuestión tan delicada debe ser conocida y resuelta con la mayor verdad posible. 

Es cierto que hay verdades y valores auténticos en las religiones naturales y en las otras grandes religiones del mundo.  Deben ser reconocidas y consideradas como patrimonio común. 

Es cierto  también que hay diferencias profundas en la concepción de Dios y en el modo de relación con El. 

Es cierto por otra parte que el relativismo  concibe al diálogo como una forma de mutuo conocimiento y respeto que no tiene por objetivo la comunión perfecta.  En esta perspectiva se  acepta una unidad fundamental, en la que sin embargo coexisten diferencias esenciales.

La actitud de la Iglesia es  asumir lo verdadero y bueno,  sanar lo erróneo y lo malo, y  elevar a la participación de la luz del Evangelio y la vida de la  gracia todo lo que es capaz de ello.

La actitud, en definitiva, es la iniciativa del amor que suscita el Espíritu Santo en el corazón de los humildes y dóciles, para buscar la comunión con los demás.  El Espíritu Santo, que está en todos los comienzos  -desde la creación hasta la resurrección- está también en el impulso original del diálogo.

El diálogo es cuestión de amistad, como la oración.  Supone la apertura a la obra de Dios y exige la generosidad de comenzar la búsqueda de la comunión.  El diálogo no se acaba en sí mismo sino en la comunión.  Nace de la conciencia dolorosa de la diferencia y la distancia, y busca el encuentro en la verdad, con humildad y paciencia, con generosa magnanimidad.  Reconoce la diferencia pero intuye la unidad y la distinción que no separa  -como en la comunión de la Santísima Trinidad y en la comunión plena de la Iglesia.

El diálogo interreligioso es parte de la vida de caridad de la Iglesia, que es intrínsecamente misionera.

En fin, el diálogo es confesión serena de la identidad y respeto auténtico de la alteridad; es búsqueda de la unidad y siempre primacía de la caridad.

3. El Único Salvador en la única Iglesia

El pluralismo religioso y el camino del diálogo son, en el designio de Dios, una posibilidad para descubrir el don del Único Salvador y de la única Iglesia, su Cuerpo Místico, y aprender que la verdad no es amenaza del hombre y su libertad, más aún cuando es la verdad de Jesucristo Salvador y la verdad de la única Iglesia, lugar de comunión fraterna en el Evangelio, en la eucaristía, y en toda la vida de caridad.  La misión tiene la oportunidad de mostrar el único misterio de Jesús e invitar a creer en él, convocando también a la pertenencia cordial y gozosa al misterio de la Iglesia, aun en medio del pluralismo religioso.  Esto permitirá conocer mejor las luces con que Dios enriquece a quienes no han encontrado la plenitud de la verdad en Cristo y no participan de la totalidad de los medios de salvación en el seno del pueblo de Dios.

3. El SECULARISMO

1. Como si Dios no existiera

Somos testigos de una mentalidad muy difundida que llamamos secularismo, que ha marcado profundamente el corazón de individuos, familias, comunidades y la sociedad entera.  Somos testigos de una cultura que expresa al hombre y al mundo como si Dios no existiera.  Todas las cosas, toda la vida del hombre, todas sus acciones se conciben sin referencia a Dios.  El hombre y la sociedad se bastan a sí mismos.

Estas afirmaciones hacen pensar en la noción de pecado, que es la conversión al hombre como absoluto y el rechazo de Dios como Señor de nuestra existencia.  El secularismo es un endiosamiento falso, una idolatría del hombre, que ha llegado hasta a no interesarle plantear la cuestión de Dios.  La discusión no le importa.  Le importa que Dios no tenga intervención en sus ideas, ni en sus proyectos ni en sus acciones cotidianas.  El hombre y su cosmos son autosuficientes.

El silencio de Dios, la ausencia de su verdad, de su presencia y de su providencia sabia y amorosa abre el camino a una vida humana sin rumbo y sin sentido, a proyectos que cortan el horizonte y se clausuran en intereses inmediatos, a idolatrías de distinto tipo, aun al regreso del paganismo en culturas y naciones tradicionalmente cristianas.

Si la misión es el anuncio de Dios, de su trascendencia y de su inmanencia, de su Absoluto y de su cercanía, de la maravilla de la Trinidad hasta la condescendencia de la encarnación redentora, el secularismo constituye una barrera impresionante, enorme, con la profundidad de sus ideas y costumbres y con la resistencia de sus hábitos, que se han extendido a la sociedad y se han hecho cultura. 

No sólo interesa el secularismo a la misión en general, sino a la misión ad gentes, porque esta mentalidad está haciéndose presente en personas y comunidades que aún están en el ámbito de culturas abiertas a la trascendencia de Dios.  Sea por los medios de comunicación, sea por causa de inmigración a países secularizados, estas comunidades están recibiendo el impacto del secularismo atrayente por la abundancia de bienes, el bienestar y el consumismo.

El secularismo es un desafío mayor, porque se desarrolla sin discutir el tema de Dios.  No usa la lucha directa y violenta como los ateísmos del siglo XX.  Procede sin combate.  No le interesa el problema.  Como que acepta un dios que no perturbe su estilo.  Lo acepta si se incorpora a su mundo como un elemento más de su visión inmanentista.

Así Dios no molesta, no interviene en la solución de los grandes problemas del hombre.  Estos se tratan en la economía, en la política, en los medios de comunicación, en los centros científicos.

No dice que Dios ha muerto, pero el secularismo vive como si Dios no existiera.

A la misión le importa saber que se encuentra con un obstáculo que no sólo ha decretado la insignificancia de Dios en la vida social, sino que ha traído consigo otras consecuencias inhumanas enormes: la desigualdad económica entre individuos y naciones por poner al lucro como ley suprema, la disolución de la familia, la absolutización de la ley política al no someterla a la ley  divina.  Esta posición inmanentista, dice el Papa en Ecclesia in Europa, acaba por contentarse “con el paraíso prometido por la ciencia y la técnica, con las diversas formas de mesianismo, con la felicidad de tipo hedonista, lograda a través del consumismo o aquella ilusoria y artificial de las sustancias estupefacientes, con ciertas formas de milenarismo, con el atractivo de las filosofías orientales, con la búsqueda de formas esotéricas de espiritualidad, o con las diferentes corrientes de New Age” (10).

El secularismo, tentación permanente del hombre que pretende ser Dios, ha adquirido su vigencia inmensa en la cultura gracias también a una cultura política sin la suficiente sabiduría y fuerza creadora, como para encontrar con verdadero espíritu humanista integral, el lugar propio y justo de la religión en la nueva situación pluralista.

Sin duda que la misión se enfrenta a una posición que desvanece el interés por Dios en la vida humana, aunque no lo niegue expresa y violentamente.  Calla lo religioso, lo minimiza cuando no lo ridiculiza.  A veces llega a hostigarlo y a combatirlo abiertamente, cuando la misión incomoda las posiciones y las libertades sin ética que se defienden en su estilo de vida.

La misión tiene en el Evangelio y en el Magisterio de la Iglesia un tesoro de sabiduría que puede servir para combatir los errores y satisfacer los auténticos deseos humanos del secularismo.

En primer lugar ha de ser el testimonio de Dios  -su verdad, su realidad, su cercanía-.  Por el testimonio, el misionero hace presente a Dios mismo, en la trascendencia de su misterio:  sólo Dios es Dios.  Y en la inmanencia de su cercanía: nada ni nadie está más cerca del hombre y toda creatura.  Dios es “más interior a mí que mi propia intimidad”, decía San Agustín.

Dios no es enemigo del hombre.  Es su Padre y Creador.  Decirlo con gozo. El gozo del anuncio hace más profundo y más creíble el testimonio misionero.

No se trata de elegir entre Dios y el hombre, sino que se debe elegir a Dios y al hombre.  El que elige a Dios, auténticamente, eligió al Padre del hombre y el que eligió auténticamente al hombre, está eligiendo a Dios, principio y fin del hombre.

La mentalidad securalista tiene como centro de su visión al hombre en su dignidad y en su libertad.  Esto es una puerta abierta para explicar la doctrina de la Iglesia.

Por la creación Dios ha dado autonomía a todos los seres creados, y en primer lugar al hombre.  Las cosas y el hombre no son Dios, pero realmente existen en sí mismos.  Debe el hombre actuar según la ley de Dios, que tiene escrita en su corazón y se manifiesta en su conciencia.  Pero es él el responsable de su libertad.  Dios, que lo ha creado, lo conserva en la vida y lo auxilia para obrar, pero lo admirable es que el hombre es el responsable.  Tanto vale el obrar humano, que es digno de la vida eterna, si es que se ha ajustado a la voluntad de Dios.

La Iglesia por la misión, más si es ad gentes, ha de transmitir esta enseñanza riquísima sobre la autonomía del hombre y de su libertad.  Enseñará también la debilidad de la libertad, por el pecado original y la necesidad de la gracia redentora que nos sana  de la herida de ese pecado y nos auxilia para elegir la ley de Dios.

El misionero debe ser en primer lugar testimonio de libertad cristiana y predicar que la libertad es nuestra vocación cristiana: “Habéis sido llamados a la libertad”, nos dice San Pablo, y añade: “sólo que no toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros”.

El misionero enseñará así que la libertad no es capacidad para el egoísmo y la explotación, sino para el amor; y que esta libertad tiene su máxima realización en Jesucristo, en su  amor hasta el fin, y que de esa libertad participamos los que por la fe y el bautismo nos hacemos sus miembros en la Iglesia santa.

El secularismo nos permite destacar la dignidad del trabajo humano, magnífico porque hace del hombre un continuador de la obra divina de la creación, y porque transforma también al mismo hombre, enriqueciéndolo en sus habilidades, en su sabiduría y en los hábitos de su voluntad que va logrando en sus opciones laborales.  Por el trabajo, el hombre se hace más hombre.  El trabajo debe embellecer el mundo y el hombre mismo en la historia, preparando su gloria.  Dice Gaudium et Spes en uno de sus párrafos estupendos: “Los bienes de la dignidad humana, la comunión fraterna y la libertad, es decir, todos estos frutos buenos de nuestra naturaleza y de nuestra diligencia, tras haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y según su mandato, los encontraremos después de nuevo, limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal: reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz” (39).

La misión ad gentes tiene la posibilidad de mostrar que Jesucristo es en quien todas las cosas están fundadas (cfr. Col 1, 16-17), y en quien se realiza eminentemente el misterio del hombre.  En El, uno de la Santísima Trinidad, se hizo realmente uno de la humanidad.  Esta dignidad no es reconocida, participada ni gozada totalmente sino por quien confiesa la plenitud de la fe en Jesucristo.

2. De la muerte de Dios a la muerte del hombre.  Ocaso de la dignidad humana.

La dignidad del hombre ha sido y sigue siendo desconocida  por muchos y reclama una misión evangélica que defienda su verdad maravillosa y proponga la integridad de los derechos que de ella dimanan.

Cuando la cultura aceptaba más la razón profunda del sentido común y de la sana filosofía, podíamos referirnos a la naturaleza de la persona humana.  Hoy muchos rechazan esas categorías y reducen al hombre a la dimensión material, quitándole su profundidad espiritual.

En este inmanentismo absoluto, de la muerte de Dios que proclamaron algunos, pasamos a la muerte del hombre.  La misión debe hacerse cargo de la defensa del hombre, en una humanidad que descree de sí misma y se disuelve en la multiplicidad de sus proyectos y apetitos.

La misión será siempre un rescate del hombre, de su ser y sus derechos.  Los derechos humanos tienen fundamento divino.    No necesitan leyes para existir sino para ser reconocidos y protegidos de los poderes humanos que los conculcan, hasta en democracias despojadas de valores, que fácilmente se convierten en dictaduras.

El misionero enseñará que la dignidad y los derechos proceden de la gratuidad absoluta del amor de Dios creador y redentor, y están destinados a su ejercicio responsable y honroso.

3. Cultura de la vida

La cultura de la vida es la respuesta evangélica a las múltiples manifestaciones de lo que se ha dado en llamar la “cultura de la muerte”.

Llamado a humanizar su vida por medio de la cultura, el hombre contemporáneo parece haber recorrido en cambio  un camino exterminador, y ha pasado de haber decretado la muerte de Dios, a combatirse a sí mismo, en una espiral suicida y proclamar la muerte del hombre.

El Santo Padre nos enseña en Ecclesia in Europa, algo que vale para una gran parte del mundo: “El olvido de Dios condujo al abandono del hombre”, por lo que “no es extraño que en este contexto se haya abierto un amplísimo campo para el libre desarrollo del nihilismo, en la filosofía; del relativismo en la gnoseología y en la moral; y del pragmatismo y hasta del hedonismo cínico en la configuración de la existencia diaria” (9).

Sin Dios no hay ley.  “Si Dios no existe, todo es posible”,  decía sabiamente Dostoyewski, ya en el fin del siglo XIX.  Y todo ha sido posible en el siglo XX: los exterminios de pueblos en masa por las guerras; la fría planificación de innumerables muertes en los campos de concentración y en los gulags; el silencioso genocidio en los vientres maternos por medio del aborto, que cobra millones de vidas en gestación, privándonos de quién sabe cuántos hombres y mujeres cargados de promesas para el futuro;  la manipulación genética que produce también miles y  miles de víctimas con la eliminación de embriones fecundados;  la invención de la máquina de la muerte y las legislaciones de tantos países que, poco a poco, en una macabra danza que parece no tener fin, van dando aprobación a la eutanasia.  La muerte crece y se la siente muy cerca.  La noche ética del secularismo sigue cobrando sus víctimas, negándose a revisarse a sí misma.

La misión ad gentes tiene el derecho y el deber de mostrar la riqueza de nuestra fe y enseñar que la dignidad de toda persona se funda en su ser, imagen y semejanza de Dios, llamado a ser hijo de Dios en Cristo. 

4. La familia herida y su rescate

La familia, víctima de la crisis cultural en este cambio de milenio, está herida profundamente.  La difusa fragmentación de la existencia crea un clima que favorece las crisis familiares y pone en tela de juicio el concepto mismo de familia (Cfr.  Ecclesia in Europa 8).  Hay en muchos la idea de que la concepción de familia nacida de la unión matrimonial de varón y mujer es un patrón cultural perimido.  Es excepcional el lugar del mundo donde no se admite el divorcio.  Las formas nuevas de familias incompletas o nacidas de uniones transitorias o entre personas del mismo sexo, configuran un hecho social de consecuencias tremendas.  Una de ellas es el “invierno demográfico”, que afecta especialmente entre otros países a España.  La ideología del género, que pretende que la vida sexual se ubique en el nivel de la elección cultural y no en el de la integridad humana físico-espiritual, está extendiéndose por medio de leyes con el apoyo de instituciones de mucho poder en el orden internacional, produciendo un auténtico hecho de violencia cultural y política.

La misión, redención del hombre, debe ser redención de la familia.  Deberá señalar que la familia es para la sociedad la escuela común del amor: del amor esponsal, semejante al de Cristo por su Esposa la Iglesia; de los padres a los hijos; de los hijos a los padres, y de los hermanos entre sí; del amor de todos a Dios.  Es el lugar donde se recibe la primera educación, también  para el trabajo, y donde se abre a la persona a la amistad social.  La familia es en verdad hogar de la cultura y cuna de las naciones.

La misión ad gentes debe ser muy consciente de que enseñando el misterio de la familia según el Evangelio está sembrando un mundo nuevo. 

Es muy importante señalar, frente al feminismo erróneo,  la riqueza de la condición de la mujer en la identidad maravillosa del genio femenino, don de Dios, y es importante destacar su significado en el plan divino.  María Santísima, Virgen y Madre, es la expresión acabada de la mujer.  Ella y toda mujer santa nos revela del rostro materno de Dios.

Es verdaderamente parte integrante de la misión, transmitir la doctrina evangélica sobre la familia y la mujer, en una cultura que muestra la profundidad de su crisis muy claramente en la familia.  La misión salva a la familia cuando anuncia su misterio de amor que se funda en Dios, porque  Dios es familia.  El Evangelio de la familia es parte del Evangelio de Jesucristo.

5. Cultura del hombre – Cultura de Dios

En verdad el secularismo reina en gran parte del mundo, la más influenciada por la ciencia y la técnica y se va difundiendo cada vez más en otros países, como vemos todos.

Sin embargo Dios, que había sido silenciado y relegado a una existencia de menor vigencia cultural, ha recobrado vigor en su presencia de suerte que la vida social y política planetaria no puede dejar  de contar con la significación de las grandes religiones.

Hoy las naciones del mundo no pueden organizarse sin tener en cuenta la vida religiosa ferviente, a veces fanática, de las grandes religiones.  Los musulmanes, los israelitas, los hindúes y muchas otras expresiones religiosas no pueden ser marginadas en la reflexión y en la acción de los grandes dirigentes, ni en los mayores centros de pensamiento y de cultura de la tierra.  El hecho religioso está presente no sólo en los millones de cristianos, no sólo en la existencia silenciosa dentro del secularismo, sino también en la acción temporal de los diversos grandes grupos religiosos.

La situación misionera, pues, se ha complicado también en los lugares donde la Iglesia no se ha establecido aún.  Es preciso que el misionero atienda por una parte a la cultura secularista, que se constituye como si Dios no existiera, o que acepta una religiosidad disminuida, y por otra a una verdadera cultura religiosa, en la que está muy viva la dimensión religiosa, no sólo en la vida privada y familiar, sino también en la vida pública, con gran significación en los hechos políticos y sociales.

Siempre será cierto que es Cristo el misterio que ilumina el misterio del hombre.  Ahora también: es el Verbo Encarnado quien dará luz a los pasos del misionero.

Su sentido de Dios y su amor por Cristo y su Espíritu, van a permitirle acercarse como hermano respetuoso a los creyentes, para hacerles sentir la atracción del Dios Creador y Redentor y la sincera caridad de la Iglesia.  Y su sentido del hombre y su amor por él, van a impulsarlo a acercarse al secularismo, para iluminarlo con la luz del Verbo, el Sol que nace de lo alto, y le hagan gozar  con la verdad de que el hombre no acaba de recibir su plenitud sino en la participación del misterio de Cristo.

La misión debe hacer que el silencio de Dios en el secularismo se transforme en canto gozoso de alabanza al Señor; debe hacer que la dignidad del hombre y sus derechos sean protegidos por la cultura y antes por la vida espiritual; debe hacer que la familia sea hogar de oración y comunión; que el trabajo sea perfección del cosmos y del hombre, y la política sea servicio de hombres y pueblos.  La misión debe procurar que la política en las naciones y en el mundo, abra espacios a la dimensión religiosa porque Dios es Padre de todos. 

El misionero, defensor de la verdad y el amor de Dios, es quien defiende la verdad y el amor del hombre.  Muestra que Jesucristo es el rostro divino del hombre y el rostro humano de Dios.

El camino misionero, el diálogo, se muestra muy difícil pero siempre posible, con la prudencia del Espíritu Santo, que es valentía y confianza, y no con la prudencia de la carne, que es más bien pereza y cobardía.

La espiritualidad pascual, de muerte y resurrección, da sabiduría al misionero para actuar con humildad y generosidad, en la espera paciente del momento gratuito de la gracia.

Esta misma espiritualidad da inteligencia para el encuentro con el secularismo porque enseña que la creación y la historia no son la última palabra de Dios, sino la vida eterna donde el Señor nos espera con el don de Sí mismo.  A El nos debe conducir el mundo y el tiempo.

El Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo es la Buena Noticia para la era del vacío y el imperio de lo efímero.

4. EL DESAFÍO FUNDAMENTAL DE LA MISIÓN

1. La pregunta religiosa y la conversión – El encuentro con Cristo

La pregunta sobre Dios está en el centro de la existencia humana.  Es la pregunta que se hace la persona cuando llega a  ejercer por primera vez su libertad: ¿aceptas el mandato de tu conciencia de hacer el bien y evitar el mal, conforme a lo que en este momento conoces? ¿Te sometes a su mandato y así al señorío de quien se presenta como autoridad sobre tu vida?  O por el contrario, ¿rechazas ese imperativo que te ha manifestado que eres libre y responsable, y rechazándolo, eliges lo que tu arbitrio decide como señor absoluto de tu conducta y tu destino?

En el primer caso, elegiste el camino de Dios Padre como hijo suyo, que obedeces como Cristo, aunque no lo sepas, y de este modo entras al camino de la gracia.  Fue la elección de la creatura que acoge el mandato de amor de su Padre Dios.

En el segundo, elegiste tu propio designio, y te constituiste en quien decide con absoluta independencia  sobre el fin y el sentido de su vida.  Fue la elección de la creatura que toma  el puesto del Absoluto que corresponde a Dios.  La religión nace cuando se ha aceptado la realidad de un Absoluto al que se ha de orientar toda la existencia.  Los distintos modos de concebir el Absoluto que llamamos Dios, diversifican las religiones. 

Estamos ante la presencia de las grandes religiones mundiales que nos reclaman espacio social y político y nos urgen a darles espacio en la cultura universal.  Este espacio es pretendido en un primer momento, como un lugar entre otros, con quienes convivir y dialogar, pero en un momento más profundo, aparece la pretensión de ser religión única y verdadera, con exclusión de todas las demás.

Tal posición hace muy difícil el diálogo interreligioso.  Los católicos decimos con claridad  que sólo es auténtico el diálogo cuando las partes  comienzan por la confesión mutua de las convicciones que las identifican y cuando el diálogo se sostiene por el amor sincero a Dios, que desde su amor infinito, llama a su creatura a la verdad del camino y del fin, que es El mismo.  El nos llama  siempre desde su misterio para que en el claroscuro de la inteligencia y la fe, lo busquemos con humildad y  al encontrarlo, lo acojamos con agradecimiento.  En El  debemos confiar y a El debemos responder con nuestro amor.  El encuentro con Dios empieza en Dios. Es encuentro en la verdad de los amores y las libertades de Dios y del hombre.  La conversión consiste, dice un gran teólogo, en “un estado dinámico de enamoramiento espiritual en respuesta al amor de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (B. Lonergan, Método en Teología, Sígueme, Salamanca, 1988).

Los desafíos de la misión son todos los obstáculos que ocultan el misterio del amor de Dios y entorpecen nuestra libertad, pero se resumen en la dificultad que tiene el hombre para  aceptar la verdad de que Dios es su Señor y él  su creatura.  Este desafío mal resuelto nos impide cimentarnos en Dios, como misterio que nos antecede y nos supera, que busca inundarnos con su gracia y orientarnos hacia nuestro destino eterno,  la comunión con el único Dios verdadero.

El relativismo gnoseológico es debilidad del pensamiento que siempre amenaza a la persona pero que  en la actualidad ha adquirido una presencia cultural fortísima.  Hoy es más aceptado en la publicidad de la sociedad, una posición relativista que una confesión sencilla y firme de la capacidad de conocer la verdad y de afirmarla con  certeza.  Como si saberse capaz de la verdad fuese una expresión de orgullo y de espíritu integrista.  Como si la actitud correcta frente a la verdad fuese el desdén de Pilatos cuando preguntó: “¿Qué es la verdad?” (Jn 18,38) y no  esperó la respuesta.

La misión es una pasión por la verdad, por toda  verdad, por la verdad del hombre, del mundo y de Dios, principalmente de Dios.  El misionero es el que ha aprendido que la misión se sostiene en la armonía de la verdad y del amor, del designio salvador del Padre cuyo  centro es Jesucristo.  El misionero, arrebatado por la belleza de la Pascua de Cristo, se entrega por entero a la obra de completar en su carne lo que falta a la pasión y a la misión de Cristo.  La misión es vocación de servicio al hermano que no conoce a Jesús.  Es vocación de primer anuncio, con la frescura del domingo de la resurrección.  Es vocación de creador, de sembrador, de grano de trigo que cae en tierra para morir y dar fruto: “En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere da mucho fruto” (Jn 12,24).  Sólo imitando a Jesús en su amor hasta el fin,  el misionero se hace instrumento apto de salvación: “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna” (Ibid. v. 25).  Sólo en el espíritu de martirio, de amor hasta la muerte, se logra la cumbre propia de la misión.  El misionero sabe que, como Cristo,  “el buen pastor da su vida por las ovejas” (Jn 10,11).  La misión es esencialmente cristológica.

2. El desafío fundamental

Todos los desafíos de la misión hoy, son parte del gran desafío del hombre, que nace hombre viejo como hijo de Adán, y debe renacer como hombre nuevo en Jesucristo, Nuevo Adán.  Para ello debe responder al llamado misericordioso de Dios, por la entrega confiada de la fe y el amor, cambiando su conducta, para empezar la vida nueva de hijo en el Hijo.

Frente a este gran desafío, el misionero debe  ser signo e instrumento, es decir, sacramento de Cristo y de Cristo pascual.  Sólo el amor de Cristo, hasta la muerte, sólo la verdad de este amor, puede ser creíble, puede crear estupor en el oyente y fascinar la libertad del hombre para que se entregue a Dios en la confianza total de la fe.  Siempre el Padre, el Hijo y el Espíritu serán los agentes divinos de la conversión, pero  la misión reclamará la participación del misionero, transformado él mismo por el  amor crucificado y generoso de Jesús.

Nadie se convirtió sino porque Cristo  lo amó, murió y resucitó por él, y porque la Iglesia,  lo ama como Cristo, su Cabeza,  con la fuerza del mismo Espíritu.  El misionero es parte de ese único designio de amor.  Si hay tantos hombres en el mundo que se alejan, o no se sienten interpelados por nosotros, hemos de preguntarnos: ¿hay en nosotros un amor capaz de llevarnos a la entrega total de la muerte, un amor martirial, que tenga la fuerza de provocar asombro y admiración y sea capaz de arrebatar el amor y cautivar la libertad del otro?

Cristo triunfó cuando amó.  El misionero triunfó cuando amó.  La interpelación al no creyente se hizo desde el Verbum Crucis  - la palabra de la Cruz-  que en la resurrección renovó  todas las cosas y empezó una historia nueva cuya ley es el amor misericordioso, que el Espíritu Santo sigue escribiendo en el corazón de los que acogen a Jesucristo.

El designio de Dios es manifestar el amor divino, no sólo en la gratuidad que dona, sino en la supergratuidad de la misericordia que per-dona mediante la efusión del Espíritu. 

El amor misionero quiere renovar  la persona y su cultura, con la riqueza que en su familia y en su pueblo adquirió.  La evangelización de las culturas es parte de la misión.  El misionero se ha de acercar a ellas según la ley de la encarnación del Verbo, no para disminuirlas sino para que todo lo humano, purificado por el Espíritu adquiera el esplendor de Cristo resucitado.  La evangelización de la cultura responde así  al llamado paulino de hacer que todo tenga a Cristo por cabeza (cfr. Ef. 1,10) .

La Iglesia nos dice que el gran misionero es el santo, porque tiene en su corazón los mismos sentimientos que Cristo Jesús, quien siendo semejante a Dios se hizo semejante a los hombres, y se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz, por lo cual Dios lo exaltó sobre todas las cosas (cfr. Filip 2,3-5).

No hagamos proyectos que no tengan a Cristo Pascual como principio y fin.  Cristo ha prometido estar con nosotros hasta el fin de los siglos para explicarnos desde las Escrituras que la verdadera historia no es como la entendían los discípulos de Emaús al empezar su caminata esa tarde, sino como la descubrieron al final, cuando Jesús partió el pan.  El misionero descubrirá la cercanía fiel y salvadora de Jesucristo muerto y resucitado cuando medite las Escrituras que la Iglesia le explica y cuando celebre con ella la eucaristía.  En la eucaristía, sacramento de la pascua del Señor, el misionero tiene la fuente y la cumbre de su acción, porque debe partir de Cristo pascual y a El debe regresar.

5. SINFONÍA DE LA MISIÓN

1. Epifanía de la Iglesia

La misión es epifanía de la Iglesia, que desentraña la riqueza de su misterio y  la sinfonía de su belleza.

La misión es sinfónica en la verdad y el amor, porque anuncia con gozo la salvación y  respeta en el diálogo la conciencia, la libertad y los ritmos personales de vida individual y social de los que reciben su ministerio.

La misión es sinfónica, porque respeta la jerarquía de verdades en la que Cristo es Alfa y Omega, principio y fin (cfr. Ap. 21,6; 22,13).

La misión es epifanía de la belleza de Cristo pascual, esplendor de la Verdad y de la Vida.  Sólo esta belleza salvará al mundo,

La misión es sinfónica porque ofrece e interpela, pero no impone la verdad salvadora. “¿Es acaso un crimen contra la libertad del otro, dice Pablo VI en Evangelii Nuntiandi, proclamar con alegría una buena noticia que se ha recibido por misericordia del Señor?” (EN 80).  Por el contrario, es proponer a la libertad su fin propio que es elegir la verdad del destino del hombre, la plenitud de su existencia.  La misión es un servicio a la verdad y a la libertad.

2. La misión ad gentes, actividad misionera específica

Recordemos que esta actividad  dirigida a los “no cristianos”, que Jesús “ha confiado y diariamente vuelve a confiar a su Iglesia”, no puede ser una actividad débil, marginal u olvidada.  Por el contrario, dice Redemptoris Missio: “es necesario mantener viva la solicitud por el anuncio y por la fundación de nuevas Iglesias en los pueblos y grupos humanos donde no existen, porque es la tarea primordial de la Iglesia, que ha sido enviada a todos los pueblos, hasta los confines de la tierra.  Sin la misión ad gentes, la misma dimensión misionera de la Iglesia estaría privada de su significación fundamental y de su actuación ejemplar” (34).

Una Iglesia que vive la verdad de su ser y su misión, sabe que su frontera está en el último de los hombres en el más lejano de los países.  Si ella no vive con intensidad este impulso del Espíritu, la misión pierde “su significación fundamental” y  “su actuación ejemplar”.  El fin, todos los hombres, privilegiadamente los más alejados, ordena la vida de amor misionero de una Iglesia auténtica.

La vocación específica a la misión ad gentes, también en la consagración de por vida, debe ser admirada, agradecida, promovida y custodiada por las comunidades eclesiales que han conocido el don  de Dios y lo quieren comunicar.  Este Congreso es signo  de vida  intensa que Dios seguirá bendiciendo.

3. Los que no creen en Cristo: inmenso areópago contemporáneo

El número de los que no creen en Jesucristo nos recuerda que la misión de la Iglesia  -después de dos mil años de vida santa y apostólica-  está aún en sus comienzos (RM 1).  Hay cuatro mil millones de personas que en todo el mundo no se han encontrado con la plenitud de la verdad, la vida y el amor de Jesucristo.  Sólo dos mil millones se confiesan cristianos, y de ellos poco más de mil millones pertenecen a la Iglesia Católica.

Es un inmenso areópago al que el Espíritu Santo nos impulsa a servir con el anuncio de las maravillas de Dios.

Es la Iglesia entera la que tiene esta responsabilidad porque ella entera es sacramento universal de salvación, depositaria  del Espíritu de verdad.  “Todo Cristo predica a Cristo” (San Agustín).  Cada hijo de la Iglesia, según su propia vocación, debe hacer suyas las palabras de San Pablo:  “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es mas bien un deber que me incumbe: y ¡hay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Cor 9,16).  La misión está en las entrañas de la Iglesia y debe dar forma a toda la vida de sus miembros, como dio sentido a toda la vida de Jesús: “Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por El” (Jn 3,17).

En verdad la Iglesia entera en cada eucaristía ofrece el Sacrificio de Cristo y con El se ofrece a sí misma, para salvación del mundo.  En la eucaristía, que es centro de toda su existencia, tiene un acto fontal y una escuela de la misión, en el que recibe el Espíritu Santo que anima a todo el pueblo de Dios a sembrar en la historia las semillas del Reino.

La interpelación misionera es personal.  Dios llama a cada uno a través de cada persona que pone en su camino.  Si nacemos para amar, nacemos para misionar.

Cuando aparece un nuevo hombre en nuestro horizonte cambia nuestra vida.  Simplemente cambia.  Por el solo hecho de existir esa persona  me dice: “Sé conmigo”.  “Comparte mi vida”.  El llamado  no me puede ser indiferente.  He recibido un nuevo hermano y con él  una nueva responsabilidad. Mi vida cambió.

Desde la fe y la gracia, podemos añadir a esta descripción tan hermosa e interpelante, que el hombre que ingresó a mi vida es un don y un llamado de Dios mismo, quien en su providencia me anuncia que existe un destinatario más de mi caridad universal, a quien no puedo apartar ni olvidar, y que ha de ampliar el ámbito de mi responsabilidad por la vida de los demás, en primer lugar, por su salvación.

“Sé conmigo”, me dice la persona que irrumpió en mi vida, y la cambió.  “Sé conmigo”, que soy capaz de Dios, a quien Dios llama, porque El nos hizo para sí e inquieto está nuestro corazón mientras no descanse en El (Cfr. San Agustín, Confesiones).  “Sé conmigo”, que soy capaz de vivir en el misterio de Cristo, de seguirlo e imitarlo.  “Sé conmigo”, te necesito, porque busco la fraternidad de todos mis hermanos y la casa de comunión que es la Iglesia. 

La respuesta misionera de la Iglesia, y por lo tanto, de cada bautizado, está real y principalmente en cada eucaristía.  En torno a ella, debe añadirse la oración misionera, que se debiera incorporar a las comunidades cristianas como parte integrante de la piedad ordinaria y cotidiana de los fieles, como sucede con la oración por los enfermos y los pobres.  Plantar esta ansia misionera por la salvación de los que no creen en Cristo, dilata y eleva el alma de los hijos de la Iglesia, y atrae la bendición de Dios para ellos.  Importa mucho contar con la oración de los niños, que con su generosidad y su ternura llegan hondamente al corazón de Dios.  Y con la de los enfermos, quienes por su identificación con Cristo doliente se  convierten en expresión privilegiada del espíritu misionero.  La pequeña Antonietta Meo, niña italiana de seis años, enferma de muerte, ofrecía sus dolorosas curaciones por los misioneros, y cándidamente lo anunciaba a quienes la rodeaban diciendo: “Hoy voy al África”.  Esta pequeñita Teresa de Lisieux, muerta con fama de santidad, se convierte en nuestra maestra y nos enseña a ser misioneros.

En esta situación de globalización en que nos informamos diariamente de tantos que en el mundo necesitan la verdad y el amor del Evangelio porque no conocen a Jesucristo, el llamado a la misión se hace más cercano y más urgente.  Es el clamor de cuatro mil millones al que debe responder toda la Iglesia, con la docilidad de los hijos de Dios a la moción del Espíritu.

CONCLUSIÓN: LA RAZÓN DE LA ESPERANZA

“La mies es mucha, los operarios son pocos” (Lc 10,2), nos dice el Señor.  La misión es una obra inmensa y difícil.  Exige todo y a todos en la Iglesia.  Pero el Señor nos dice:  “No temas” (Lc 12,32).

La razón de la esperanza de hoy es la misma que existe desde el comienzo de la Iglesia: Jesucristo, muerto y resucitado que nos promete la salvación.  La esperanza es teologal porque su motivo y su objeto es Dios mismo.

¿Qué más podemos pedir para confiar y estar alegres? No es la comparación con las fuerzas del pecado lo que aumenta o disminuye nuestra esperanza, sino la acogida confiada por nuestra parte, de la promesa del Señor: estamos ciertos de que El estará con nosotros hasta el fin de los siglos.  En esa actitud imitamos la confianza de Jesús cuando se entregaba a su Padre en la obediencia de su amor.  Esa actitud es la que fortalecemos en cada eucaristía, al identificarnos sacramentalmente con Jesús que nos alimenta con su cuerpo y con su sangre. 

Hay signos de la presencia operante de Cristo en la santidad de la Iglesia.  Ustedes son uno de ellos.  He oído también que en España un millón de fieles comulga diariamente con Jesús Eucarístico.  Este millón,  y muchos más, están sostenidos con la intimidad del sacramento pascual que los inunda de amor misionero.

En España, pues, muchos viven la esperanza.  El número seguramente aumentó por la visita del Papa.  Fuimos testigos de ese acontecimiento de gracia.  Pedimos al Señor que España  dé otro paso gracias a este Congreso Misionero.

España sabe que su cristianismo, y por lo tanto, su espíritu misionero, nace cada día del corazón materno de María. A ella,  Madre de la Misión, encomendamos hoy a todos los misioneros que han partido y partirán de esta tierra bendita, y que son epifanía del amor  de Cristo Pascual.  Y encomendamos también a cuantos por su misión se conviertan y encuentren a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida.

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