CONGRESO NACIONAL DE MISIONES  
ACTO INAUGURAL    


Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Robert Sarah
Arzobispo emérito de Conakry (Guinea)
Secretario de la Congregación para
la Evangelización de los Pueblos

PREAMBULO

1.         ¡ES LA HORA DE LA MISION!

Desde hace siglos, desde que Jesús envió a sus Apóstoles al mundo entero, “ES LA HORA DE LA MISION”. Es una hora permanente y siempre actual; es el camino necesario y obligado de la Iglesia en cada época de la historia. Porque “la Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera” (AG 2), según la afirmación fundamental del decreto Ad Gentes  del Concilio Vaticano II.

¡ES LA HORA DE LA MISION!

La misión ad gentes es un kairós de vida, es el oxígeno y la savia vital de la Iglesia, puesto que, como declara el mismo Concilio, “la gracia de la renovación en las comunidades no puede crecer si cada comunidad no expande los campos de la caridad hasta los últimos confines de la tierra y no tiene de los que están lejos una preocupación semejante a la que siente por sus propios miembros” (AG 37).

La misión ad gentes  es una gracia del Señor, que nos asocia a su obra salvífica.

Me alegra, por tanto, felicitar, en primer lugar, a toda la Iglesia de Dios que está en España, por la muy oportuna iniciativa de este Congreso Nacional de Misiones, que se añade, como un nuevo eslabón, a la ya larga y generosa historia misionera de Vuestra Iglesia en el servicio del Evangelio hacia todos los pueblos. 

2.         Saludo a:

Su Eminencia el Cardenal Antonio María ROUCO  VARELA,
     arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española

al Señor Arzobispo de esta sede de Burgos, anfitriona del Congreso

al Señor Nuncio Apostólico de Su Santidad en España

al Señor Arzobispo de Sevilla y Presidente del Congreso Nacional de Misiones

al Ilustrísimo Señor Alcalde-Presidente de Burgos

a todas las autoridades aquí presentes

a todos los que han trabajado en la organización de este magno acontecimiento misionero

a cada una y cada uno de Vosotros, hermanas y hermanos congresistas.

Traigo para todos Vosotros un saludo muy cordial de parte de Su Eminencia el Cardenal Crescenzio Sepe, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, el cual ha seguido los pasos de Vuestro Congreso y me ha enviado aquí como representante del Dicasterio misionero de la Sede Apostólica.

Como ya Os habéis dado cuenta, el idioma de Cervantes no está todavía a mi alcance, pero Os aseguro que está entre mis próximos objetivos. Para no abusar de Vuestra paciencia, voy a leer un resumen de mi discurso inaugural, y entrego el texto completo al secretariado del Congreso.

INTRODUCCION

3.         Me siento honrado en agradecer a España por su tradicional y reconocida entrega a la causa misionera del Evangelio, a lo largo de los siglos, enviando a todos los continentes, especialmente a Hispanoamérica, decenas y decenas de miles de misioneros y misioneras, entre los cuales han abundado los signos de santidad y de entrega hasta el martirio, fieles al mandato de Jesús: “Seréis mis testigos” (Hch 1,8), hasta los confines de la tierra. Pienso en los

miembros de las Ordenes y Congregaciones religiosas (Sacerdotes, Hermanos, Religiosas);
los Sacerdotes diocesanos de la OCSHA y los Sacerdotes Fidei Donum;
los miembros de los Institutos misioneros internacionales de hombres y mujeres;
el Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME) con su histórica sede en Burgos;
los laicos y laicas misioneros, incluyendo a las familias de misioneros seglares.

El Señor de la mies Os ha bendecido en esta larga epopeya misionera. Yo también, durante mi trabajo pastoral como obispo de una Iglesia joven en Guinea-Conakry, y ahora más todavía en este servicio misionero universal desde Roma, he encontrado a numerosos misioneros y misioneras españoles por los caminos del mundo. Os felicito como Iglesia, y felicito de manera especial a las familias de estos misioneros y misioneras.

Soy un hijo y un fruto de la Iglesia misionera en Africa, este continente tan cercano a Vuestra tierra española: somos vuestros vecinos del sur, nos separan unos escasos quince kilómetros; por eso permitidme que, en unión con mis hermanos y hermanas de Africa, Os diga: GRACIAS! Gracias por el don del Evangelio que los misioneros han llevado a nuestro continente. Gracias por la entrega de su vida.  ¡La Iglesia misionera y, en particular, la tan cercana Africa, siguen esperando mucho de España!

En los tiempos actuales, la actividad de las misiones en el mundo y la colaboración misionera enfrentan nuevos y graves desafíos,  pero el Espíritu de Pentecostés sigue animando a nuestra Iglesia, aun en medio de los desiertos y tempestades. El es y seguirá siendo el protagonista de la misión (cfr. RMi 21ss).

DOS  ICONOS  MISIONEROS

4.         “ES LA HORA DE LA MISION”. El lema y el tema de Vuestro Congreso Nacional de Misiones me llevan, espontáneamente, a poner esta conferencia inaugural entre dos iconos, ambos tomados de la vida de la Iglesia misionera a través de los siglos.

El primer icono se inspira en la comunidad de Antioquía, de la cual nos habla el libro de los Hechos de los Apóstoles en el comienzo del capítulo 13: “Había en la Iglesia fundada en Antioquía profetas y maestros:  Bernabé, Simeón llamado Niger, Lucio el cirenense, Manahén, hermano de leche del tetrarca Herodes, y Saulo. Mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: ‘Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado’. Entonces, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y les enviaron. Ellos, pues, enviados por el Espíritu Santo, bajaron…navegaron…” etc. (Hch 13, 1-4).

El segundo icono es el mismo Santo Padre Juan Pablo II, quien, en su reciente visita a España, la quinta en su Pontificado, ha felicitado a Vuestra Nación llamándola “tierra de fieles hijos de la Iglesia que ha dado tantos santos y misioneros [1] y os ha animado a la misión con fuertes palabras: “España, siguiendo un pasado de valiente evangelización, sé también hoy testigo de Jesucristo resucitado! [2]   En efecto, el lema de este viaje apostólico “Seréis mis testigos” contiene una clara invitación a la progresiva apertura a la misión universal, como lo dijo Jesús a sus Apóstoles en el día de la Ascensión: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo… y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8).

5.            Antioquía y España: dos Iglesias particulares, lejanas en el tiempo y en el espacio, pero animadas por el mismo Espíritu, que es luz y fuerza para el anuncio del Evangelio de la Vida en abundancia (cfr. Jn 10,10), para todos los pueblos, en Cristo, único Salvador del hombre.

Hoy, igual que entonces, “ES LA HORA DE LA MISION”: el Espíritu Santo llama a la misión ad gentes y abre ante cada Iglesia particular los inmensos horizontes del mundo entero. Es la hora de remar mar adentro y echar las redes (cfr. Lc 5,4). La palabra de Jesús a Pedro no se limita a indicar  una  extensión puramente geográfica, sino que apunta hacia una meta más exigente: la intimidad del corazón del hombre y la profundidad de las culturas de los pueblos, tal y como nos enseña el Papa Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi (cfr. EN 18-20).

LOS INMENSOS HORIZONTES
DE LA MISION UNIVERSAL AD GENTES

6.         Hace 13 años Juan Pablo II escribía en su magistral encíclica misionera Redemptoris Missio: “A finales del segundo milenio después de la venida de Cristo, una mirada global a la humanidad demuestra que la misión (confiada a la Iglesia) se halla todavía en los comienzos y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio” (RMi 1a).

Según los datos estadísticos sobre la “misión global”, elaborados por los expertos David B. Barrett  y Todd M. Johnson [3] , en enero de 2003, sobre una población mundial de 6.278 millones de habitantes:

los cristianos (incluyendo a católicos, protestantes, ortodoxos y otros grupos de bautizados) alcanzamos apenas los 2.076 millones, es decir, el 33% de la población mundial;

mientras que los no-cristianos, o sea los que no conocen a Jesucristo y no están bautizados,   llegan a 4.202 millones, o sea el 67% de la humanidad.

Esto significa que: cada tres personas en el mundo, solamente una conoce a Jesucristo!

Pero los católicos somos apenas el 17% de la población mundial, llegando a un total de casi 1.100 millones.

Mientras tanto, los musulmanes han llegado a ser la religión de mayoría relativa en el mundo, superando los 1.250 millones, o sea un poco más del 20% (una de cada cinco personas).

El tema religioso es muy delicado y atañe la conciencia de las personas. Por eso no entramos a evaluar el nivel de vivencia cristiana, ni el grado de pertenencia a la Iglesia, ni tampoco el tema de la salvación eterna, ya que estos problemas se han de ver con otros parámetros.

7.         Un mirada especial merecen los continentes considerados tradicionalmente como territorios de misión ad gentes. En Asia viven más de 3.750 millones de personas: el 60% de la población mundial, es decir tres de cada cinco personas en el mundo. Pero los católicos son apenas 110 millones en todo el continente (un escaso 3%), la mitad de los cuales están concentrados en un solo País, Filipinas.

En la India, cuya población alcanza los 1000 millones, los católicos son apenas unos 13 millones (el 1,3%);

en Indonesia, el País que tiene la mayor concentración de musulmanes, los católicos son unos cuatro millones;

en el Japón los católicos, desde hace cuatro siglos, se mantienen en un 0,3%;

China, con sus 1.200 millones de personas, es como un continente a parte, donde los cristianos siguen sufriendo restricciones y hasta persecuciones.

En varios otros países asiáticos la presencia cristiana es numéricamente reducida, aunque qualitativamente viva.

Todavía existen regiones donde la Iglesia está dando los primeros pasos. Una noticia de actualidad misionera: hace apenas tres semanas, el Card. Crescenzio Sepe, Prefecto de la  Congregación para la Evangelización de los Pueblos, estuvo en Mongolia (una República ex comunista de 2 millones y medio de habitantes, entre Siberia y China) para la consagración episcopal del primer Prefecto apostólico de Ulaanbaatar, Mons. Wenceslao Padilla, misionero de Scheut, filipino: su comunidad católica no llega todavía a 200 personas. (Digo bien: 200; no 200 mil, ni dosmil!). ¡Auténticos comienzos de los comienzos de una Iglesia local! Comienzos sencillos,  pero con buen dinamismo. A los pocos Misioneros de Scheut, se han añadido Salesianos, Misioneros de la Consolata, algunas religiosas y unos cuantos laicos misioneros, en esa región estratégica por la cercanía de China continental.

8.         Asia, cuna de grandes religiones tradicionales, es también el continente en el cual se concentran los mayores obstáculos para la actividad misionera de la Iglesia, por diferentes razones: ideológicas (en China, Vietnam, Laos, Myanmar), religioso-culturales (India, Malaysia, Pakistán, Tailandia, Indonesia y otros).

Asia tiene una necesidad particular de la misión ad gentes, como afirma el Papa en la Redemptoris Missio: “En el Continente asiático, hacia el que debería orientarse principalmente la misión ad gentes, los cristianos son una pequeña minoría, por más que a veces se den movimientos significativos de conversión y modos ejemplares de presencia cristiana” (RMi 37a.e; cfr. RMi 40bc). Y mirando hacia el futuro con esperanza, Juan Pablo II llega a entrever que el tercer milenio podría ser el tiempo de la conversion de Asia a Cristo, así como el primer milenio lo fue para Europa, y el segundo milenio para América y gran parte de Africa.

9.         Africa es otro de los continente necesitados, en gran medida, de primera evangelización, o  misión ad gentes, aunque la evangelización ha avanzado con un buen ritmo y el favor de una libertad relativa, con excepción de algunos países musulmanes en la franja septentrional.

- Sobre una población de 861 millones de habitantes, los católicos alcanzan los 143 millones (16,60%);
- se cuenta, además, un igual número de otros cristianos (ortodoxos, anglicanos, protestantes...).
- Los musulmanes alcanzan hoy 344 millones, o sea el 40% de la población africana.
- Quedan todavía unos 230 millones de seguidores de religiones tradicionales (26,70%).

En varias regiones africanas hay una apertura, e incluso una demanda explícita del Evangelio, pero, lamentablemente, faltan misioneros que les anuncien a Jesucristo.

10.       Pasando a otros continentes, entre los 30 millones de habitantes de Oceanía

- los católicos son 7 millones y medio (el 25%: así en Australia, Nueva Zelanda, Papua-Nueva Guinea).
- Mientras los protestantes son 12 millones y medio (41%)
- y los no-cristianos son todavía unos 9 millones (30%).

11.       En el continente americano (850 millones de habitantes), se encuentra casi la mitad de la Iglesia católica (530 millones de católicos), gracias, principalmente, al generoso y permanente empeño evangelizador de decenas de miles de misioneros españoles, sobre todo en Hispanoamérica. En el continente, incluyendo a América del norte,

- los católicos alcanzan el 60% de toda la población americana, especialmente en América Latina.
- Los protestantes son unos 210 millones (25%), sobretodo en Estados Unidos y Canadá;
- y los seguidores de otras religiones sobrepasan los 110 millones (13%).

12.       El continente europeo goza de una plurisecular tradición de valores cristianos, que han empapado y enriquecido las culturas y la sociedad. Este rico partimonio cristiano, que Europa ha compartido con otros pueblos, y que es preciso reconocer y salvaguardar, es el resultado de siglos de evangelización llevada adelante por numerosos misioneros, hombres y mujeres, santos y mártires. Sin embargo, Europa  - como Vosotros sabéis mejor que yo -  está sufriendo una crisis secularizadora que amenaza gran parte de esos valores adquiridos y mantenidos durante siglos. Hasta el punto que hoy se dan, en el seno de la sociedad moderna, tanto en Europa como en América, nuevas situaciones misioneras que necesitan de una primera evangelización. Además de algunos territorios todavía no suficientemente evangelizados, la misión  ad gentes, con una metodología adecuada, es necesaria en muchos ámbitos sociales y culturales, los que el Papa llama los “areópagos modernos” (cfr. RMi 37 b y c).

LA MISION SE HALLA TODAVIA EN LOS COMIENZOS

13.       Con razón el Papa comienza la encíclica misionera diciendo: “La misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse…, se halla todavía en los comienzos” (RMi 1a). Las palabras de Jesús siguen teniendo la misma actualidad como entonces: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,38). Asimismo, el grito del Macedonio a Pablo sigue resonando bajo múltiples rostros y formas: “Pasa a Macedonia y ayúdanos” (Hch 16,9).

14.            Sabemos que las estadísticas, como tales, no tienen un valor teológico y que las motivaciones de la misión son otras y mucho más profundas, fundamentadas en el plan de Dios para la salvación del mundo, en la obra redentora de Cristo y en el ser mismo de la Iglesia la cual “existe para evangelizar” (cfr. EN 14). Dichos fundamentos bíblicos y teológicos, trinitarios y eclesiológicos, van a ser objeto de Vuestra reflexión en los próximos días, con la ayuda de expertos,  convocados para este importante Congreso nacional misionero.

Pero los datos estadísticos nos ayudan a ubicarnos ante la realidad, y a tomar conciencia de cómo está compuesta la casa grande, la familia de los hijos e hijas de Dios, en la cual todos estamos llamados a vivir como hermanos y hermanas, todos redimidos por Cristo Salvador. Ante esta realidad, el Papa Juan Pablo II exclama: “El número de los que aún no conocen a Cristo ni forman parte de la Iglesia aumenta constantemente; más aún desde el final del Concilio, casi se ha duplicado. Para esta humanidad inmensa, tan amada por el Padre que por ella envió a su proprio Hijo, es patente la urgencia de la misión” (RMi 3b).

15.       Por eso el Papa hace una llamada a todos, una auténtica movilización general: “Preveo que ha llegado el momento de dedicar todas las fuerzas eclesiales a la nueva evangelización y a la misión ad gentes. Ningún creyente en Cristo, ninguna institución de la Iglesia puede eludir este deber supremo: anunciar a Cristo a todos los pueblos” (RMi 3d).

Y en su carta apostólica para el comienzo del nuevo milenio, Juan Pablo II conjuga de manera bien articulada los imperativos misioneros del diálogo y del anuncio (NMI 54-56), y habla del “anuncio gozoso de un don para todos…: el don de la revelación del Dios-amor” (NMI 56). El misterio de Cristo Salvador, sigue diciendo el Papa, “es una gracia que nos llena de alegría, una noticia que debemos anunciar. La Iglesia, por tanto, no puede sustraerse a la actividad misionera hacia los pueblos, y una tarea prioritaria de la missio ad gentes sigue siendo anunciar a Cristo, ‘Camino, Verdad y Vida’ (Jn 14,6), en el cual los hombres encuentran la salvación” (NMI 56).

URGENCIA Y PRIORIDAD DE LA MISION AD GENTES

16.       He mencionado varias veces la “misión ad gentes”, ante la necesidad de reafirmar con fuerza su urgencia y prioridad entre las actividades de la Iglesia de Cristo. Ciertamente, es ésta, entre otras, la finalidad de un Congreso Nacional de Misiones como el Vuestro. Por diferentes razones que Vosotros podréis profundizar en los próximos días de Congreso y fuera del mismo, en algunos ambientes eclesiales se ha producido cierta confusión de ideas (cristológicas, eclesiológicas y antropológicas) sobre la salvación de los pueblos y el servicio de la misión ad gentes. Decir que ‘la misión está en todas partes’, o que ‘todo es misión’, son expresiones ambiguas que perjudican la misión prioritaria de la Iglesia y el crecimiento de las vocaciones misioneras ad gentes.

A propósito de esta tendencia negativa para la misión esencial de la Igesia, el Santo Padre es muy claro en la encíclica Redemptoris Missio, allí donde advierte: “Hay que precaverse contra el riesgo de igualar situaciones muy distintas y de reducir, si no hacer desaparecer la misión y los misioneros ad gentes. Afirmar que toda la Iglesia es misionera no excluye que haya una específica misión ad gentes; al igual que decir que todos los católicos deben ser misioneros, no excluye que haya ‘misioneros ad gentes y de por vida’, por vocación específica” (RMi 32; cfr. AG 23).

17.       En la encíclica el Papa quiere aclarar la identidad y la necesidad prioritaria de la misión ad gentes, y lo hace hablando de tres situaciones de la evangelización (cfr. RMi 33).

Existe, en primer lugar, la misión ad gentes, o sea la actividad misionera de la Iglesia entre los “pueblos, grupos humanos y contextos socio-culturales donde Cristo y su Evangelio no son conocidos, o donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras como para poder encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a otros grupos. Esta es propiamente la misión ad gentes” (RMi 33b).

La actividad pastoral de la Iglesia cuida el mantenimiento y el fortalecimiento de la fe en las comunidades cristianas que ya viven con cierto fervor su compromiso eclesial y misionero (cfr. RMi 33c).

En cambio, la nueva evangelización se dirige a los bautizados que han perdido el sentido vivo de la fe y se han alejado de Cristo y de la Iglesia (RMi 33d).

18.       Es importante recordar que para cada una de estas tres situaciones de la evangelización (misión ad gentes, actividad pastoral y nueva evangelización):

es necesaria una adecuada metodología y praxis de acompañamiento.

No es fácil definir los confines entre estas tres actividades de la Iglesia (cfr. RMi 34b) y  muchas veces éstas conviven y coexisten en la misma nación, diócesis, parroquia e incluso familia, donde puede haber miembros que necesitan: unos de la misión ad gentes, porque no están bautizados; otros de la nueva evangelizazión siendo bautizados que se han alejado; y otros de la actividad pastoral al ser fervientes cristianos.

Existe, además, “una real y creciente interdependencia entre las diversas actividades salvíficas de la Iglesia: cada una influye en la otra, la estimula y la ayuda” (RMi 34b), creando una benéfica  complementariedad y recíproca sinergía.

Hay que subrayar que esas tres actividades de la Iglesia, a las que podemos añadir la actividad ecuménica (cfr. AG 6; RMi 50), se han de llevar a cabo simultáneamente, sin esperar otros tiempos hipotéticos ni otras personas.

El sujeto inmediato de todas estas actividades salvíficas es cada Iglesia particular, antigua o joven, rica o pobre en medios y personal de la evangelización. Sin un auténtico compromiso por la misión ad gentes, no habrá ni nueva evangelización, ni una verdadera actividad pastoral.

19.            Repetidas veces, Juan Pablo II en la Redemptoris Missio ha querido llamar fuertemente la atención de la Iglesia sobre la importancia prioritaria de la misión ad gentes. Para el Papa la evangelización misionera “constituye el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre y a la humanidad entera en el mundo actual” (RMi 2d). Dice, además que es una “actividad primaria de la Iglesia, esencial y nunca concluida” (RMi 31b). Y la llama: “la tarea primordial de la Iglesia, que ha sido enviada a todos los pueblos, hasta los confines de la tierra. Sin la misión ad gentes, la misma dimensión misionera de la Iglesia estaría privada de su significado fundamental y de su actuación ejemplar” (RMi 34b).

En la mente del Pontífice, la misión ad gentes es la tarea más urgente de la Iglesia, también porque es la actividad que tiene el mayor número de desinatarios: “La actividad misionera representa aún hoy día el mayor desafío para la Iglesia ... Es cada vez más evidente que las gentes que todavía no han recibido el primer anuncio de Cristo son la mayoría de la humanidad” (RMi 40a). Hemos visto, en efecto, que los no cristianos son todavía más de 4000 millones, o sea dos terceras partes de la humanidad. Por eso, dice el Papa: “No podemos permanecer tranquilos si pensamos en los millones de hermanos y hermanas nuestros, redimidos también por la sangre de Cristo, que viven sin conocer el amor de Dios. Para el creyente, en singular, lo mismo que para toda la Iglesia, la causa misionera debe ser la primera, porque concierne el destino eterno de los hombres y responde al designio misterioso y misericordioso de Dios” (RMi 86d).

LA MISION: UN DERECHO DE LOS PUEBLOS

20.       A la luz de esta enseñanza, se comprende mejor el tema del anuncio misionero como un derecho de los pueblos. No se trata, evidentemente, de un derecho frente a Dios, lo cual sería contrario a la plena gratuidad del don de la fe y de la gracia. Hablamos de un derecho que tienen los pueblos a recibir el anuncio del Evangelio por parte de la Iglesia, la cual solamente “existe para evangelizar” (EN 14), y tiene el deber supremo de anunciar a Cristo a todos los pueblos (cfr. RMi 3d). Sobre este punto tenemos la doctrina estimulante de dos Pontífices: Pablo VI y Juan Pablo II.

21.       En la Evangelii Nuntiandi, hablando de las religiones no cristianas, Papa Pablo afirma: “La Iglesia piensa que estas multitudes tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo” (EN 53b). E insiste: “La Iglesia tiene ante sí una inmensa muchedumbre humana que necesita del Evangelio y tiene derecho al mismo” (EN 57a), y se funda en la palabra de Pablo, pues Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2.4). Al final de la Evangelii Nuntiandi, Pablo VI invita a “cada cristiano y cada evangelizador” a examinarse en profundidad, a través de la oración, sobre este pensamiento: “Los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por vergüenza, o por ideas falsas omitimos anunciarlo? Porque eso significaría ser infieles a la llamada de Dios que, a través de los ministros del Evangelio, quiere hacer germinar la semilla; y de nosotros depende el que esa semilla se convierta en árbol y produzca fruto” (EN 80f). Nos parece sentir en estas palabras toda el ansia misionera de San Francisco Javier, quien desde el lejano Oriente quería animar para la misión ad gentes a todos los universitarios la Sorbona de París!

22.       En la misma línea Juan Pablo II afirma: “A la ‘buena nueva’ han sido llamados y destinados todos los hombres. De hecho, todos la buscan, aunque a veces de manera confusa, y tienen derecho a conocer el valor de este don y la posibilidad de alcanzarlo. La Iglesia y, en ella, todo cristiano, no puede esconder ni conservar para sí esta novedad y riqueza, recibida de la divina bondad para ser comunicadas a todos los hombres” (RMi 11e). Y tras recordar que “nuevos pueblos comparecen en la escena mundial y también ellos tienen el derecho a recibir el anuncio de la salvación” (RMi 40b), el Papa afirma que el anuncio kerigmático “tiene por objeto a Cristo crucificado, muerto y resucitado”, y que “ésta es la ‘Buena Nueva’ que cambia al hombre y la historia de la humanidad, y que todos los pueblos tienen el derecho a conocer” (RMi 44c; 46d).

NUEVOS DESAFIOS DE LA MISION
AD GENTES EN Y DESDE EUROPA

23.            Además de las regiones lejanas, existen situaciones de misión ad gentes también ad intra.  En efecto, en varias regiones de Europa se necesita un primer anuncio del Evangelio... De hecho, Europa ha pasado a formar parte de aquellos lugares tradicionalmente cristianos en los que, además de una nueva evangelización, se impone en ciertos casos una primera evangelización”, como afrima el Santo Padre en la reciente exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa (EE 46) del 28 de junio de 2003. Está creciendo en Europa, así como en América, el número de personas no bautizadas, es decir de paganos, a causa de las migraciones,  pero también de la indiferencia religiosa. Además, se necesita una verdadera y auténtica misión ad gentes en amplios sectores sociales y culturales (cfr. EE 46; RMi 37 c).

Quisiera atraer Vuestra atención  sobre un punto vital para el influjo de Europa hacia el resto del mundo. Europa, desde los comienzos de la historia de la evangelización, ha tenido un papel fundamental de cara a los otros pueblos. El hecho de haber escogido, tempranamente, a Cristo como fermento de su cultura y de sus valores fundamentales, ha llevado a Europa hasta los confines de la tierra para proponer a otros pueblos el Evangelio, como camino de vida.

24.       En la hora actual, Europa sigue teniendo su  influjo mundial inalterado  e incluso creciente, gracias al poder de la tecnología y las técnicas mediáticas de información. Hoy en día, lamentablemente, una Europa empobrecida de contenidos cristianos, puede tener un influjo desastroso, en la medida en que no haya, en el interior de Europa, un esfuerzo de reevangelización de su cultura y de recuperación de su identidad cristiana. La crisis cultural y  religiosa, a causa de la atrofia progresiva de sus raíces cristianas, que está llevando a Europa a opciones éticas, económicas, culturales y políticas que se alejan progresivamente del Evangelio, está teniendo una repercusión negativa en los demás pueblos del mundo.

La Europa cristiana ha evangelizado el mundo; hoy, una Europa alejada de Cristo y empapada de materialismo práctico, puede, con su poder tecnológico y mediático, contribuir grandemente a la paganización del mundo. Permitidme matizar mi pensamiento con una experiencia de vida africana. El paganismo de muchos pueblos africanos, y de otras regiones del planeta, guarda siempre una relación con la divinidad y se alimenta de valores espirituales, mientras que el paganismo materialista y secularizante de Europa, y de otros pueblos, amenaza y debilita las mismas raíces del espíritu religioso del hombre.

De ahí la urgencia de una reevangelización de Europa, para la recuperación de sus raíces cristianas, a fin de  que, a través de su fuerte poderío, pueda proponer al mundo modelos de vida acordes con el Evangelio de Cristo. Reevangelizar la cultura de Europa es una tarea misionera que redunda en bien de la evangelización del resto del mundo.

Es probable que también en España se den situaciones de este tipo, a las que ciertamente todos Vosotros, con corazón de Pastores, estáis buscando los oportunos remedios, así como estáis comprometidos en la tarea de la nueva evangelización para llevar un renovado anuncio a los bautizados que se han alejado de Jesucristo y de su Iglesia (cfr. EE 47; RMi 33d).

24bis.  Una pregunta se impone: ¿Cómo reevangelizar la cultura de Europa?

La cultura europea  - ha repetido recientemente el Santo Padre -  da la impresión de una apostasía silenciosa, por parte de un hombre saciado, que vive como si Dios no existiera”. [4] Contemplamos con desconcierto en amplios sectores de las sociedades europeas, como un oscuro deseo de quererse alejar – incluso a toda prisa – de la fe cristiana. ¿Cómo dar respuesta a este impetuoso viento de secularización que amenaza con secar la raíz de la fe de Europa, su bautismo cristiano?

No tenemos otra respuesta que Cristo, vivo en su Iglesia. “Es necesario – afirma con vigor Juan Pablo II – volver a Cristo, fuente de toda esperanza, y caminar nuevamente con El. La Iglesia debe ofrecer a Europa el bien más grande que ningún otro puede darle: la fe en Jesucristo, fuente de esperanza que no defrauda”.

El Papa nos ha indicado, particularmente, algunos signos de esperanza surgidos en el ámbito específicamente eclesial (cfr. Ecclesia in Europa 13-17):

el gran signo de esperanza constituido por los numerosos testigos de la fe cristiana, especialmente los que han enfrentado el martirio en el último siglo. Ellos son un signo elocuente y grandioso que se nos pide contemplar e imitar.

la santidad de tantos hombres y mujeres que, con sencillez y en la existencia cotidiana, han dado testimonio de su fidelidad a Cristo.

La difusión de los nuevos movimientos y las nuevas comunidades eclesiales, en los que el Espíritu ha suscitado una renovada entrega al Evangelio, disponibilidad generosa al servicio, y una vida cristiana caracterizada por el radicalismo evangélico y el impulso misionero.

Los progresos logrados por el camino ecuménico, el crecimiento de la unidad entre los cristianos, no obstante los problemas aún pendientes y los nuevos que van surgiendo.

“La Europa de hoy exige la presencia de católicos adultos en la fe y de comunidades cristianas misioneras que den testimonio del amor de Dios a todos los hombres”. [5]

25.       A pesar de los desafíos misioneros en Europa, y en España, no se han de apagar, ni mucho menos, el ardor y el servicio misionero del pasado. La misión ad gentes, ad extra, ad vitam mantiene su permanente valor. El Papa estimula a Europa dicièndole: “El mismo ardor misionero debe animar a la Iglesia en la Europa de hoy. La disminución de presbíteros y personas consagradas en ciertos Países no ha de ser impedimento en ninguna Iglesia particular para que asuma las exigencias de la Iglesia universal... En otros Continentes, particularmente Asia y Africa, las Comunidades eclesiales observan todavía a las Iglesias en Europa y esperan que sigan llevando a cabo su vocación misionera. Los cristianos en Europa no pueden renunciar a su historia” (EE 64).

26.       Un tema particularmente delicado, para Europa y en el mundo entero, es el de “una correcta relación con el Islam”, cuyos adeptos llegan en número creciente a Europa y a otros continentes, creando nuevos problemas para la convivencia social y cristiana. El Sínodo europeo y el Santo Padre insisten en el valor de la libertad religiosa, a la vez que invocan una legítima “reciprocidad en la garantía de la libertad religiosa en Países de tradición religiosa distinta, en los cuales los cristianos son minoría” (EE 57). 

LA MISION AD GENTES:
UNA RESPUESTA  DESDE CRISTO

27.       Frente a los múltiples desafíos de la misión ad gentes, la Iglesia responde con el mejor servicio que puede brindar al hombre de hoy y de todos los tiempos: el Evangelio de Jesucristo, Dios en carne humana, crucificado, muerto y resucitado, para dar al mundo entero una vida en abundancia (cfr. Jn 10,10).  Se trata de una respuesta que mira a la salvación integral del hombre: alma, cuerpo, vida social, desarrollo global en todas sus dimensiones. La Iglesia quiere anunciar un kerigma sin recortes ni descuentos, en plena fidelidad al Evangelio de su Señor y Salvador. El Papa nos lo recordaba  al comienzo del milenio: “No, no será una fórmula lo que nos salve, pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde: ¡Yo estoy con vosotros! ... El programa ya existe... Se centra en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia” (NMI 29).

28.       A la luz de este primado de Cristo, tanto en la vida personal como en la vida social y eclesial, podremos enfrentar, con esperanza y creatividad, los desafíos del diálogo ecuménico, tan estrechamente vinculado a la misión, con el fin de alcanzar la unidad entre todos los que creremos en Cristo. La unidad ecuménica está finalizada a la misión: ¡Que todos seamos uno para que el mundo crea! como ha orado Jesús (cfr. Jn 17,21).

29.            Igualmente, la indispensable inculturación del Evangelio en las diferentes culturas podrá avanzar en la medida en que Cristo entra en el meollo de las culturas, “no como un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad” (EN 20), llegando a “alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad” (EN 19).

30.            También el diálogo con los seguidores de otras religiones puede ser leal y fructuoso si se realiza con corazón fiel a Cristo Salvador, buscando las semillas de la Palabra que el Espíritu ha sembrado en abundancia en todos los corazones y en la culturas de los pueblos.

31.            Asimismo, existe un modo cristiano de enfrentar los problemas interminables del desarrollo y de la promoción humana, o sea los desafíos de la pobreza, e incluso de la miseria y del empobrecimiento, que afectan a la mayor parte de nuestra humanidad; de igual manera, los problemas de la paz, la justicia, la integridad de la creación, las enfermedades, la educación, la comunicación social y tantos otros temas que forman parte de Vuestra reflexión y Vuestros compromisos en estos días, a la luz del Magisterio social de la Iglesia. En este terreno la meta es llegar a una verdadera globalización de la caridad, a una cultura y globalización de la solidaridad.

32.       Con esta perspectiva el evangelizador podrá superar el peligro de convertir la misión en un compromiso meramente social, organizativo, o incluso caritativo, descuidando a veces el anuncio explícito de Jesucristo y de su Evangelio. Asimismo, la comunidad cristiana no se sentirá satisfecha con el envío de containers para luchar contra el hambre y el subdesarrollo. No hay duda de que las ayudas económicas son extremamente útiles y, muy a menudo, necesarias para salvar numerosas vidas humanas. De todo ello somos testigos. Y Os lo dice un obispo africano que viene de un País muy pobre, la Guinea-Conakry. Recientemente un Director Nacional de las Obras Misionales Pontificias en Europa constataba que hoy día es mucho más fácil enviar un container que a un misionero.  

33.       En estos tiempos de crisis secularizante, ¿no podríamos actuar, movidos por la gracia del Espíritu, con un suplemento de fe? A ello nos invita el Santo Padre: “La misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola! La nueva evangelización de los pueblos cristianos hallará inspiración y apoyo en el compromiso por la misión universal” (RMi 2c). Si en el pasado España, desde una relativa abundancia de vocaciones, ha dado al mundo numerosos misioneros y misioneras, ahora el seguir dando vocaciones desde la pobreza puede constituir una enriquecedora experiencia evangélica. [6]

34.       Es tiempo de abrirse con esperanza a los inmensos horizontes de la misión ad gentes, sin recortes ni regateos. LA MISION ES LA ESENCIA DE LA IGLESIA, la cual “existe para evangelizar” (EN 14), porque nace de la Santa Trinidad y tiende a llevar a todos a vivir la vida trinitaria. Podemos decir, que la misión es esencial para el identikit de la Iglesia y pertenece al DNA del católico. Sin embargo, en numerosos ambientes y lugares eclesiales, la misión ad gentes resulta incómoda, parece ser tolerada, casi tiene que pedir permiso para existir, es admitida con resistencias y autorizada con salvedades.

Actitudes de este tipo serían contrarias a la enseñanza del Magisterio misionero: es suficiente leer el capítulo VI de la Redemptoris Missio sobre los “responsables y agentes de la pastoral misionera” (RMi 61-76) y el capítulo VII sobre “la cooperación en la actividad misionera” (RMi 77-86). Se afirma, entre otras cosas, que “la formación misionera del Pueblo de Dios es obra de la Iglesia local con la ayuda de los misioneros y de sus Institutos, así como de los miembros de las Iglesias jóvenes” (RMi 83). Para esta labor nada marginal, sino central en la vida cristiana, “las Iglesias locales han de incluir la animación misionera como elemento primordial de su pastoral ordinaria en las parroquias, asociaciones y grupos, especialmente los juveniles” (RMi 83).

LA SANTIDAD COMO MANANTIAL DE EVANGELIZACION

35.       Ante los vastos y entusiasmantes horizontes de la misión universal, que interpela nuestra identidad como cristianos, hay que reafirmar una prioridad en la cual la Iglesia cree sin el menor titubeo: la misión la han realizado siempre los santos. Hoy también, “el verdadero misionero es el santo” (RMi 90).

Al final del Jubileo y al comienzo del milenio, Juan Pablo II no duda en decir que “la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es la de la santidad... Hacer hincapié en la santidad es más que nunca una urgencia pastoral... Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este alto grado de la vida cristiana ordinaria” (NMI 30-31). La doctrina conciliar sobre la vocación universal a la santidad (cfr. LG cap. V, 39ss) recibe un nuovo impulso, para nosotros los misioneros y misioneras, en la Evangelii Nuntiandi de Pablo VI (EN 74-80) y en la Redemptoris Missio de Juan Pablo II, especialmente en el cap. VIII, dedicado a la “espiritualidad misionera” (RMi 87-92).

36.            Personalmente, vuelvo con frecuencia a estos textos, frutos de una especial inspiración del Señor; en ellos encuentro siempre nuevas motivaciones. La reflexión de Juan Pablo II arranca de esta afirmación: “La llamada a la misión deriva de por sí de la llamada a la santidad... La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión. Todo fiel está llamado a la santitad y a la misión” (RMi 90a). Son textos ricos de aplicaciones.

Además de afirmar que la entrega a la misión es un  camino de santidad que lleva a la perfección del amor, el Papa insiste en la estrecha vinculación entre misión/santidad, santidad/misión. Como si el Papa quisiera decirle a cada misionero y misionera: el Señor Jesús os ha llamado a la santidad de vida y, a la vez, a la misión. Para vivir en santidad es necesario mucho amor, el mismo amor que se necesita para ser misioneros. Santidad y misión son inseparables y se comprenden sólo en la lógica de la radicalidad del amor. Partiendo de estas premisas, se comprende la rotunda afirmación de la Redemptoris Missio: “Cada misionero, lo es auténticamente si se esfuerza en el camino de la santidad” (RMi 90a).

37.       Hay un segundo aspecto que me gusta proponer ante Vuestra atención. El Papa afirma, sin medias tintas, que “el misionero ha de ser un contemplativo en acción...  El contacto con los representantes de las tradiciones espirituales no cristianas, en particular, las de Asia, me ha corroborado que el futuro de la misión depende en gran parte de la contemplación. El misionero, si no es contemplativo, no puede anunciar a Cristo de modo creíble. El misionero es un testigo de la experiencia de Dios y debe poder decir como los Apóstoles: ‘Lo que contemplamos... acerca de la Palabra de vida..., os lo anunciamos’ (1Jn 1, 1-3)” (RMi 91b).

En verdad, evangelizamos ante todo con nuestra vida. Esto se entiende solamente a la luz del Evangelio. La Iglesia necesita hoy este tipo de misioneros y misioneras; de lo contrario, aun comprometiéndonos con todas nuestras energías por la misión, quedaríamos en un nivel puramente terreno, mientras que la obra de Jesús es comprensible sólo a la luz de la fe.

38.       El Papa nos advierte que “no basta renovar los métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor agudeza los fundamentos bíblicos y teológicos de la fe: es necesario suscitar un nuevo anhelo de santidad entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana” (RM 90c). En efecto, nosotros mismos comprobamos que el mundo está lleno de técnicos, sociólogos, políticos, teólogos, hombres de ciencias... Pero el hombre actual que siente necesidad de Dios, busca ante todo a los testigos que se Lo puedan comunicar de manera auténtica.

39.       El Evangelista Juan nos asegura: “Lo que contemplamos os lo anunciamos” (cfr. 1Jn 1,1-3). Como tarea para el nuevo milenio, el Santo Padre nos indica “un rostro para contemplar” (NMI 16ss), con la certeza de que el Cristo contemplado y amado ahora nos invita una vez más a ponernos en camino: ‘Id pues y haced discípulos a todas las gentes’ (cfr. Mt 28,19)... El mandato misionero nos introduce en el tercer milenio invitándonos a tener el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos. Para ello podemos contar con la fuerza del mismo Espíritu, que fue enviado en Pentecostés y que nos empuja hoy” (NMI 58).

40.       Como obispo africano, quisiera también someter a Vuestra consideración el tema misionero de las mutuas relaciones entre Iglesias hermanas, que están llamadas a inspirar sus contactos en los criterios evangélicos de la fraternidad y de la solidaridad. No entiendo hablar inmediatamente de las relaciones Norte-Sur, países ricos y países pobres. En todo caso este sería un aspecto posterior. La idea matriz de estas relaciones debería ser la “Iglesia como familia de Dios, tema en torno al cual se ha movido la Asamblea especial del Sínodo de Obispos para Africa en 1994, como aparece claramente en el mensaje final del mismo Sínodo y en la exhortación apostólica Ecclesia in Africa.

En el pasado mes de mayo fui llamado a paprticipar en París en un “Encuentro entre dos Iglesias-Hermanas: Africa y Europa”, en el cual hemos comprobado, por ambas partes, que el testimonio de amor fraterno y de comunión eclesial, así como el intercambio de experiencias y de proyectos pastorales entre cristianos tocan el corazón mismo de la misión hoy; contribuyen a realizar la comunión fraterna y universal, más allá de una simple entrega de ayudas materiales. El mundo de la fraternidad se enriquece recíprocamente con los insospechables recursos humanos, culturales y eclesiales de parte de todos.

EL CONGRESO NACIONAL DE MISIONES
EN BURGOS 2003: UN RELANZAMIENTO
DE LA MISION AD GENTES

41.            Queridos hermanos y hermanas, el mero hecho de este Congreso Nacional quiere decir que la Iglesia en España está decidida a mantener y fortalecer el compromiso por la misión ad gentes, enviando misioneros y sosteniendo con la cooperación misional la labor evangelizadora en el mundo. Por todo esto, recibid el sincero  reconocimiento y la gratitud del Dicaterio misionero de la Santa Sede. Quiero también felicitar a la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, que preside el Excmo. Señor Arzobispo de Sevilla, por la serie de publicaciones recientes sobre “La misión ad gentes y la Iglesia en España”, la “Guía de los sacerdotes diocesanos españoles en misiones”, el “Plan de acción” para el trienio 2002-2005.

Al comienzo de un nuevo siglo y milenio, este Congreso misionero de Burgos está llamado a convertirse en la plataforma de un renovado impulso misionero en España y desde España al mundo entero. Los fundamentos del pasado son sólidos y, a pesar de algunas incertidumbres en la hora presente, los planes para el futuro son prometedores, contando con el dinamismo del Espíritu.

CONCLUSION

42.            Volviendo a los dos iconos iniciales, recordamos que Antioquía era una comunidad dinámica y pujante, la primera después de Jerusalén; en Antioquía  los discípulos de Jesús empezaron a llamarse cristianos (cfr. Hch 11,26). Los discípulos eran todavía pocos y, ciertamente,  no tenían una “docena de comisiones pastorales...”. Sin embargo, Antioquía es un modelo de disponibilidad y de respuesta a la llamada del Espíritu, que pide el servicio misionero de Bernabé y Pablo. Eran los mejores, las dos columnas de esa comunidad, pero la comunidad no duda en desprenderse de ellos para que se entreguen a la misión ad gentes. Podemos decir: desde su pobreza dieron su mejor riqueza (cfr. Puebla 368). Este ha sido el resultado de un discernimiento realizado bajo la luz del Espíritu, en un clima de oración y ayuno. La disponibilidad misionera de nuestras Iglesias, antiguas y jóvenes, encuentra en Antioquía un punto de referencia ejemplar.

43.       En este contexto de generosa disponibilidad, acogemos las recientes palabras del Papa a la Iglesia en España, “tierra de fieles hijos de la Iglesia que ha dado tantos santos y misioneros[7] ; y la fuerte invitación: España, siguiendo un pasado de valiente evangelización, sé también hoy testigo de Jesucristo resucitado![8]

44.       Nos acompaña en el servicio misionero la Virgen María, que tuvo una presencia activa en los comienzos de la Iglesia y en los albores de la evangelización de España. Nos estimulan el ejemplo de santidad y el ardor de tantos misioneros y misioneras españoles, en todas las latutudes, a lo largo de los siglos, hasta los últimos que han sido canonizados en mayo pasado. Invocamos también la intercesión de los grandes misioneros que van a ser elevados al honor de los altares en el próximo mes de octubre: Mons. Daniel Comboni,  P. Arnold Jansen, P. José Freinademetz y la querida Madre Teresa de Calcuta.

45.       Hace 25 años el Santo Padre invitaba al mundo a abrir, sin miedo, las puertas a Cristo Salvador. Hoy nos lanza nuevamente, con su palabra y con su testimonio, por los caminos del ancho mundo misionero, para ser testigos de Jesucristo en España y en el mundo entero. 

¡MUCHAS GRACIAS!

Burgos, 18 de septiembre de 2003.


[1] Palabras antes del ‘Regina Caeli’ del domingo 4.5.2003.
[2] Homilía en la Misa de Canonizaciones, del domingo 4.5.2003.
[3] Publicados en el International Bulletin of Missionary Research, vol. 27, No. 1, enero 2003.
[4] Palabras de Juan Pablo II en la oración del Angelus, 13 de julio de 2003; cfr. Ecclesia in Europa 9.
[5] Juan Pablo II en la oración del Angelus, 27 de julio de 2003; cfr. Ecclesia in Europa 50.
[6] Cfr. Documento de Puebla, 1979, n. 368
[7] Palabras antes del Regina Caeli del domingo 4.5.2003
[8] Homilía en la Misa de Canonizaciones, del domingo 4.5.2003.

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