CONGRESO NACIONAL DE MISIONES 
HOMILÍA    


Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Antonio Mª Rouco Varela,
Cadenal Arzobispo de Madrid y
presidente de la Conferencia Episcopal Española

Ofrecemos lo esencial del texto de la homilía del Cardenal-arzobispo de Madrid y Presidente de la CEE, tal como lo ha publicado el semanario Alfa&Omega

D. Anotnio Mª RoucoSi alguien, por ejemplo un observador ajeno a la vida de la Iglesia, nos preguntase por la motivación primera y más honda de este Congreso Nacional de Misiones que hoy concluye en esta ciudad de Burgos, señera en la historia contemporánea de las Misiones en España, habría que responderle con toda la verdad que es el amor. El amor en el que Dios ha puesto la plenitud de la ley: el amor a Él y al prójimo. El amor que queremos cumplir para llegar a la vida eterna, tal como lo hemos suplicado en el Oración-Colecta con que habríamos la Liturgia de la Palabra.

Y, ciertamente, uno se acerca a las razones de la Conferencia Episcopal Española a la hora de acordar y decidir la celebración de este Congreso, nos encontraremos con la conciencia de la necesidad apremiante de promover la misión ad gentes, porque hemos de poder seguir hablando seriamente –sin sonrojarnos por nuestras inconsecuencias- de la urgencia de avivar y fortalecer la comunión eclesial, que no se logra de otro modo que a través de una experiencia fiel y plena –auténtica, en una palabra- del misterio de Cristo. ¿Es que acaso no ha sido un espíritu misionero, empapado del amor de Cristo, el que ha marcado los mejores y más fecundos períodos de la historia de la Iglesia en España? ¿Cómo no traer de nuevo a la memoria viva de los jóvenes católicos de hoy la figura del joven Francisco Javier y de su epopeya misionera?

Las experiencias contadas y compartidas estos días en Burgos reflejan la heroica actualidad de los misioneros hijos de la Iglesia que peregrina en España y de su entrega incondicional al servicio de la evangelización de todos los pueblos de la tierra, especialmente de los más atribulados y escarnecidos. Ellos son los misioneros y misioneras, ya en el ocaso de la vida, celebrando Bodas de Oro con la Misión en África, Asia, América..., que siguen firmes, con entereza cristiana singular, en las fronteras más espinosas y sacrificadas de los países donde más se requiere el anuncio del Evangelio, y donde más se anhela la presencia de los que encarnan en sus vidas con testimonio vivo. Ahí están, ellas y ellos, sin desfallecer en su amor a Cristo y a los hermanos. Deberíamos besarles las huellas, dejadas por sus pasos en la tierra de nuestras Iglesias y de sus diócesis de origen. Físicamente cansados, sí; pero espiritualmente, en cambio, sembrando de nuevas semillas los caminos de la misión y demostrando la perenne actualidad del Reino de Dios. Y son los jóvenes de nuestros días que sienten renacer la llamada de la misión en sus corazones, dispuestos a comprometer toda su existencia por Cristo y su Evangelio. Los hay, y se los encuentra, no tan infrecuentemente como muchos piensan y otros afirman, dentro y fuera de los ámbitos de la Iglesia. Y, luego, los laicos y las familias misioneras que, en un gesto de desprendimiento y abandono en las manos amorosas de la Providencia del Padre que está en los Cielos, asombrosamente generoso, asumen el reto de la misión en una nueva forma de ser testigos del Evangelio de Cristo en la que la síntesis de la palabra y de la vida se presenta, por un lado, humilde y sencilla; pero, por otro, extraordinariamente auténtica y, consiguientemente, ejemplar y convincente.

El verdadero amor

No, no hay ni opera en el trasfondo real de esta historia de la Iglesia misionera en España y de su presente, tan humana y tan sobre-humana a la vez, otra razón decisiva que no sea el amor, ¡el verdadero amor! Todo lo demás es secundario.

Celebramos la Santa Misa delante de las reliquias de Santa Teresa de Lisieux, verdadera maestra de la Iglesia contemporánea en el conocimiento de ese amor. Su amor, por serlo sin tapujo alguno, fue plenamente cristiano y, por tanto, profundamente misionero en el tiempo y en la eternidad. Hay que oírla a ella misma cuando, al final de su jovencísima vida en su acto de ofrenda al amor misericordioso de Dios, dice: “Puesto que me has amado hasta darme tu único Hijo para que fuese mi Salvador y mi Esposo, los tesoros infinitos de sus méritos son míos; te los ofrezco gustosa, suplicándote que no me mires sino a través de la Faz de Jesús y en su corazón abrasado de amor”. Oigámosla de nuevo: “¡Oh Jesús, amor mío! Por fin he hallado mi vocación: en el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor. ¡Así lo seré todo! Así mi sueño se verá realizado”. El sueño de la pequeña Teresa, discípula fidelísima de la Santa de Ávila –la Santa Madre, como la conocen sus hijas las carmelitas de todos los tiempos-, se realizaría prodigiosamente: haría descender una lluvia de rosas después de su muerte sobre la Iglesia y los hombres de nuestro tiempo, como ella misma lo había presagiado. En lo más íntimo de la experiencia mística de la pequeña Teresa alentaba el carisma de la sublime reformadora del Carmelo: “Considero yo muchas veces –decía santa Teresa de Jesús-, Cristo mío, cuán sabrosos y cuán deleitosos se muestran vuestros ojos a quien os aman y Vos, Bien mío, queréis mirar con amor. Paréceme que solo una vez de este mirar tan suave a las almas que tenéis por vuestras, basta por premio de muchos años de servicio”. ¡La hija merecía de verdad ser llamada e invocada Patrona de las Misiones y Doctora de la Iglesia como la madre!

Siempre que en la historia de la Iglesia se ha conseguido abrir nuevas puertas a esa fórmula del verdadero amor, que tan genialmente ha revivido para nuestro tiempo Teresa de Lisieux, entonces ha brotado con un nuevo y arrollador impulso espiritual y apostólico el compromiso misionero. También nos sucederá sí a los cristianos –pastores y fieles- del siglo XXI, a la Iglesia en España del tercer milenio.

Con la Virgen, nuestra Madre, la Estrella de la Evangelización, nos será posible corresponder al reto del Papa en su despedida del 4 de mayo en Madrid –“España evangelizadora, España Evangelizadora...,ése es el camino”, exclamaba-. Corresponderemos con un sí, con sí rotundo al compromiso misionero: ¡España misionera para siempre! ¡Ése es nuestro camino!

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