Ofrecemos
lo esencial del texto de la homilía del
Cardenal-arzobispo de Madrid y Presidente de la
CEE, tal como lo ha publicado el semanario Alfa&Omega |
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Si
alguien, por ejemplo un observador ajeno a la vida de la Iglesia,
nos preguntase por la motivación primera y más
honda de este Congreso Nacional de Misiones que hoy concluye
en esta ciudad de Burgos, señera en la historia contemporánea
de las Misiones en España, habría que responderle
con toda la verdad que es el amor. El amor en el que Dios
ha puesto la plenitud de la ley: el amor a Él y al
prójimo. El amor que queremos cumplir para llegar a
la vida eterna, tal como lo hemos suplicado en el Oración-Colecta
con que habríamos la Liturgia de la Palabra.
Y, ciertamente, uno se acerca a las razones de la Conferencia
Episcopal Española a la hora de acordar y decidir la
celebración de este Congreso, nos encontraremos con
la conciencia de la necesidad apremiante de promover la misión
ad gentes, porque hemos de poder seguir hablando seriamente
–sin sonrojarnos por nuestras inconsecuencias- de la
urgencia de avivar y fortalecer la comunión eclesial,
que no se logra de otro modo que a través de una experiencia
fiel y plena –auténtica, en una palabra- del
misterio de Cristo. ¿Es que acaso no ha sido un espíritu
misionero, empapado del amor de Cristo, el que ha marcado
los mejores y más fecundos períodos de la historia
de la Iglesia en España? ¿Cómo no traer
de nuevo a la memoria viva de los jóvenes católicos
de hoy la figura del joven Francisco Javier y de su epopeya
misionera?
Las experiencias contadas y compartidas
estos días en Burgos reflejan la heroica actualidad
de los misioneros hijos de la Iglesia que peregrina en España
y de su entrega incondicional al servicio de la evangelización
de todos los pueblos de la tierra, especialmente de los más
atribulados y escarnecidos. Ellos son los misioneros y misioneras,
ya en el ocaso de la vida, celebrando Bodas de Oro con la
Misión en África, Asia, América..., que
siguen firmes, con entereza cristiana singular, en las fronteras
más espinosas y sacrificadas de los países donde
más se requiere el anuncio del Evangelio, y donde más
se anhela la presencia de los que encarnan en sus vidas con
testimonio vivo. Ahí están, ellas y ellos, sin
desfallecer en su amor a Cristo y a los hermanos. Deberíamos
besarles las huellas, dejadas por sus pasos en la tierra de
nuestras Iglesias y de sus diócesis de origen. Físicamente
cansados, sí; pero espiritualmente, en cambio, sembrando
de nuevas semillas los caminos de la misión y demostrando
la perenne actualidad del Reino de Dios. Y son los jóvenes
de nuestros días que sienten renacer la llamada de
la misión en sus corazones, dispuestos a comprometer
toda su existencia por Cristo y su Evangelio. Los hay, y se
los encuentra, no tan infrecuentemente como muchos piensan
y otros afirman, dentro y fuera de los ámbitos de la
Iglesia. Y, luego, los laicos y las familias misioneras que,
en un gesto de desprendimiento y abandono en las manos amorosas
de la Providencia del Padre que está en los Cielos,
asombrosamente generoso, asumen el reto de la misión
en una nueva forma de ser testigos del Evangelio de Cristo
en la que la síntesis de la palabra y de la vida se
presenta, por un lado, humilde y sencilla; pero, por otro,
extraordinariamente auténtica y, consiguientemente,
ejemplar y convincente.
El verdadero amor
No, no hay ni opera en el trasfondo real
de esta historia de la Iglesia misionera en España
y de su presente, tan humana y tan sobre-humana a la vez,
otra razón decisiva que no sea el amor, ¡el verdadero
amor! Todo lo demás es secundario.
Celebramos la Santa Misa delante de las
reliquias de Santa Teresa de Lisieux, verdadera maestra de
la Iglesia contemporánea en el conocimiento de ese
amor. Su amor, por serlo sin tapujo alguno, fue plenamente
cristiano y, por tanto, profundamente misionero en el tiempo
y en la eternidad. Hay que oírla a ella misma cuando,
al final de su jovencísima vida en su acto de ofrenda
al amor misericordioso de Dios, dice: “Puesto que me
has amado hasta darme tu único Hijo para que fuese
mi Salvador y mi Esposo, los tesoros infinitos de sus méritos
son míos; te los ofrezco gustosa, suplicándote
que no me mires sino a través de la Faz de Jesús
y en su corazón abrasado de amor”. Oigámosla
de nuevo: “¡Oh Jesús, amor mío!
Por fin he hallado mi vocación: en el corazón
de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor. ¡Así
lo seré todo! Así mi sueño se verá
realizado”. El sueño de la pequeña Teresa,
discípula fidelísima de la Santa de Ávila
–la Santa Madre, como la conocen sus hijas las carmelitas
de todos los tiempos-, se realizaría prodigiosamente:
haría descender una lluvia de rosas después
de su muerte sobre la Iglesia y los hombres de nuestro tiempo,
como ella misma lo había presagiado. En lo más
íntimo de la experiencia mística de la pequeña
Teresa alentaba el carisma de la sublime reformadora del Carmelo:
“Considero yo muchas veces –decía santa
Teresa de Jesús-, Cristo mío, cuán sabrosos
y cuán deleitosos se muestran vuestros ojos a quien
os aman y Vos, Bien mío, queréis mirar con amor.
Paréceme que solo una vez de este mirar tan suave a
las almas que tenéis por vuestras, basta por premio
de muchos años de servicio”. ¡La hija merecía
de verdad ser llamada e invocada Patrona de las Misiones y
Doctora de la Iglesia como la madre!
Siempre que en la historia de la Iglesia
se ha conseguido abrir nuevas puertas a esa fórmula
del verdadero amor, que tan genialmente ha revivido para nuestro
tiempo Teresa de Lisieux, entonces ha brotado con un nuevo
y arrollador impulso espiritual y apostólico el compromiso
misionero. También nos sucederá sí a
los cristianos –pastores y fieles- del siglo XXI, a
la Iglesia en España del tercer milenio.
Con la Virgen, nuestra Madre, la Estrella de la Evangelización,
nos será posible corresponder al reto del Papa en su
despedida del 4 de mayo en Madrid –“España
evangelizadora, España Evangelizadora...,ése
es el camino”, exclamaba-. Corresponderemos con un sí,
con sí rotundo al compromiso misionero: ¡España
misionera para siempre! ¡Ése es nuestro camino!