Anastasio Gil García
Secretario General del Congreso
“Es la hora de Dios. Esta
es la hora de renovar la vida interior de nuestras comunidades
eclesiales y emprender una fuerte acción pastoral
y evangelizadora en el conjunto de la sociedad española”.
El
eco de estas palabras del Papa, dirigidas a los Obispos de
España el día 15 de junio de 1993, ha resonado
en quienes recibimos el encargo de preparar la celebración
de un Congreso Nacional de Misiones en España durante
el presente trienio. Ellas inspiraron la propuesta del lema:
¡Es la hora de la misión!
Cuando está a punto
de clausurarse este encuentro misionero, corresponde a la
Secretaría General hacer memoria de cuanto ha sucedido
entre nosotros. Nada mejor que recordar palabras del apóstol
Juan: “Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que
contemplaron y tocaron nuestras manos, lo que hemos visto
y oído os lo anunciamos para que vosotros estéis
en comunión con nosotros” (1 Jn 1, 1-3).
Hemos visto con nuestros
propios ojos cómo la Iglesia de Jesucristo se hace
presente en los más diversos rincones de la tierra
por medio de la palabra y del testimonio de sus enviados:
los apóstoles del Señor. Hemos visto a presbíteros,
religiosos y religiosas y a laicos que gastan su vida al servicio
de la misión. No importa tanto subrayar el lugar ni
el ámbito. Allí donde hay un hermano, allí
se hace presente el rostro de Dios por mediación de
estos elegidos. Hemos visto presentes, entre nosotros, a quienes
trabajan en la acción misionera de cada Iglesia particular
de España, desde los Consejos diocesanos de misiones,
desde el carisma propio de Congregaciones e Institutos religiosos
y seculares, o desde las Asociaciones de laicos misioneros.
Hemos visto una Iglesia viva que, movida por la gracia del
Espíritu Santo, desea renovarse, convertirse, caminar...
para hacer realidad el mandato del Señor: “Id
y anunciad...”.
Hemos oído a alguno
de nuestros hermanos lo que está haciendo el Espíritu
de Dios en otras Iglesias. Hemos escuchado sus experiencias,
testimonios, reflexiones, palabras de esperanza, denuncias,
interrogantes, interpelaciones... en definitiva, sus gritos
y susurros. Se ha renovado en nuestro corazón la Palabra
de Dios en las celebraciones litúrgicas y en la oración.
Después de todo
lo que ha ocurrido entre nosotros, nos damos cuenta que, en
verdad, ha llegado, de nuevo, la hora de la misión.
Este Congreso no puede ser -nos negamos que así sea-
el final del camino. Es, por el contrario, el comienzo de
una nueva etapa en la acción pastoral de la Iglesia.
La Asamblea General del Episcopado español en su actual
Plan de Pastoral ofrece los elementos de esta nueva singladura.
Ahora entendemos mejor el motivo por el que somos invitados
a una pastoral misionera (n.35) en el conjunto de la pastoral
esperanzada (n.13). Si algo se puede decir de este Congreso
es que es “la hora de la esperanza”. Los hombres
están llenos de preguntas, nosotros llevamos la respuesta.
Por eso nuestra participación en el Congreso es un
don, pero también un compromiso. Las comunidades eclesiales
en las que vivimos y celebramos la fe esperan de nosotros
que les digamos lo que hemos visto y oído. Necesitan
de la fuerza que hemos recibido. Estamos seguros que Dios
nos acompañará para no defraudarles.
Los moderadores de cada
sesión han presentado en la Secretaría General
un valioso trabajo que recoge las ideas, retos, interrogantes,
aportaciones y compromisos que, en su opinión y del
grupo que con ellos ha colaborado, consideran más importantes.
Son tan ricas y sugerentes las aportaciones, que necesitan
de un trabajo remansado para articular lo que podrían
considerarse las conclusiones del Congreso. Una vez elaboradas
os las haremos llegar a todos junto con la publicación
de las Actas del Congreso.
No obstante, ofrecemos
a los congresistas algunos indicadores de estas propuestas.
El Congreso, en primer lugar,
nos urge a contemplar con los ojos de Dios:
Cómo
el amor misericordioso y salvador de Dios está también
en los que aún no le conocen, independientemente
del ámbito social, cultural o territorial en el que
se encuentre.
Cómo
las comunidades cristianas están llamadas a mostrar
la universalidad de la Iglesia y a crecer para que, en su
seno, nazcan vocaciones para la misión.
Cómo
las “Semillas del Verbo”, depositadas en el
interior de tantas culturas y religiones, fructifican en
quienes, por la acción misionera de la Iglesia, descubren
al Dios único y verdadero, y reciben el don de la
fe.
Cómo
la Iglesia misionera está presente en los países
donde los conflictos sociales y políticos sumen a
sus habitantes en la pobreza y en la miseria, en la marginación
y en la exclusión.
Cómo
la oración de gratitud, alabanza y petición
y el sacrificio escondido y redentor de los cristianos son
el punto de apoyo para tantos misioneros y misioneras que,
por vocación, entregan su vida al servicio de la
misión.
Cómo
el dueño de la mies va suscitando vocaciones para
la misión en las Iglesias jóvenes, asumiendo
de esta manera el mandato divino de ir a otros lugares para
anunciar el Evangelio.
 Cómo
en estos días los congresistas hemos sido confirmados
en la fe y fortalecidos para asumir con mayor generosidad
nuestra responsabilidad misionera.
Desde la contemplación,
el Congreso nos invita a la conversión,
para examinar nuestras conciencias y nuestras conductas ante:
Cobardías
o aplazamientos que dificultan salir de nuestra tierra,
de nuestras seguridades, y responder con generosidad a la
llamada de Dios para la misión.
Propuestas
pastorales que se circunscriben únicamente a las
fronteras de la comunidad eclesial de pertenencia, reduciendo
la cooperación con otras Iglesias a simples acciones
puntuales u ocasionales.
Las
actitudes de desconfianza y de sospecha sobre el trabajo
apostólico de otros que “no son de los nuestros”,
rompiendo el don de la comunión eclesial.
Los
silencios que amordazan nuestro testimonio para confesar,
vivir y celebrar la fe en Jesucristo, Salvador, y en la
Iglesia como germen, signo e instrumento del Reino.
Las
lamentaciones estériles que nacen del pesimismo y
de la falta de esperanza. Mirar nostalgia el pasado esteriliza
la fecundidad de la presencia salvadora de Dios.
 Los
evidentes signos de egoísmo que hacen disminuir la
cooperación económica con los más necesitados,
con la complicidad, en ocasiones, de quienes lo justifican
por atender otras “necesidades” más próximas
e inmediatas.
La conversión abre
el corazón al compromiso. Este Congreso
nos ha recordado con fuerza que ha llegado la Hora
de la misión para que:
La
dimensión misionera se haga más presente en
los proyectos pastorales de las comunidades cristianas,
especialmente en los atienden la iniciación cristiana
de niños, jóvenes y adultos. La conciencia
misionera nace, crece y madura en armonía con la
formación integral de los fieles.
La
responsabilidad misionera se integre como elemento esencial
en la formación de los candidatos al sacerdocio y
a la vida consagrada. La responsabilidad misionera no es
exclusiva de especialistas, sino de todos.
Los
responsables de la pastoral tengamos la certeza de que el
dueño de la mies suscitará muchas vocaciones
misioneras en los jóvenes que participan en los distintos
grupos de formación. Nuestra palabra, oración
y testimonio será la ocasión para que los
llamados descubran que vale la pena entregar la vida por
el Evangelio.
La
vocación específica misionera de presbíteros,
de religiosos y religiosas y de laicos sea suscitada, acogida
y acompañada por la Iglesia particular como un don
de Dios que hace visible en esa comunidad la universalidad
del ministerio y del servicio.
Las
Instituciones misioneras, sin perder su originalidad y carisma
específico, trabajen conjuntamente con la Comisión
Episcopal de Misiones al servicio de la animación
y formación misioneras de las diócesis y de
las comunidades eclesiales.
Las
cuatro Obras Misionales Pontificias -Propagación
de la Fe, San Pedro Apóstol, Infancia Misionera y
Pontificia Unión Misional? se fortalezcan con renovado
vigor en la dirección nacional y en las direcciones
diocesanas. Estas Obras, de carácter pontificio y
episcopal, aseguran la universalidad de nuestra cooperación,
sin reduccionismos particularistas.
La
situación de precariedad social y sanitaria de los
laicos misioneros, y de no pocos religiosos, se subsane
con soluciones jurídicas y legales, sin desvirtuar
su identidad de voluntarios y misioneros.
La
cooperación personal de la Iglesia en España
se incremente mediante el envío de nuevos misioneros
y misioneras a la misión en continuidad con el trabajo
de quienes por edad o enfermedad han de retornar. Es la
hora de la continuidad, no del relevo.
Las
Iglesias particulares asuman el estilo de las primeras comunidades,
que compartían sus bienes con las otras Iglesias
más necesitadas. Urge poner más empeño
en presentar la cooperación económica con
la actividad misionera de la Iglesia, como exigencia de
la fe y vida cristiana y no como simple ayuda asistencial.
Los
nuevos ámbitos culturales y sociales de la misión
ad gentes sean objeto de una acción específicamente
misionera de la Iglesia, donde el primer anuncio preceda
a otras acciones evangelizadoras de la Iglesia como es la
catequesis y la acción específicamente pastoral.
 La
denuncia firme y clara de las situaciones de conflicto en
las que se encuentran tantos países se inspire en la
enseñanza de la Doctrina Social de la Iglesia. La Buena
Noticia del Evangelio, portadora de misericordia y perdón,
hace posible la implantación de la justicia y la presencia
de los valores del Reino de Dios.
Estos indicadores dibujan
en el horizonte algunos de los objetivos que se han de alcanzar
en un futuro próximo. Durante estos días la
palabra y el testimonio de quienes han participado en el Congreso
ha resonado en nuestros corazones. Ha llegado la hora de entregar
lo que gratis hemos recibido. Ha llegado la hora de contribuir
de manera decidida en la transformación misionera de
nuestras comunidades cristianas. Ha llegado la hora de poner
la mano en el arado y mirar hacia delante para anunciar el
amor de Dios que se nos ha entregado en Jesucristo.
Deseo concluir con palabras
de agradecimiento para quienes han trabajado en la oscuridad
en la preparación del Congreso. A Mary Carmen García
Castro y con ella a Gloria Delgado, Juan Martínez,
César Gil y al equipo de la Delegación diocesana
de Burgos, muchas gracias.
Burgos, 21 de septiembre de
2003
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