Al
finalizar este Congreso Nacional de Misiones tenemos que decir
que la misión ad gentes, las misiones, no
son aquello en lo que nos hemos ocupado, sino espíritu
del amor a Jesucristo que vive en nosotros y nos impulsa a
llevar su nombre a todos los pueblos.
Pero, una vez más resuenan las palabras
Juan Pablo II: "Debemos ser conscientes de que no será
posible reclamar una eficaz obra de evangelización
sin relanzar el ímpetu misionero de nuestras comunidades
cristianas". Con estas palabras se dirigía el
Papa a los participantes en el VI Simposio de las Conferencias
episcopales europeas (11-10-85).
Pues, "La misión de Cristo
Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos
de cumplirse. A finales del segundo milenio después
de su venida, una mirada global a la humanidad demuestra que
esta misión se halla todavía en los comienzos
y que debemos comprometemos con todas nuestras energías
en su servicio". Estas palabras de Juan Pablo II, con
las que inicia la encíclica Redemptoris missio,
indican la oportunidad de la carta y la urgencia de la actividad
misionera y la oportunidad de este Congreso que ahora clausuramos.
Algunas lecciones, quizás un tanto olvidadas, las hemos
vuelto a repasar estos días. También hemos podido
revisar el grado de vitalidad y eclesialidad de nuestras comunidades
cristianas confrontámdolo con el interés por
lo misionero.
Hemos vibrado con los mejores sentimientos
de fidelidad a Cristo y en el deseo evangelizador al contemplar
el admirable testimonio de tantos misioneros y misioneras,
no solamente aquellos que nos han acompañados estos
día, sino esos 20.000 hermanos y hermanas salidos de
nuestras Iglesias particulares y repartidos ahora por todo
el mundo.
Nos hemos podido, en fin, confirmar en
el convencimiento de que es imprescindible en nuestras Iglesia
el impulsar la acción misionera. Que la misión
ad gentes sigue siendo necesaria, prioritaria y urgente.
Que se necesitan motivaciones y estímulos que llenen
de entusiasmo a las nuevas generaciones, pues es necesario
el relevo misionero con nuevas vocaciones.
Sean dadas gracias a Dios, dador de todo
bien, y a Jesucristo, y a la Virgen María. Y también
a la Conferencia Episcopal Española que nos ha convocado
a este Congreso. Al Nuncio de Su Santidad, que nos ha traído
la bendición y la presencia del Santo Padre. Así
como al Arzobispo de Burgos, que con tanta benevolencia nos
ha acogido. A las autoridades e instituciones que nos ayudaron
con su apoyo y con los recursos que necesitábamos.
A los ponentes y a todos los que han participado con su sabiduría
y con su testimonio. A tantos y tantos colaboradores, unos
bien conocidos, otros en la discreción de un trabajo
tan escondido como eficaz.
De una manera particular, la gratitud y
reconocimiento a don Anastasio Gil García, Director
del Secretariado de la Comisión Episcopal de Misiones
y Secretario general de este Congreso, por el ingente trabajo
realizado y por el espíritu de generosidad que ha tenido
en todo momento. Junto a él, Don Alejandro García
González, Delegado Diocesano de Misiones de la diócesis
de Burgos y a todos sus colaboradores.
Muchas gracias a todos y que Dios, con
la insondable abundancia de su generosidad, os lo premie.