Nota: para que nos hagamos
una idea de la situación económica de estos países
recordaré que el ingreso anual medio en África Subsahariana
es de 490 dólares.
Dios
no excluye a nadie
Ante el hecho de la pobreza
y la exclusión masiva hay que dejar bien establecido
que éstas no son queridas por Dios, mucho menos son
obra de Dios. Frente al concepto de un Dios intervencionista
y arbitrario, en el sentido de que podría, si quisiera,
eliminar los males del mundo, hemos de situarnos en
la perspectiva de un Dios exquisitamente respetuoso
de la autonomía de las realidades mundanas que, si
por una parte muestran la consistencia de su propia
realidad, por otra parte manifiestan sus límites:
“Un mundo en evolución no puede realizarse sin
choques ni catástrofes; una vida limitada no puede
escapar al conflicto, al dolor y a la muerte; una
libertad finita no puede excluir la situación de límite,
del fallo y de la culpa”
[8] . Dada su decisión de crear, Dios no puede
evitar estas consecuencias en la criatura sin contradecirse.
El hecho de la exclusión y de la pobreza se debe,
sobre todo, al fallo y a la culpa que una libertad
finita, humana, hace posible.
La decisión de crear, por
parte de Dios, es un acto de amor infinito. El amor
creador y redentor de Dios incluye a todo y a todos
y tiene como única frontera la realización de la creación
y de la humanidad hasta su plenitud. La redención
impulsa a todo ser humano hacia la consumación de
todas sus posibilidades, es decir hacia la santidad.
El amor de Dios no tiene límites: no excluye a nadie
ni puede ser contrarrestado por condicionamiento alguno;
tiende a superar los obstáculos que le oponen resistencia
(egoísmo, codicia, orgullo, injusticia y la violencia
que a todo esto acompaña) aunque todavía diste mucho
de lograr su cumplimiento. El amor ilimitado de Dios
se hace activo en todo el proceso creador y en la
historia de la humanidad; está presente en la vida
de cada ser humano, sin excepción, intentando vivificarla
y fecundarla. Dios no excluye a nadie ni se da en
él el tipo de elección que supondría dejar fuera de
su predilección a un solo ser humano; cuanto menos
a una parte tan enorme de la humanidad. Por el contrario,
como nos muestra Jesús, el amor de predilección del
Padre tiene como principal objeto a los pobres y marginados.
La
exclusión y la pobreza son obra nuestra
Según Fukuda-Parr, autor principal
del informe del PNUD-2003, la pobreza humana no es
en absoluto inevitable. “La historia nos muestra que
es posible superarlas: en las últimas tres décadas
la esperanza de vida en los países pobres aumentó
en 8 años y el analfabetismo se redujo a la mitad”.
Sin embargo se da un notable retroceso en el desarrollo
humano de alguno de los países más pobres.
Mucho más severo es el juicio
emitido por Jean Ziegler sobre la responsabilidad
que tenemos con referencia al hambre en el mundo.
Este relator de la ONU para el derecho a la alimentación
calificó la situación alimentaria mundial de “genocidio
silencioso”,“crimen contra la humanidad”,
porque el mundo nunca ha sido tan rico y podría alimentar
a la humanidad cómodamente. Sin embargo, a causa del
hambre, siguen muriendo diariamente 100.000 personas
en el mundo. Ziegler concluye diciendo: “No se
trata ni de fatalidad ni de ley superior o decreto
de Dios, es un asesinato. Para cada víctima del hambre
hay un asesino. Nos enfrentamos a una masacre deliberada,
cotidiana, que ocurre en una especie de normalidad
gélida”.
Respuesta
misionera de la Iglesia
La respuesta misionera de
la Iglesia ante esta situación de exclusión masiva
debe ser la expresión de un dinamismo que arranca
desde el Misterio Absoluto del amor de Dios Trinidad,
intra-relacional, eterno e inefable, que quiso comunicarse
a la humanidad por propia iniciativa y gracia, a través
de numerosos caminos (creación, conservación en la
existencia, providencia), pero ante todo, de manera
especial, por el envío de su Hijo bien amado Jesucristo
y de su Espíritu, por el que nos hace hijos de adopción
[9] .
La Iglesia
toma conciencia de su naturaleza misionera en una
doble experiencia espiritual. La primera, que es fundamental
y base de todo lo demás, es el encuentro en la fe
con Jesús de Nazaret, confesado Cristo. Consecuencia
de este encuentro, de esta fe, es el amor sincero
y profundo hacia todos los hombres y todo su universo.
La conciencia
misionera de la Iglesia se apoya también en el mandato
misionero, es decir, en la conciencia que tiene la
Iglesia de ser enviada por el Resucitado para proclamar
el evangelio y establecer el Reino de Dios
Jesús vino a establecer el
Reino de Dios, un Reino fundado en la experiencia
personal que los humanos hacemos en Jesucristo del
Dios-Amor y que comporta una hermandad inclusiva de
todos y de todo. Su realización en plenitud es trascendente,
pero actúa ya, aquí y desde ahora, para mejorar la
vida de cada ser humano a través de la fraternidad
sin fronteras. Es aquí donde la Iglesia lleva a cabo
su misión -una misión urgente- intentando derribar
las barreras de exclusión.
Toda
acción para mejorar la condición humana, para humanizar
la creación, es una toma de posición en favor del
Reino, aunque las razones conscientes que motiven
nuestro empeño no estén explícitamente orientadas
hacia Dios. En este sentido, las acciones de personas
de buena voluntad y de organizaciones no confesionales
constituyen un compromiso por el Reino.
Hay, sin embargo, una manera específica
en la que el cristiano, personal y comunitariamente,
manifiesta y realiza el Reino de Dios. En la experiencia
que el cristiano tiene de Jesús, del Dios de Jesús,
percibe a Dios como “Abba”
[10] (término entrañable para designar
al Padre) y así lo manifiesta. Esta paternidad universal
de Dios funda una hermandad que va mucho más allá
de la solidaridad basada en el hecho de participar
de la misma humanidad. La hermandad cristiana se apoya
en la conciencia de participar de la misma vida de
Dios que Jesús quiere que tengamos en abundancia [11] : para eso ha venido; esa es
la voluntad del Padre. Una vida llamada a la plenitud
de la perfección: “Sed perfectos como el Padre” [12] . Nuestra fraternidad cristiana es fruto del amor con el
que el Padre nos ama, fruto del Espíritu derramado
en nuestros corazones. La conciencia que tenemos de
ese amor nos empuja a amar a los demás sin excepción.
El compromiso del cristiano en favor del otro no hace
omisión de nadie, lo mismo que el amor del Padre no
excluye a nadie: “Habéis oído que se dijo:
Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues
yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rezad por los
que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro
Padre del cielo que hace salir su sol sobre malos
y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos”
[13] .
El amor del Padre actúa en
nosotros y, a través de nosotros, en todo ser humano
y en la creación entera, ya aquí y ahora. Este amor
infinito, sin medida, no se agota en el aquí y ahora
de nuestra existencia humana sino que salta
hasta la vida eterna. Este amor extremado de Dios
abre perspectivas de trascendencia a quienes se
angustian encerrados en las barreras que imponen el
tiempo y el espacio. La toma de conciencia del carácter
trascendente del destino humano es común a todas,
o casi todas, las religiones Pero la trascendencia
cristiana tiene también un carácter específico. Se
funda en una percepción especial de Dios como amor
incondicional, el Abba de Jesús que, en su Hijo, nos
da vida eterna y nos llama a ser perfectos como el
Padre.
Aunque el cristiano tenga
una percepción específica de la fraternidad humana
y de la realización plena y transcendente de su ser,
el compromiso en favor del hombre es un terreno privilegiado
de encuentro y de colaboración con cuantos se empeñan
por mejorar la suerte del hombre y con cuantas religiones
y culturas dan un sentido transcendente a la vida
humana y a las aspiraciones del hombre. Es además
un encuentro real, en la verdad de un compromiso de
vida, más auténtico que el diálogo sobre conceptos
y creencias. El diálogo reconoce la dignidad de los
seres humanos y puede estar abierto a una perspectiva
de transcendencia, sin empeñarse en transformar este
orden mundial, cuyas estructuras marginan a una parte
tan enorme de la humanidad. El vigente orden mundial
acrecienta la riqueza pero la concentra, cada vez
más, entre las manos de un número más reducido de
personas. Es misión urgente de la Iglesia hacer tomar
conciencia a los cristianos (y a través de ellos a
la comunidad humana) de la necesidad de corregir este
orden de exclusión, que es un orden de pecado en cuanto,
por intereses creados, por codicia y egoísmo, excluye
a millones de seres humanos de su derecho a
una vida digna, justificando además dicha exclusión.
Universalidad
del ámbito social de la misión
A pesar de su limitación,
el ámbito social de la misión, como los diferentes
ámbitos sectoriales: territorial, cultural,... se
entronca en la universalidad de la misión de la Iglesia,
ya que es la expresión del amor de Dios por el ser
humano concreto, con el fin de mejorar su vida, ya
desde ahora. De este modo, hace posible la esperanza
en un más allá que, de no empeñarse por el bienestar
del hombre ya desde ahora, sería un sarcasmo imperdonable.
Cada ámbito de compromiso refleja la universalidad
sin perder su singularidad. Todos no podemos hacerlo
todo. Se dan multiplicidad de carismas
[14] . Ni siquiera la Iglesia está capacitada
para hacerlo todo. Lo propio de la iglesia es hacer,
en favor del ser humano, aquello que no hacen la sociedad,
los gobiernos u otras entidades. En tiempos pasados
la Iglesia cuidó a los enfermos cuando no había hospitales;
se ocupó de la enseñanza, sobre todo de enseñar a
los pobres, cuando no había escuelas o cuando los
humildes no tenían cabida en las escuelas existentes.
Cabe preguntarse si, hoy en
día, se dan áreas de las que nadie se ocupe seriamente
y con eficacia. Si consideramos las situaciones de
pobreza y de exclusión que padece un tercio de la
humanidad podríamos estar ante una de dichas áreas.
Es verdad que la comunidad internacional se ocupa
de ellas repetidamente y promete remediarlas. También
es verdad que dichas promesas son retóricas y generalmente
quedan incumplidas. La Iglesia española, a través
de instituciones como Cáritas, Manos Unidas, congregaciones
religiosas, parroquias y ONGs que se afirman cristianas,
ha llevado y sigue llevando a cabo una tarea de asistencia,
de cooperación al desarrollo y de sensibilización
de las comunidades cristianas y de la sociedad. Ante
la enormidad del problema que nos ocupa y ante la
ineficacia en la búsqueda de soluciones, la Iglesia
debe comprometerse decididamente. Aquí se encuentra
ante un área específica de su misión. La Iglesia debe
despertar la conciencia de la comunidad internacional
y las conciencias personales, comenzando por los mismos
cristianos. La Iglesia debe comprometerse en elucidar
con sinceridad las causas radicales de estas situaciones
de empobrecimiento y de exclusión. Debe llamar la
atención, sensibilizar, ejercer su función profética
denunciando las injusticias y los egoísmos escondidos
bajo capa de tantas “buenas razones”.
Para llevar a cabo su misión
en este terreno, la Iglesia va a encontrar, sin duda,
dificultades sutiles y pertinaces, ya que muchos cristianos,
ante la realidad de la pobreza, solemos mirar hacia
otra parte o nos cuesta dejar esa pequeña o gran parcela
de poder y de riqueza en la que nos hemos instalado
cómodamente. Quienes nos beneficiamos de unos determinados
privilegios tenemos tendencia a ignorar las terribles
consecuencias que pueden tener para otros. En este
caso, para tantísimos otros. Por eso la misión misma
de la Iglesia la llama a su propia conversión.
El
anuncio
Cuando el cristiano se compromete
por el hombre desde su fe, como cristiano, está ya
anunciando, aun sin palabras, a Jesús, al Padre, al
Espíritu del amor, el Espíritu de Jesús. El anuncio
del Reino, que hace tanto con su palabra como con
su vida, es el fluir gozoso de la ofrenda de amor
que recibe de Dios y que él transmite a
los demás. El gozo de sentirse amado por Dios, tan
sin medida, que el cristiano experimenta en su encuentro
con Jesús, lo empuja a transmitir dicha ofrenda de
amor, sin imponerla, sin exigencias, ya que Dios no
impone. Dios ofrece y el cristiano transmite esta
ofrenda gozosa de amor sin condiciones, de vida en
plenitud.
El anuncio
se hace más con el ejemplo que con la palabra
[15] . La palabra puede estar vacía y con frecuencia
lo está. Nunca está hueca la opción real en favor
del ser humano concreto. Por eso nuestro anuncio es
con frecuencia acción silenciosa, concreta, respetuosa,
siempre esperanzada y por eso esperanzadora. Aunque
silencioso, un empeño real suele ser elocuente, porque
sorprende cuando toma posición contra corriente, en
favor de valores evangélicos a los que el mundo está
desacostumbrado. Insisto, éste es un terreno privilegiado
de encuentro en el que, más allá de la palabra y del
concepto, el cristiano conecta con cualquier ser humano
desde sus diversos contextos religiosos y culturales,
en su empeño por mejorar la vida del hombre.
Qué clara y bellamente
lo expresa el Papa Juan Pablo II, en la Carta Apostólica
“Novo Millennio Ineunte”: “que los pobres se sientan,
en cada comunidad cristiana, como en “su casa”. ¿No
sería este estilo la más grande y eficaz presentación
de la Buena Nueva del Reino? Sin esta forma de evangelización,
llevada a acabo mediante la caridad y el testimonio
de la pobreza cristiana, el anuncio del Evangelio,
aun siendo la primera caridad, corre el peligro de
ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras
al que la actual sociedad de la comunicación nos somete
cada día. La caridad de las obras corrobora la caridad
de las palabras” [16] .
Pero deseo subrayar que los
creyentes debemos ser lúcidos en todo lo que concierne
a la actividad evangelizadora, también en el ámbito
social. Toda acción a favor de los hermanos arranca
del misterio de amor trinitario de nuestro Dios, y
tiende al encuentro de todas las personas y de toda
la creación con Cristo, principio y fin de la historia,
y único salvador universal.
En
esta sociedad occidental, en la que está devaluado
el hecho religioso, podemos sentir la tentación de
ocultar nuestras verdaderas motivaciones religiosas,
por miedo a parecer fundamentalistas, intransigentes
o retrógrados. Este es el peligro que acecha a muchas
de las ONGs que se denominan cristianas. No podemos
caer en una actitud vergonzante de nuestra fe. Siendo
respetuosos con todos, no podemos ni debemos ocultar
que nuestro compromiso brota con fuerza de la fe en
un Dios que se ha hecho hermano de todos y que comparte
la misma condición humana, menos en el pecado.
Si sucumbiéramos a esa tentación
dejaríamos de ser sal de la tierra y luz del mundo
[17] , tal como nos lo pide el Señor. No podemos
perder de vista que es Dios quien hace posible en
el cristiano la caridad hacia el prójimo y, al mismo
tiempo, es Él su objetivo último. Y no podemos perder
de vista que “en el trabajo con organizaciones
no católicas, nuestras instituciones pueden aprender
y al mismo tiempo dar un testimonio de lo que motiva,
verdaderamente, nuestro actuar a favor del hombre,
de los pobres”
[18] .
Misión
de reconciliación
La
misión de la Iglesia en el ámbito social no se agota
en el empeño por superar la pobreza y la exclusión.
Es también su misión reconciliar a los seres humanos
enfrentados por el logro de intereses contrapuestos
que conduce a actos y estructuras de injusticia, que
humilla provocando odios y rebeldía que, a su vez,
engendran violencia. En nuestro mundo se están dando
signos evidentes de rebelión por parte de los pobres
y de los humillados.
Como consecuencia de la concentración
de la riqueza, el número de pobres y excluidos sigue
aumentado hasta el punto de que ya constituyen casi
la mitad de la humanidad. En su inmensa mayoría, aunque
no exclusivamente, están localizados en el hemisferio
sur. Los conflictos armados, el hambre, la enfermedad
y toda clase de miserias empujan a los más decididos
de entre ellos a emigrar hacia el Norte, en búsqueda
de una vida mejor. También las riquezas del Norte
ejercen sobre ellos una gran atracción. Lo que comienza
como movimiento migratorio en búsqueda de mejores
condiciones de vida, adquiere dimensiones globales
y va tomando el cariz de una auténtica rebelión. El
número de personas que emigran por desesperación rebasará
con creces las cuotas que occidente tiene fijadas
o fijará en el futuro. Esas personas están totalmente
decididas a venir, lo queramos o no. Los inmigrantes
sin papeles seguirán viviendo entre nosotros y su
número irá en aumento. Al no poder trabajar tendrán
que buscarse medios de subsistencia a la desesperada,
con el riesgo de que aumente la delincuencia, la violencia,
la inseguridad y toda clase de actividades ilegales.
Todo esto irá provocando un mayor rechazo del inmigrante
por parte de la población local, y muy en especial
del emigrante sin permiso de trabajo. Sabiéndose rechazados
por la sociedad, los inmigrantes se mantendrán en
guetos, haciendo imposible la educación para la convivencia,
en un contexto intercultural, tanto de la población
autóctona como de los desplazados. En la Unión Europea
cunde la alarma ante el fenómeno de la inmigración
con carácter global, porque empieza a percibir, aunque
de manera confusa, que se trata de una auténtica rebelión
de los pobres contra el mundo de los ricos.
La doctrina de la Iglesia
establece con claridad que los bienes creados son
para todos y todo ser humano tiene el derecho de usar
de los bienes indispensables para tener una vida digna.
A este principio están sometidos todos los demás incluyendo
el derecho a la propiedad privada y el del comercio
libre [19] . Todo ser humano tiene derecho a emigrar a donde crea que
puede encontrar un espacio vital mínimo: “entre
los derechos de la persona humana debe contarse también
el de que pueda lícitamente cualquiera emigrar a la
nación donde espere que podrá atender mejor a sí mismo
y a su familia” [20] . A este derecho a emigrar corresponde
un deber de acogida
[21] . Las palabras de Juan Pablo II a este respecto
son clarificadoras: “Apenas hay una señal más eficaz
para medir la verdadera estatura democrática de una
nación moderna que ver su comportamiento con los inmigrantes” [22] . Sin embargo las políticas
de la Unión Europea, de cara a la inmigración, se
endurecen hasta el punto de que van introduciendo
en sus leyes penales el delito de inmigración clandestina.
El fenómeno de la inmigración global quizás sea sólo
el primer síntoma de esa rebelión global que se nos
viene encima, pero ya están apareciendo nuevas formas
de rebelión.
Los movimientos denominados
antiglobalización, y sobre todo aquéllos que se declaran
en favor de una globalización social, se inscriben
en este contexto aunque sus propuestas no sean siempre
razonadas y sensatas.
La proliferación de las mafias,
con las múltiples formas ilegales de enriquecimiento
que llevan consigo, podría ser otro de los mencionados
síntomas de rebelión. Es la reacción violenta de quienes,
desde la marginación, intentan obtener rápidamente
riqueza, poder y éxito social. Sea como fuese, el
presente orden económico mundial ofrece al crimen
organizado nuevas oportunidades y un campo de acción
ilimitado. La debilitación de los Estados, el poder
creciente de las multinacionales y la opacidad de
los mercados financieros con sus posibilidades de
blanqueo de dinero, con sus paraísos fiscales, etc,
les proporciona medios y oportunidades de gran utilidad
y envergadura. También se los proporciona al terrorismo.
Los fundamentalismos y el
terrorismo, que con frecuencia generan, son otras
formas de rebelión contra la pobreza, la marginación
y la opresión. El mismo presidente norteamericano
George W. Bush reconoció en la cumbre de Monterrey
sobre la financiación del desarrollo que, aunque la
pobreza no hace el terrorismo, “la pobreza persistente
y la opresión pueden conducir a la desesperación”,
que es terreno abonado para el terrorismo. Los principales
movimientos fundamentalistas del mundo islámico reaccionan
contra lo que ellos consideran opresión por parte
de occidente y manifiestan una voluntad decidida de
librarse de la cultura e influencia occidental. Toman
posición en favor de los pobres y oprimidos y se proponen
suprimir la injusticia. Para ellos, si bien el reparto
de los bienes de la tierra depende de la voluntad
de Dios, aunque admiten la propiedad privada, insisten
en que Dios quiere que cada cual disponga de un mínimo
vital. La pobreza, la marginación, la humillación
y, en definitiva, la desesperanza están en el origen
de casi todas las reacciones violentas. La lucha contra
la opresión y contra la injusticia es teóricamente
central en todos los movimientos de liberación, incluso
en aquellos que utilizan el terror como medio de lucha.
Cuando la población vive en la miseria y, sobre todo,
cuando la población no tiene futuro, fácilmente se
embarca en cualquier aventura que le prometa un mañana
mejor, sea ésta la emigración, las mafias o el fundamentalismo,
incluso con violencia.
En todas estas situaciones
que engendran odios y violencia es misión de la Iglesia
promover la reconciliación, yendo hasta las raíces
de la injusticia y de la arrogancia que crean rechazo
y rebeldía.
Los
pobres y excluidos son hoy el Servidor Sufriente
En nuestro mundo es el poder,
sobre todo el poder económico, el que convoca y controla,
el que “salva”. Sin embargo en la Escritura es el
Servidor Sufriente quien convoca y resplandece como
“luz de las naciones”. Hoy son las víctimas, los cientos
y miles de millones de pobres, de hambrientos, de
humillados y de marginados, quienes se convierten
en “luz de las naciones” por su sola existencia. De
su propia realidad crucificada proviene una luz que
denuncia y desenmascara la mentira de este orden mundial.
Tenemos que aceptar la verdad de los pobres y no oprimirla
con la injusticia; es la única manera de que las víctimas
puedan movernos a la conversión. Mentir sobre los
responsables de la pobreza y de la exclusión, o bien
encubrirlos, es negar la realidad misma de las cosas.
En este sentido podemos decir,
por ejemplo, que África no existe. Las atrocidades
que allí se suceden, de las que somos responsables,
tienen un eco mediático ínfimo comparado con el que
tienen los problemas que atañen a Occidente. Poner
el sufrimiento de las víctimas en el centro del orden
mundial lleva a la verdad y se convierte en invitación
a la misericordia, en exigencia de justicia. Crea
así un dinamismo que incluye a todo y a todos en un
proceso realmente humanizante, en la construcción
del Reino de Dios. El Siervo sufriente, que son hoy
esos innumerables pobres, hambrientos y excluidos,
verdaderos iconos del Crucificado, llaman a la Iglesia
y al mundo a la verdad: a reconocer el pecado de un
sistema que causa tanta exclusión, y a vivir un
verdadero empeño en superarla.
¿Seremos capaces de dirigir
nuestra mirada, nuestras manos y nuestro corazón hacia
esos pobres? El libro de los Hechos de los Apóstoles
narra la visión que tuvo San Pablo en Tróada: un macedonio
le suplicaba que pasase el mar y les ayudase [23] , San Pablo se puso en camino, convencido
de que era el mismo Dios quien le llamaba para evangelizarles.
¿Cerraremos nuestros oídos nosotros, cristianos del
siglo XXI, al clamor de esos hermanos nuestros que
gritan con fuerza: venid a salvarnos? ¿Dejaremos de
ayudarles y de mostrarles, a través de nuestro compromiso
solidario, el amor que Dios les tiene en Jesucristo,
el único salvador de los hombres?